El Papa da voz a los más pobres y reivindica la caridad frente a la «mentalidad mundana»

León XIV escucha a migrantes, personas sin hogar y enfermos en un acto cargado de simbolismo para su primer día en España

Diario Vasco, Doménico Chiappe, 06-06-2026

En un pequeño patio, entre edificios de construcción social y ventanas pequeñas, los voluntarios, usuarios e invitados del centro de acogida de Cáritas, CEDIA, esperaban al Papa con gorras blancas con el logo ‘Alzad la mirada’. Algunas voluntarias echaban protector solar a los que tenían ya los rostros enrojecidos bajo un sol sin sombra. A las 17:30 las organizadoras ordenaban cerrar las sombrillas. «Vamos sentándonos», pedían. Se repartían abanicos, botellas de agua, plátanos de Costa Rica, a personas solas, madres con hijos o compañeros de circunstancias. En medio de un decorado sobrio y blanco, había emoción y nerviosismo hermanados a las fotos y los saludos. Se veían pieles de todos los tonos y vidas de todas las edades.

Desde personas mayores en sillas de rueda hasta bebés de meses bajo mantillas protectoras aguardaban pacientes. «Antes de que llegue el Papa quisiera que este rato sea nuestro para estar juntos», dijo uno de los organizadores desde la tarima. «Por favor, cuando el Papa pase no os acerquéis a él y esperad a que él se acerque a vosotros. Cada invitado tiene tarjetas en sus asientos, para que escriban vuestros mensajes, con vuestras firmas si queréis. Pueden ser frases breves, deseos de esperanza». Un «cantautor católico», Juancito Morales, «ampliamente conocido en la música religiosa por ser miembro del grupo Brotes de Olivo», empezó a amenizar la espera. «Yo quiero conocerte, mi Señor», cantó.

Luego, la labor de Cáritas se presentó en un vídeo, que contextualizó la situación del sinhogarismo que iba a conocer León XIV de primera mano. «La tasa de exclusión de la población migrante se eleva al 45%, triplicando la de la población española». También entre jóvenes, franja en la que un «27% de los menores de 28 años» están en esa situación. «Trabajar ya no garantiza salir adelante. El 11% de los hogares sufre exclusión teniendo empleos y 1,3 millones de personas viven con algún grado de exclusión social», se advertía desde la pantalla.

Algunas de las 200 personas congregadas leyeron lo que habían escrito en ese rato. Maruja, una señora en sillas de ruedas, que «ya tuvo respuesta del Papa una vez anterior», ahora le deseó que siguiera con fuerza para cumplir su misión; Nuria anunció que «no sabéis lo bien que estoy. Fantástica, por mirar siempre para arriba, alzad la mirada», y Sandra exhortó: «El dios de amor y paz cura con su santo espíritu a su pueblo y le da lo que necesita: Oración, entrega, compromiso, bondad, fe, esperanza, apoyo, amor…»

Puntual, casi, llegó el Papa en un coche negro, con aplausos de las personas afuera y adentro del recinto. Acompañado del arzobispo Jesús Cobo, se encontró con dos personas «acompañadas» y que le aguardaban en sus habitaciones: Ronald y Celia. Se dieron la mano, hablaron un par de minutos. El Papa sonrió, luego su rostro mutó a la seriedad mientras escuchaba. Avanzó al comedor, donde había otras 15 personas, a las que saludó y allí descubrió una placa.

Con la máxima seguridad de la Policía Nacional, con francotiradores visibles en la terraza, el Papa entró a la tarima, con gritos de los feligreses. «Papá León», destacó una mujer de voz ronca. En el silencio que se hizo con su entrada se escuchó el sobrevuelo del helicóptero. Desde donde estaba sentado, el Papa podía ver las banderas de varios países latinoamericanos que ondeaban en las ventanas de los edificios vecinos de Lucero, uno de los barrios multiculturales más humildes de Madrid. Una de las primeras paradas del hombre que es referencia espiritual de millones de católicos. Venía de ver al Rey y llegó a un refugio de personas sin techo, sin trabajo, sin redes de apoyo, sin país en Cáritas, que acompañó a 90.000 personas en parroquias e hizo el año pasado más de 400 proyectos a personas sin hogar, mayores, migrantes, según los datos del cardenal, que dio la bienvenida.

El Papa decidió darle voz a los más vulnerables, al borde de la exclusión social, rescatados por su iglesia, y les escuchó sentado, con la espalda recta, manos abiertas en los muslos. Inmóvil, como si meditara. Atento, con la mirada de respeto a las tres personas que le brindaron su testimonio en público. Primero Niurka Paz, que llegó de Cuba, sola y embarazada de gemelos, el verano pasado, con una carrera de abogada y sin ahorros. El 19 de marzo nacieron Ares Ezequiel y Atenea. «Queremos regalarle estos lazos con sus nombres que representan sus vidas y cómo han salido adelante», le obsequió. «Gracias por ayudarnos a construir un futuro de fe y esperanza para nuestros niños».

Luego habló Kari, que arribó en patera de Senegal en 2020. «Santo Padre, gracias por acercarse a las personas migrantes. Cuando llegué en plena pandemia, me sentía solo, había dejado todo detrás, y no sabía por dónde empezar. Pero encontré a personas que me acogieron, me miraron con respeto y me hicieron sentir que mi vida importaba…». Kari se cortó, emocionado y el Papa comenzó a aplaudirle, le siguió una ovación. Él se calmó y prosiguió: «Poco a poco volví a confiar y hoy tengo trabajo. Mi situación está regularizada y quiero acompañar a otras personas que llegan como yo llegué y por eso le entrego mi tarjeta de residencia, que representa años de esfuerzo y esperanza».

La tercera en hablar fue Alicia, voluntaria desde hace cuatro décadas del Proyecto Esperanza de Adoratrices, que trabaja con mujeres que fueron víctimas de trata sexual. «Me acerco a ti en nombre de tantas personas voluntarias que vivimos nuestra misión como un servicio de la iglesia en las personas más vulnerables», le dijo. «Escuchar es acercarse, sostener y reconocer la dignidad sagrada de los seres humanos. Te traemos las sandalias como símbolo de respeto y de camino compartido con los que más sufren. También te he traído algo que hacen las mujeres de nuestra casa, de muchas nacionalidades, gente que es ejemplo de fortaleza, que se pone de pie y afronta la vida con esperanza».

Con cada uno, el Papa se levantó y acercó a recibir los símbolos, quizás lo único que el poderoso jefe de Estado del Vaticano prefiere y aprecia. Sostuvo los objetos y cogió de la mano a quienes se lo entregaban. Susurró su agradecimiento. Luego del canto de Niña Pastori, acompañada de guitarra y cajón, León XIV tomó la palabra: «Os doy las gracias de corazón a todos vosotros por haber compartido experiencias dolorosas, pero sobre todo llenas de luz, que reflejan, como espejos, la caridad de Dios».

En este lugar de «puerta pequeña» que representa un «umbral» al que se asoman personas en busca de ayuda «literalmente día y noche», describió al CEDIA, León XIV pidió: «alzad la mirada», el lema elegido para su visita, que salió de «las palabras de Jesús a los discípulos». «Son una invitación a contemplar los campos que, maduros, esperan la cosecha, y nos recuerdan que la caridad no admite demoras. Si no se cosecha cuando el trigo está maduro, la cosecha se pierde, y esta es nuestra responsabilidad ante quienes están necesitados».

Citando su primera exhortación apostólica, de 2025, ‘Dilexi te’, continuó. «También los cristianos, en muchas ocasiones, se dejan contagiar por actitudes marcadas por ideologías mundanas o por posicionamientos políticos y económicos que llevan a injustas generalizaciones y a conclusiones engañosas. El hecho de que el ejercicio de la caridad resulte despreciado o ridiculizado, como si se tratase de la fijación de algunos y no del núcleo incandescente de la misión eclesial, me hace pensar que siempre es necesario volver a leer el Evangelio, para no correr el riesgo de sustituirlo con mentalidad mundana. No es posible olvidar a los pobres si no queremos salir fuera de la corriente viva de la Iglesia».

Recordó al papa Francisco para advertir del «peligro de un corazón aburrido, frío, acomodado a una vida tranquila, que se blinda de indiferencia y se vuelve impermeable, que se endurece». Y añadió: «Un corazón vivo es cálido y palpitante, y da vida. Un corazón frío está inmóvil, ya no bombea sangre, y provoca la muerte en persona». A «los que sufren» hay que «mirarles a los ojos» y repitió las palabras de Francisco: «la limosna no es beneficencia» y «el que recibe más gracia de la limosna es el que la da». Invitó a escuchar, dialogar, intentar comprender a los que necesitan ayuda y las causas que lo llevaron hasta esa situación. Frente a los necesitados de Madrid, invitó a «cultivar un corazón sensible ante las necesidades de los demás» y mantener «vivo en nosotros el deseo del bien que Dios ha puesto en nuestra propia humanidad».

Después del discurso, Alba, trabajadora del centro de Cáritas para drogodependientes, le ofreció el «árbol de la esperanza», con «sueños» de estas personas. «Me acerco a usted en nombre de tantos que hemos dedicado nuestra vida profesional para acompañar a los que más lo necesitan. Cada una es un deseo de una vida que quiere seguir caminando con dignidad. Le entregamos un libro con las historias de los que hoy nos encontramos aquí. Es suyo para que nos tenga presente en sus oraciones», le dijo. A cambio, el Papa le regaló a Cáritas el icono de ‘Cristo, rostro del amor’, un retablo en pan de oro. Luego bajó del estrado y se mezcló con la pequeña multitud.

Texto en la fuente original
(Puede haber caducado)