Para qué

«La constatación de que todo funciona peor solo puede explicarse porque somos cada vez más»

La Razón, Antonio Benítez Burraco, 06-06-2026

Ya hemos conseguido llegar a ser cincuenta millones en España, ahora que viven con nosotros más de diez millones de extranjeros (cifra que seguirá subiendo, si el Gobierno continúa aplicando su política de «laissez faire, laissez passer»). Y exactamente, ¿para qué? Porque suponiendo que la ineficacia y la corrupción de nuestra Administración (y de buena parte de nuestra sociedad) no hayan aumentado durante las últimas décadas (asunción harto optimista, sin duda, a la luz de las recientes actuaciones policiales y judiciales), la constatación, recurrente y desesperante, de que todo funciona peor solo puede explicarse porque somos cada vez más. Carreteras y vías de tren se resienten del paso de un número creciente de vehículos, que transportan ese creciente número de residentes en España y las mercancías destinadas a satisfacer sus no menos crecientes necesidades.

Ambulatorios y hospitales nos citan para un mañana cada vez más lejano

porque el número de pacientes no cesa de aumentar. Es casi imposible alquilar o comprar un piso debido a que la oferta es incapaz de seguirle el ritmo a la demanda. Todo se llena y todo implica esperar más y recibir peores servicios. Y para que sigan igual (de mejorarlos, ya ni hablamos) nos vemos obligados a pagar cada vez más impuestos y a soportar cada vez más molestias (expropiaciones, obras, polución…). Y de nuevo, la pregunta es ¿para qué? ¿Para seguir admitiendo a más gente y tener que tender todavía más carreteras y vías de tren, construir más hospitales y viviendas, y llenar un poco más el país de cemento?

El argumento con el que se acepta (y hasta se anima) este incesante aumento de población es harto conocido: constituye el único modo de sostener el estado del bienestar y, en último término, de seguir creciendo económicamente. Pero se trata de un argumento falaz. Para empezar, la escasa cualificación y la mayor fecundidad de quienes llegan los hace, en general, más demandantes de servicios que contribuyentes netos al sistema. Por lo demás, una economía productiva no se traduce automáticamente en un estado del bienestar bien articulado (basta pensar en Estados Unidos). Sin duda, necesitamos generar riqueza para poder alimentarnos adecuadamente, tener buena salud y disfrutar de ratos de ocio, algo que constituye el fundamento del bienestar. Pero sentir que se lleva una buena vida depende también (o debería) de llegar a realizarse como persona, contar con la estima y el apoyo de los demás, y contribuir a tareas comunitarias, cosas que raras veces se pueden comprar con dinero. Por otra parte,

hemos de empezar a cuestionar muy seriamente la idea del crecimiento ilimitado

como el horizonte último de cualquier política, especialmente de la económica. La huella ecológica de los españoles duplica ya la máxima asumible por nuestro planeta, lo que significa que deberíamos reducir a la mitad el coste ambiental de lo que comemos, la superficie que ocupamos con nuestras casas, los desplazamientos que hacemos y, en general, nuestro consumo, si queremos que las generaciones que nos sucedan disfruten, precisamente, del mismo bienestar que nosotros.

A modo de justificación adicional, quienes defienden explícitamente o aceptan tácitamente esta inmigración creciente suelen aducir, ya de modo más específico, que quienes llegan vienen a hacer los trabajos que nosotros rechazamos y a tener los hijos que nosotros no deseamos tener. ¿Pero acaso lo anterior es un principio ontológico que no podamos cambiar? Todo trabajo puede volverse estimable si se lo dignifica, esto es, si se le confiere valor social y se retribuye adecuadamente. Llegados a este punto siempre se ponen como ejemplo determinadas labores agrícolas, como la recogida de algunas clases de hortalizas o frutas, realizadas de forma mayoritaria por trabajadores foráneos. En realidad, salvo estos casos tan concretos, el campo español está altamente mecanizado, hasta el punto de que tiene la productividad per cápita más elevada de todos los sectores económicos. Y podría estarlo más aún y ser todavía más rentable (y tener menos impacto ecológico), si lo que gastamos en mano de obra barata lo invirtiésemos en tecnología. Si además nuestra Administración apostase decididamente por la agricultura nacional (en lugar de favorecer la llegada de productos extranjeros, como los cultivados en Marruecos o en los países del Mercosur), el actual estado de cosas, que parece convertir la importación de mano de obra en algo inevitable, podría cambiar radicalmente. Y lo mismo cabría esperar de la construcción o de muchas actividades del sector servicios, cuyas necesidades de trabajadores parecen no poder cubrirse recurriendo al mercado local. En realidad, es urgente repensar y reorganizar todo nuestro tejido laboral. Por ejemplo,

pagamos a miles de funcionarios para que hagan labores de gestión

(cotejar informes, calcular presupuestos, buscar información, certificar documentos) que la inteligencia artificial realiza ya de modo mucho más eficaz. ¿Por qué no ocuparlos en aquellas tareas que las máquinas son incapaces de llevar a cabo, como cuidar, acompañar o entretener? Transferir personal de las consejerías de educación a las aulas o administrativos de los servicios de empleo a los talleres ocupacionales no es desmantelar el estado del bienestar, sino volverlo más eficiente. Y en cuanto al resto de trabajos desempeñados habitualmente por los inmigrantes (fundamentalmente, hacer labores domésticas o cuidar a enfermos y mayores en nuestros hogares), ¿no estamos realmente ante un problema de valores? Porque da la sensación de que este maltusiano incremento de población tiene como único fin que podamos salir a cenar mientras alguien nos limpia la casa y cuida de nuestro padre por poco dinero. De hecho, es el mismo problema de valores que alimenta ese otro mantra, no menos martilleante, de que los inmigrantes vienen a rejuvenecer una pirámide demográfica que se tambalea por su base.

Nuestra baja natalidad tiene, sin duda, causas económicas y hasta políticas

, pero, en último término, su explicación es sociológica y, a la postre, moral: no tener hijos es demasiadas veces una victoria del egoísmo sobre el altruismo. No es de extrañar que prefiramos que el Gobierno nos conceda bonos para ir a conciertos o ayudas para cambiar de coche, que bajas maternales más prolongadas o mayores desgravaciones para las familias.

Quienes abogan por la actual política de puertas abiertas dicen, precisamente, practicar la solidaridad con quienes tienen menos que nosotros. Pero ser solidarios no es desarraigar (por acción u omisión) a las personas para hacerlas luego trabajar en aquellas tareas que uno no quiere hacer, sino desprenderse de la riqueza propia para que quienes son pobres puedan tener una vida mejor en el lugar donde están sus raíces. De igual modo, quienes regularizan y nacionalizan a quienquiera que pone el pie en España son los mismos que presumen de una especial preocupación por la preservación del medioambiente o la diversidad cultural. Pero una inmigración incontrolada favorece exactamente lo contrario. En los países de acogida, la población en constante aumento obliga a gastar cada vez más recursos naturales, contaminar de modo creciente y urbanizar sin tregua. Y diluye y termina borrando los modos de vida tradicionales, guardianes de la memoria de los pueblos. Y en cuanto a los de procedencia, la salida masiva de los jóvenes los condena a seguir siendo meros suministradores de materias primas (y de mano de obra barata), en lugar de poder evolucionar a sociedades desarrolladas.

Construimos las catedrales de Burgos o León cuando apenas éramos cinco millones. La España de Lope, Quevedo o Velázquez era una nación de menos de diez millones de habitantes. Todo nuestro patrimonio cultural, por no hablar de todas nuestras grandes gestas históricas, es obra de un país con la mitad de gente. Es evidente que, al final, importa menos la cantidad que la calidad, lo material que lo espiritual, los medios que los fines. No estamos hechos para la sociedad global que estamos creando.

Nuestro ecosistema natural son las pequeñas comunidades sustancialmente autosuficientes. Ha llegado el momento de parar. Es necesario, y hasta positivo, abrirnos a los demás e intercambiar conocimiento y bienes con otros. Pero en su justa medida. Porque vale para los países lo que el poeta isabelino John Donne advertía al individuo: «Sé tu propio palacio o el mundo será tu prisión».

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