El conflicto social en Bolivia reabre la fractura racial: “Haga patria, mate un indio”

El rechazo a las medidas de presión de indígenas campesinos, que exigen la renuncia del presidente Rodrigo Paz, ha desatado expresiones de un racismo estructural

El País, Mar Centenera - Caio Ruvenal, 05-06-2026

Bolivia ha vuelto a dividirse en dos. El corte de carreteras encabezado por campesinos indígenas, que desde hace más de un mes tiene sitiada La Paz, ha hecho emerger un racismo recalcitrante en la capital. Cansados de que falte gasolina y alimentos y de que lo poco que encuentran se venda a precios desorbitantes, arremeten contra los manifestantes. “Haga patria, mate un indio”, se lee en la pintada de un barrio rico paceño. “Estos campesinos vienen a joder mi ciudad”, dice una publicación de Facebook. El odio se mueve en ambas direcciones: cuando los manifestantes que piden la renuncia del presidente Rodrigo Paz ven acercarse a sus reuniones a una persona de tez más clara, le chiflan “¡fuera, no queremos q’aras!” (blanco en aimara).

La división es también económica y geográfica. En La Paz, los indígenas son mayoría en el enjambre de pequeñas casas de ladrillo construidas en las laderas más altas de la ciudad, a casi 4.000 metros de altura, donde la falta de oxígeno se siente a cada paso. En la zona sur, 500 metros más abajo, hay barrios residenciales de casas lujosas en los que abundan los paceños de piel blanca.

El ascenso económico y la llegada, por primera vez en 200 años, de aimaras, quechuas y pequeños agricultores a puestos de poder en la primera década de este siglo reconfiguró las clases sociales y generó tensión. Ocurrió durante los casi 20 años (2006-2025) de gobiernos del Movimiento al Socialismo (MAS), encabezados hasta 2019 por el primer presidente indígena del país, Evo Morales.

Resentimiento
Carlos Macusaya, miembro del colectivo indianista Jichha y autor del libro En Bolivia no hay racismo, indios de mierda (2022) destaca que “en Bolivia es normal que la gente no indígena dirija el país, pero la idea inversa causa repulsión”.

El rechazo a los gobiernos del MAS entre las élites y parte de las clases medias se transformó en resentimiento al ver que los indígenas ganaban espacios que siempre habían creído propios. Ahora, tras haber recuperado el poder, la rabia que dirigen hacia quienes se movilizan contra Paz se mezcla con un deseo de disciplinamiento. “Que saque ya al Ejército [para poner fin a los bloqueos]”, se escucha estos días tanto en boca de políticos conservadores, como en conductores de televisión y en conversaciones callejeras.

Macusaya sostiene que, “a diferencia de los indígenas peruanos, el indio boliviano se piensa como quien legítimamente encarna la nación y no ha reducido sus problemas a pedidos locales, como agua o luz, sino que exige mecanismos para participar políticamente”. En su opinión, detrás de las exigencias de renuncia al presidente están “los que están viendo coartadas sus posibilidades de ejercer control político y direccionar el país”.

Cartel contra los bloqueos exhibido en un camión en Cochabamba.
Patricia Pinto (REUTERS)
Son indígenas que se sienten traicionados por Paz, al que muchos votaron. Señalan que no se les consultó sobre los decretos supremos de ajuste económico para revertir la recesión; que haya conformado su gabinete con políticos de la etapa neoliberal (1982-2005) y empresarios agroindustriales; que se haya metido con la tierra mediante una reforma agraria. Es un guión que conocen bien y no están dispuestos a aceptar que se repita.

“Desde la fundación, en 1825, nos han gobernado los blancos, el inquilino, haciéndonos creer que por ser blancos eran más inteligentes, que nosotros no sabemos gobernar por ser indios, que no tenemos alma”, dice efusivamente el artesano Mauro Castillo sobre un puente de El Alto, la segunda ciudad más poblada del país, de mayoría indígena. “Si al menos nos hubieran gobernado honestamente, pero mira cómo está el país ahora”, continúa, quien dice haber trabajado “de todo”: en la construcción, como costurero o chofer.

Romper con las raíces
La tensión racial es tan antigua como Bolivia y se remonta a los ideales con los que se decidió que la nación iniciara su vida soberana, como explica Juan Pablo Vargas, profesor y miembro de la fundación Zera, proyecto educativo destinado a zonas desfavorecidas. “Cuando Bolivia se funda, no la funda el país entero, sino criollos, descendientes de españoles que son menos del 10% de la población. La identidad que unifica al país no es ‘somos bolivianos’, es ‘no somos indios’”, apunta.

Vargas cuenta que su bisabuela fue la que inició en la familia la migración del campo a la ciudad, donde cortó con sus hijas cualquier vínculo con lo nativo para que no atravesaran los mismos prejuicios que ella: les quitó las polleras, les prohibió hablar aimara y las costumbres se fueron diluyendo con las generaciones.

Hasta la llegada del MAS, en 2006, en la vida republicana de Bolivia existió una sola parlamentaria indígena, Remedios Loza, y Víctor Hugo Cárdenas fue el único indígena aimara que formó parte de un Ejecutivo. El periodo neoliberal profundizó las desigualdades en el campo y las zonas periféricas, unificando al sector popular, que empezó a exigir participación en la vida pública.

El sociólogo Álvaro García Linera intelectualizaba la ebullición desde la academia y después fue protagonista cuando Morales lo invitó a ser su vicepresidente. “En medio de esa efervescencia surgen dos liderazgos que convierten la predisposición social en hecho político: Felipe Quispe y Morales. Felipe produce la gran ruptura cognitiva de la sociedad boliviana: ‘Ellos son minoría, nosotros somos la mayoría”, dice García Linera a El PAÍS. Toda Bolivia recuerda la respuesta que Quispe dio a una periodista en los noventa: “No quiero que mi hija sea tu empleada, por eso lucho”.

Sus palabras calaron hondo. Un buen número de bolivianos indígenas han enviado a sus hijos a estudiar a las universidades y han progresado económicamente. Unos pocos, incluso, han amasado fortunas. Pero ese ascenso no ha frenado el racismo, a juzgar por las palabras de la jubilada aimara Nela Tamayo, quien se indigna de que aún hoy los vean “como personas chiquitas, de color cobrizo e ignorantes”. Se percibe también en el ideal de belleza que muestran los anuncios publicitarios de La Paz: todas las modelos son de tez blanca y visten ropas occidentales.

Según García Linera, Morales fue muy hábil para “hacer alianzas, tomar en cuenta a unos y a otros, tejer tanto en el campo como en la ciudad y en los sectores medios”. Comerciantes de La Paz, hartos por el desplome de ventas del último mes, lo ven distinto. Creen que Morales azuzó la división y las diferencias raciales para sacar rédito electoralmente. Así lo ve Carlos Díaz, dueño de una tienda de electrónica, que cuenta que el presidente “discriminó por no ser indígenas” a personas de tez blanca que querían acceder a empleos públicos. No tiene un caso concreto, pero asegura que fueron muchos.

Paz ha amenazado con ordenar que las Fuerzas Armadas despejen los caminos a la fuerza para que el país recupere la normalidad, pero hasta ahora no lo ha hecho. Pide, en cambio, “unidad y diálogo” y advierte que no se puede construir el futuro de Bolivia “con confrontación, división, racismo o clasismo”. Sus palabras tienen poco eco en una sociedad polarizada. Los puentes están rotos y los esfuerzos para reconstruirlos son por ahora casi inexistentes.

Texto en la fuente original
(Puede haber caducado)