Prioridad internacional

El principal desafío de nuestro tiempo es asumir el miedo reactivo que provoca la guerra para convertirlo en una estruendosa indignación pacifista

Diario Vasco, Pedro Oliver Olmo, 29-05-2026

Las ultraderechas defienden una idea irreal sobre la «prioridad nacional» envuelta de fantasía nacionalista y demagogia oportunista. Pero entre las prioridades reales hay una de índole sobre todo internacional que se nos está imponiendo mientras escapa al control ciudadano: el recurso a la guerra y el rearme. Hemos asistido espantados a una intensificación de los métodos de guerra, incluso con las formas que hacen inteligible la intencionalidad del genocidio. ¿Quién no siente temor ante el riesgo de una guerra devastadora a escala mundial si piensa además en el arsenal atómico que sustenta las relaciones de fuerza? Sin embargo, ese miedo, racional y en principio reactivo, es lo que podría salvarnos.

La principal novedad ya no es la guerra. Lo novedoso es que la militarización más gigantesca de la historia se nos presenta como un horizonte lógico y normalizado. El rearme y la guerra se han transformado en un recurso político, económico y cultural supuestamente asumibles. El concepto de «seguridad» se ha convertido en el argumento legitimador de esta deriva militarista, mientras se impide un debate social al respecto: ¿de qué seguridad hablamos?

Los datos ayudan a comprender la ocultación. El Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo confirma que el gasto militar mundial alcanzó en 2025 los 2,88 billones de dólares, el mayor nivel desde la Guerra Fría. Europa lidera uno de los procesos de rearme más acelerados, impulsado por la guerra de Ucrania y las nuevas estrategias de la OTAN y la UE. Y España participa plenamente, apostando por un realismo político que hace depender nuestra seguridad del fortalecimiento de los ejércitos, la inversión en tecnologías militares y la preparación continua para el conflicto. Es el viejo neolenguaje de la ‘paz armada’ revestido de modernidad geopolítica. Sin embargo, la realidad indica que más armas no dan más seguridad.

Las guerras actuales ofrecen una respuesta alarmante. Azuzan el miedo a un mundo cada vez más inseguro. Ucrania, Palestina, Sudán o el Sahel muestran un balance de devastación humana prolongada, desplazamientos masivos y destrucción de infraestructuras civiles. A ello se suma el impacto ecológico, interesadamente escamoteado: emisiones masivas, contaminación de aguas y suelos, destrucción de ecosistemas y consumo gigante de energía. Las emisiones militares quedan excluidas de muchos mecanismos climáticos, las obvian incluso algunas fuerzas políticas progresistas. La seguridad climática se invoca mientras avanza un rearme sin límites políticos ni ambientales. La contradicción es evidente.

No obstante, el problema no es solo económico o ecológico; es también democrático. El avance de las lógicas securitarias modifica la cultura política de las democracias contemporáneas. El miedo se convierte en principio organizador del debate público. Se multiplican los discursos de amenaza permanente y se normalizan formas de excepcionalidad que afectan a los derechos. Cuando la seguridad se define solo en términos militares, la paz deja de entenderse como convivencia democrática.

Por eso es clave asumir el miedo como oportunidad proactiva, haciendo reaparecer las voces críticas de las tradiciones pacifistas y antimilitaristas, que impugnan un modelo de seguridad basado en el rearme. La guerra no empieza solo en los campos de batalla, sino en las políticas económicas y en la construcción de enemigos. No es una discusión marginal advertir de que la escalada militarista no traerá la paz, sino la guerra.

La cuestión central es qué entendemos por seguridad. Porque la historia enseña que la verdadera seguridad no dependió nunca de acumular armamento. Y porque la prioridad nacional debe sustentarse en sistemas públicos de salud, educación y cuidados; en la reducción de desigualdades; en el derecho a la vivienda; en la sostenibilidad ecológica y en la cooperación internacional. Esa perspectiva desplaza la seguridad desde lo estrictamente militar hacia una noción de seguridad humana y ecológica, e implica recuperar la ‘no violencia’ como práctica política activa, basada en la mediación, la participación democrática, la justicia social y, llegado el caso, la desobediencia civil.

El principal desafío de nuestro tiempo consiste en asumir ese miedo reactivo que provoca la guerra para convertirlo en una estruendosa indignación pacifista que enlace el ámbito local con el global y logre desbaratar tanto la insoportable normalización del rearme como la dinámica peligrosa que nos está arrastrando hacia la guerra.

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