La batalla por el futuro se libra en el pasado. Y vamos perdiendo
Público, , 29-05-2026l pasado parece un tiempo inútil. Frente al presente y el futuro que concentran nuestras preocupaciones y nuestros esfuerzos de cambio, el pasado, como su nombre indica, es lo que ya fue y, por lo tanto, lo que no podemos transformar. Por eso probablemente la historia no ha ocupado un lugar central en ningún programa político.
De hecho, en el pensamiento progresista se ha percibido con frecuencia como una losa que pesa en el presente y de la que debemos librarnos o como un refugio de reaccionarios que quieren perpetuar el statu quo. Esta actitud antihistórica se transformó a partir de los años 60 del siglo XX, pero nuevamente en clave negativa: la historia es importante como advertencia y lugar de duelo, objeto de continua conmemoración melancólica.
Para quienes nos dedicamos al estudio del pasado, adoptar una posición crítica ha significado habitualmente revelar cómo funcionan los discursos y prácticas del poder, exponer injusticias y reivindicar a las víctimas y a los grupos subalternos. Esta aproximación entiende la historia, como “lo que duele, lo que rechaza el deseo” (en palabras de Fredric Jameson).
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Frente a esta historia traumática y este lamento perpetuo, los reaccionarios nos prometen la liberación de toda culpa y el disfrute del pasado sin remordimientos. No un espacio de tristeza, sino de felicidad. Ni de duelo, sino de exaltación: un compendio de hechos de los que sentirnos orgullosos. Y de aquellos que no, la historia reaccionaria nos exonera de responsabilidad.
En un tiempo de crisis existencial particularmente entre varones blancos heterosexuales, pero no solo, la historia en clave positiva se convierte en un ejercicio de autoayuda. Nuestra vida puede parecernos un fracaso y el mundo que nos rodea, incomprensible y amenazante, pero nos queda al menos pertenecer a la estirpe de Hernán Cortés y Blas de Lezo. La historia es un espejo que nos devuelve una imagen mejor de nosotros mismos. En nuestras vidas prosaicas y sin resonancia (como diría el sociólogo Hartmut Rosa), la historia nos hace vibrar de nuevo y parece cobrar sentido.
El problema es que las vibraciones que emite el pasado reaccionario son tóxicas, porque celebra todo aquello que como sociedad habíamos acordado rechazar: las guerras de agresión, el imperialismo, el despotismo, el racismo y la xenofobia. Celebrar historias reaccionarias y basadas en mitos solo sirve para construir sociedades reaccionarias y vulnerables al engaño. De hecho, está desempeñando ya un papel político clave. Por eso la batalla por el futuro se libra en el pasado.
Y estamos perdiendo la batalla en todos los frentes. No todo es culpa de quienes nos dedicamos a investigar o enseñar historia. Es difícil combatir contra algoritmos que fomentan la controversia y el negacionismo y contra un aparato mediático (editoriales, redes sociales y medios tradicionales) que presenta a los propagandistas reaccionarios como portavoces legítimos del pasado frente a una academia que oculta o distorsiona la verdad. Me comentaba una colega, profesora de universidad, que los estudiantes reclaman cada vez más esa historia que considerábamos social y académicamente superada: la de los grandes hombres y hechos de armas. No sorprende, porque a los jóvenes consumen propaganda reaccionaria disfrazada de divulgación histórica.
Podemos contarles otra visión del pasado -más ajustada a la realidad de los documentos y por lo tanto más compleja y menos amable. Podemos escribir libros desmitificadores -sobre la Reconquista, la conquista de América o la dictadura de Franco (yo mismo lo he hecho). Pero no es suficiente. Nada de ello frenará la ofensiva reaccionaria contra la historia.
Porque resulta difícil que el pasado melancólico pueda sustituir a una historia en clave positiva. Como recordaba aquí Pablo Batalla en relación a la Segunda República, es imposible construir el futuro únicamente sobre el duelo. Aunque debemos recordar el trauma y denunciar las injusticias históricas, no será el trauma y la denuncia lo que nos haga vibrar. La historia no solo es lo que duele.
El gran reto para ganar la batalla por el pasado es construir historias en positivo. Historias que no solo ayuden a entender mejor lo que ha sido, sino a construir lo que será. Con esperanza.
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