Una visita papal valorada por las feministas de la iglesia

El colectivo Revuelta de Mujeres en Gran Canaria cree necesaria una respuesta ética y cristiana ante el rechazo a la inmigración

Canarias 7, Carmen Delia Aranda Rodríguez, 28-05-2026

La inminente visita del papa a Canarias nos obliga a mirar a todos los rincones de la comunidad católica canaria. En uno de ellos, con un susurro constante con el que recuerdan que la igualdad sigue siendo una asignatura pendiente en la institución, se encuentra el colectivo Revuelta de Mujeres en la Iglesia.

La llegada de León XIV a las islas se valora con ilusión por parte del colectivo. No todas acudirán a los actos programados, pero ven con esperanza el gesto de un pontífice que intenta mantener un delicado equilibrio dentro de una Iglesia polarizada. «El Vaticano es una casa más abierta después de Francisco y eso generó muchísimo rechazo en algunos sectores. Ahora León XIV tiene que calmar las aguas antes de seguir avanzando», afirma Mariluz Suárez.
«Que el papa venga a un territorio pequeño como Canarias para hablar de inmigración es un gesto muy potente», sostiene Pino Trejo, integrante del colectivo en Gran Canaria desde su fundación. Sus compañeras Yolanda Almeida y Mariluz Suárez coinciden con ella en que la crisis migratoria exige una respuesta ética y cristiana frente a los discursos de rechazo que también han aparecido dentro de algunos sectores católicos.
Postura ética ante la inmigración
«Hay grupos que se dicen cristianos y hablan de invasión. Por eso es importante que el papa venga y recuerde la dignidad de las personas que se juegan la vida para buscar un futuro aquí», señala Suárez.

Estas defensoras de la igualdad en la Iglesia descartan la idea de realizar una protesta durante una visita papal que, para ellas, tiene un valor simbólico relevante. «Nosotras no estamos fuera de la Iglesia ni contra la Iglesia», explica Trejo. «Somos mujeres creyentes que queremos seguir dentro, pero con voz y participación real», apunta.

El movimiento nació casi por casualidad el 5 de marzo de 2020, apenas una semana antes del confinamiento. Una charla de la teóloga feminista Pepa Torres reunió a varias mujeres en Gran Canaria a través de una convocatoria improvisada por WhatsApp. La pandemia frenó aquel primer impulso, pero solo un tiempo.
Un colectivo en expansión
Desde entonces, la Revuelta se ha extendido a casi 40 ciudades españolas y también ha llegado a Tenerife. En Canarias, unas 60 mujeres participan de forma habitual en encuentros, formaciones y actos públicos. El momento central llega cada marzo, el domingo previo al 8M, cuando se concentran frente a las catedrales para reclamar igualdad dentro de la Iglesia.

«Somos la mayoría en las parroquias, en el voluntariado, en los movimientos, pero seguimos fuera de los espacios donde se toman decisiones», resume Trejo. «Se nos permite poner flores o preparar el altar, pero no participar en ámbitos fundamentales de la vida eclesial».

La crítica no se limita al reparto de responsabilidades. Las integrantes del colectivo denuncian una estructura profundamente masculina también en el lenguaje religioso. «El Dios del que se habla siempre es hombre y quienes toman las decisiones también lo son», afirma Suárez. Frente a eso, reivindican la teología feminista como una forma de releer el Evangelio con «gafas lilas».

«No queremos adaptar el Evangelio al presente», insiste. «Queremos volver a los orígenes». Para ellas, el mensaje de Jesús fue más inclusivo de lo que después terminó siendo la estructura eclesial. «Jesús vivió rodeado de mujeres , de pobres, de personas que estaban en los márgenes», sostiene Suárez.

Teología y feminismo
Las tres mujeres hablan de sínodos, documentos vaticanos y debates internos con la naturalidad de quien lleva años implicada en comunidades cristianas. Ninguna es teóloga profesional, aunque todas han participado en movimientos pastorales y grupos de formación. Ahí encontraron también un espacio desde el que seguir el pontificado de Francisco con atención y cierta esperanza.

«Han sido pasos pequeños, pero importantes», afirma Mariluz Suárez. Señala especialmente el sínodo de la sinodalidad, impulsado por Francisco, donde por primera vez mujeres y laicos pudieron participar con voz y voto junto a obispos y religiosos. «Parece algo mínimo, pero dentro de la Iglesia ha sido un cambio enorme», resalta.

Yolanda Almeida destaca también la entrada de mujeres en los dicasterios vaticanos los organismos de gobierno de la Santa Sede, espacios históricamente reservados a hombres ordenados. «Antes podían estar como secretarias técnicas, pero no formando parte de la toma de decisiones», explica.

Tras la participación real
Las reformas, sin embargo, avanzan lentamente. Las integrantes de la Revuelta insisten en que el mayor obstáculo es el clericalismo y la estructura jerárquica de la Iglesia. «Aunque participes en consejos parroquiales o diocesanos, casi todo sigue siendo consultivo», lamenta Almeida. «Muchas veces se escucha a los laicos, pero al final decide el sacerdote».

Aun así, rechazan la idea de una confrontación abierta. «No queremos gritar», dice Suárez. «Queremos seguir diciendo las cosas con firmeza». En ocasiones, cuentan, han sido criticadas dentro de algunas parroquias por «molestar» o por definirse feministas. «La palabra feminismo sigue generando rechazo porque mucha gente piensa que significa ponerse por encima del hombre, y no tiene nada que ver con eso», añade.

En estos años también han encontrado apoyos dentro de la propia Iglesia. Algunos sacerdotes les ceden espacios para reunirse o las animan públicamente a continuar. Aunque admiten que conviven con sectores mucho más conservadores.

Algunas no acudirán a la cita con León XIV, pero todas escucharán con atención su mensaje. Y tienen claro que, hasta que la igualdad sea costumbre en la Iglesia, seguirán leyendo teología feminista y concentrándose cada marzo frente a la catedral de Santa Ana para que su susurro se oiga un día al año. «Si las mujeres desaparecieran de las parroquias, la Iglesia se vaciaría», dice una de ellas entre risas. Después corrige el tono y vuelve a la convicción tranquila que atraviesa toda la conversación: «No queremos romper nada. Queremos que nos escuchen».

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