A la velocidad de la luz desde Malí

La maliense Adi Iglesias tuvo que huir de su país cuando era niña por ser albina y refugiarse en España. Un corto documental narra la vida de esta gallega de adopción que logró una medalla de oro en los Juegos Paralímpicos de Tokio 2020 y que entrega su tiempo a formar a niños en atletismo

El País, , 29-05-2026

La maliense Adiaratou Adi Iglesias porta desde los 15 años el mismo apellido que el queridísimo entrenador del Superdepor Arsenio Iglesias. No son familia, conste, pero sí gallegos los dos. Adi nació en Bamako (Malí) en 1999, pero se vio obligada a abandonar su país por ser albina —falsas creencias atribuyen propiedades mágicas a estas personas en el África subsahariana hasta el punto de que pueden llegar a ser asesinadas para llevar a cabo ritos de brujería—. Sus padres la mandaron a España para protegerla. Tras un tiempo no muy satisfactorio en Logroño en casa de unos familiares, Adi pasó a vivir en un centro de menores. Hasta allí se desplazó Lina Iglesias, profesora de la Universidad de Santiago de Compostela, maestra de maestros. La acogió y al año la adoptó. Le dio el apellido. Dos vidas nuevas comenzaban.

Con una discapacidad visual del 79% producida por su albinismo, Adi ha logrado por el camino ser doble medallista en los Juegos Paralímpicos de Tokio 2020 bajo bandera española. El recién estrenado corto documental Adi, filla da luz (Adi, hija de la luz), impulsado por el Comité español de Acnur y disponible en RTVE Play a partir de hoy 29 de mayo, narra la carrera de esta gallega de adopción que no se detiene.

Lina Iglesias, a la izquierda, y Adi Iglesias, velocista paralímpica, este abril en la plaza de España (Madrid).
Jaime Villanueva
Lina ya sabía que a Adi le apasionaba correr desde pequeña, se lo habían dicho cuando fue a visitarla por primera vez. “Vi que tenía cuerpo de atleta, era como es ahora, musculada”. En Lugo la llevó un día a unas pistas de atletismo que había al lado de casa. Lina detectó la perseverancia y la disciplina de su hija desde el principio. Lo desarrolla con una anécdota: “Cuando era adolescente, suspendió matemáticas; no se le daban bien, a diferencia del resto de asignaturas. No puso ninguna excusa, nada de echarle la culpa al profesor”, narra la madre en una butaca de los cines Golem (Madrid) minutos antes del preestreno del documental con una sala llena de amigos, familiares y socios de Acnur. “Tendré que estudiar más”, recuerda Lina que fue lo que dijo. “Fui viendo en ella ese carácter”, explica esta profesora jubilada el pasado verano con 62 años.

“No hay nadie como tú en todo Lugo”
Para asistir a la première de su documental, Adi se ha puesto un traje de pantalón y chaqueta blanco de raya diplomática y tacones. La melena, rubia, la distribuye en unas trenzas sueltas y largas que se desparraman por las solapas de la americana. Con unas gafas de pasta negras logra que su visión pase del 10% al 20%. Sobresale su figura erguida según cruza la plaza de España de esquina a esquina. Su madre la acompaña, de negro entero.

Lina recuerda que la gente la miraba raro por la calle cuando era pequeña, así se lo hacía ver su hija. Querían tocarle el pelo en el instituto, no habían visto a nadie así. “Te miran porque eres diferente, no hay nadie como tú en todo Lugo. Lo bueno es ser distinto, único, todo el mundo quiere destacar. Ser diferente es riqueza”, eran los mensajes que le decía su madre. “Si alguien te mira, tú te vuelves y les dices si quieren preguntarte algo, si quieren saber de dónde eres…”, le recomendaba Lina sin beligerancia, sin animarle a confrontar. Solo estaba reforzando su autoestima y dándole herramientas para lidiar con situaciones que pudieran incomodarla. No se trata de enfrentarse, sino de explicarse. Adi es muy conocida en la ciudad, la gente se refiere hoy a ella como la deportista de Lugo. “No solo la conocen, la quieren”, afirma su madre.

Adi está cómoda con su condición. “Que se nos clasifique como albinos no es malo. No me importa que me conozcan como Adi la chica albina. Soy así. Es lo que la gente ve primero. Es importante que se sepa que en África hay negros que somos albinos. Esto suma a la sociedad”, cuenta. La guerra no es la única causante de que existan 117 millones de desplazados por la fuerza en el mundo. La persecución por albinismo, orientación sexual o ideas políticas obliga a que otras personas soliciten asilo en un tercer país.

Foto. Jaime Villanueva
“No me importa que me conozcan como Adi la chica albina. Soy así. Es lo que la gente ve primero. Es importante que se sepa que en África hay negros que somos albinos. Esto suma a la sociedad”

Adi Iglesias, atleta paralímpica e hija adoptiva de Lina

Esta velocista, medalla de plata en los mundiales de Atletismo Adaptado de Dubái 2019 en 100 y 200 metros lisos, compite bajo bandera española y le ha dado vuelo también a la de Galicia en alguna ocasión. “Me gusta hablar en gallego. Con mi madre hablo en español porque cuando nos conocimos yo no hablaba gallego todavía. Es un idioma bonito. No creo que sea de gente de pueblo”, cuenta Adi. Compagina su preparación de alto nivel con el entrenamiento a niños en un club de atletismo que ha creado: “Hay infinidad de pruebas. Les hacemos entender que hay lugar para todo tipo de cuerpos”, cuenta. Hasta los 14 años no se suele decidir en qué disciplina van a especializarse.

Una educación para ser adultos desde niños
Lina, que daba clases en la universidad a futuros maestros de Infantil, educó a Adi desde el principio, desde los 14 años, como si fuera mayor. “En sus países son adultos a una edad muy temprana”, afirma esta experta en educación emocional. Lina consideró importante fomentar su independencia. “Habilidades básicas para potenciar su autonomía, algo fundamental en la educación de un adolescente”, resume. Herramientas para más adelante. Esa independencia en la que fue educada, cuenta Adi, la conduce a no llamar a su madre ante cualquier adversidad. No se aturulla ante nada. “A ella le repatea que no le pida ayuda y no es porque no quiera, es que me sale así. Primero lo intento yo. Si no lo consigo, busco ayuda”, cuenta la velocista, que con el premio económico obtenido en Tokio 2020 se compró un piso en Lugo, donde vive con su pareja, maliense.

El póster del corto documental ‘Adi, filla da luz’ (‘Adi, hija de la luz’), promovido por el Comité español de Acnur.
La discapacidad visual la llevó a estudiar una carrera en la que destacaran otros sentidos, como fisioterapia, una salida recomendada para personas con limitación en la vista. Pero lo dejó. Su vocación está en la enseñanza, en las clases que da en el club de atletismo, y las que espera impartir en el futuro cuando termine el módulo superior de Educación Infantil que está cursando. “Se le dan muy bien los niños”, interviene su madre, “aunque su escenario natural es la pista de atletismo, la veo allí hasta que sea viejecita”. Las sensaciones que surgen al correr son similares a las que experimentan aquellos que realizan un deporte con asiduidad. “Cualquier problema desaparece en la pista. Me despejo. Si estoy frustrada, lo saco todo”, confiesa Adi, que está a la espera de que se conozca dónde se va a celebrar el próximo campeonato de Europa de Atletismo Paralímpico. Si sigue ganando medallas acabará siendo tan popular como el recordado Arsenio Iglesias.

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