28M: Día Internacional de la Salud Menstrual
Las desigualdades económicas, territoriales, raciales y de género afectan la experiencia de la menstruación
La Vanguardia, , 28-05-2026* La autora forma parte de la comunidad de lectores de La Vanguardia
Cuando no se tienen las palabras para decir que te falta una compresa. Me duele cada vez. Cada testimonio. Cada conversación en la que alguien relata su experiencia menstrual, propia o ajena, desde un lugar atravesado por la vergüenza, el miedo o los tabúes inferiorizantes.
Hace unos días participé en la presentación de Educación Menstrual, el libro colectivo publicado este año por Sueños del Sabotaje y La Vida en Rojo. Una obra escrita desde el sentipensar, la experiencia y la investigación científica, con una mirada feminista, interseccional e internacional.
Durante el encuentro, una trabajadora social compartió una situación que sigue en mi cabeza desde entonces. Explicó que una usuaria había necesitado dar muchos rodeos antes de poder expresar qué le ocurría: no tenía dinero para comprar compresas. No era solo una cuestión económica. También pesaba la vergüenza. La dificultad de nombrar la menstruación, de poner palabras a un proceso fisiológico natural y a una necesidad básica.
Entre quienes estábamos escuchando a aquella trabajadora social surgió una misma reflexión: aquella mujer no solo sufría la precarización. En una situación tan concreta, confiar en la intuición de la trabajadora social antes que nombrar en voz alta aquello que durante años había aprendido a callar —la menstruación como problema propio, como asunto privado, como experiencia individual— era una manera de evitar la incomodidad de decirlo en voz alta.
Solemos coincidir en que las mujeres hemos aprendido que la menstruación debe ocultarse, susurrarse, disimularse.
Este libro abre conversaciones para reflexionar sobre cómo hemos interiorizado la vergüenza, y cómo ese aprendizaje tiene consecuencias muy reales a la hora de encontrar las palabras para pedir ayuda cuando más se necesita.
Solemos coincidir, en que las mujeres hemos aprendido que la menstruación debe ocultarse, susurrarse, disimularse. Que es un asunto destinado a los márgenes de las conversaciones cotidianas. Aquella mujer utilizaba papel higiénico como recurso de gestión menstrual.
Diversas mujeres con amplia trayectoria como educadoras, investigadoras y activistas menstruales de Argentina, Chile, México, Perú, Estado español e Italia han decidido nombrar de forma común lo que muchas ya venían expresando desde sus voces y canales de difusión: posicionar el 28 de mayo como Día Internacional de la Salud Menstrual.
En 2013, esta fecha se impulsó bajo el nombre de Día de la Higiene Menstrual, una formulación que buscaba ampliar derechos, pero que acabó instalando una pregunta de fondo: qué imaginamos que es la menstruación cuando la nombramos como higiene.
Este desplazamiento tiene también una dimensión política. Obliga a mirar hacia las instituciones, los sistemas sanitarios y la academia, que durante décadas han tratado la menstruación como un asunto menor, fragmentado o invisibilizado. Y permite incorporar una mirada interseccional imprescindible para comprender lo que está en juego.
No menstrúan en igualdad de condiciones una adolescente en un entorno rural sin acceso a productos básicos, una mujer migrante en situación administrativa precaria o una persona sin recursos en una gran ciudad. Las desigualdades económicas, territoriales, raciales y de género atraviesan de manera concreta la experiencia menstrual.
Vincular la menstruación con la salud, y no con la higiene ni con la vergüenza, es afirmar que menstruar es una expresión de salud.
Sus razones son sólidas. La salud es una palabra universal, directa, que no necesita traducción ni contexto previo. Es, además, un marco suficientemente amplio para acoger dentro de sí otras formas de nombrar las reivindicaciones vinculadas a la menstruación.
En los últimos años, conceptos como justicia menstrual, derechos menstruales o dignidad menstrual han permitido visibilizar dimensiones distintas de una misma realidad: las desigualdades en el acceso a recursos, la garantía de derechos o la posibilidad de vivir la menstruación sin estigma ni discriminación. Hablar de salud menstrual no supone reemplazarlos, sino integrarlos en un horizonte común.
Si la vergüenza ha marcado durante generaciones el lenguaje con el que se nombra la menstruación, la educación aparece como uno de sus contrapesos más directos. No solo porque ofrece información, sino porque desplaza el silencio aprendido y abre la posibilidad de decir de otra manera. Y cuando el lenguaje cambia, también cambia dónde buscamos respuestas y qué consideramos conocimiento legítimo.
Wikipedia es una plataforma de conocimiento libre a la que acuden estudiantes, periodistas, profesionales y cualquier persona que busca respuestas. Que exista ahora una entrada sobre educación menstrual no es un detalle menor: es un signo de los tiempos. Detrás de esta nueva entrada hay un trabajo colectivo sostenido durante los últimos años.
Entre las personas que lo han hecho posible destaca Ester Bonet, especialista en análisis del discurso desde la perspectiva de género e impulsora del proyecto Viquidones, orientado a reducir la brecha de género en Wikipedia. Bajo su coordinación, en esta entrada han participado mujeres wikipedistas con experiencia, con la colaboración de la Asociación de Cultura Menstrual La Vida en Rojo.
Su contenido recoge una dimensión amplia de la educación menstrual. La educación menstrual abarca desde el conocimiento de los productos de gestión menstrual hasta su reconocimiento en el marco legal, como ocurrió en el Estado español con la Ley Orgánica de salud sexual y reproductiva de 2023, que incorporó por primera vez la educación menstrual dentro de la educación formal y no formal.
Sin educación, la salud se debilita: no es posible reconocer el propio cuerpo, detectar señales de alerta ni tomar decisiones informadas.
Educación menstrual y salud menstrual son dos pilares interdependientes que revelan, a la vez, las desigualdades de género, clase y territorio que las atraviesan. Sin educación, la salud se debilita: no es posible reconocer el propio cuerpo, detectar señales de alerta ni tomar decisiones informadas.
Y sin salud entendida como marco de derechos, la educación se queda limitada a lo íntimo, a lo individual, a lo privado, cuando la menstruación es también una cuestión pública, política y colectiva.
La trabajadora social no lo sabía, pero con su testimonio estaba hablando de todo esto. De salud. De educación. De justicia. De lo mucho que falta por nombrar y ser cambiado.
* Carolina Ackermann Barreiro es educadora comunitaria en salud menstrual y peri/menopausia. Presidenta de la Asociación de Cultura Menstrual ‘La Vida en Rojo’. Redactora, investigadora y activista.
Si tienen interés en participar en Lectores Expertos pueden escribir un email a la dirección de correo de nuestra sección de Participación (participacion@lavanguardia.es) adjuntando sus datos biográficos y el texto que proponen para su publicación.
(Puede haber caducado)