Los vecinos de siempre, el barrio de antes
La Vanguardia, , 28-05-2026Reconozco que este artículo tiene un halo de nostalgia de un tiempo no lejano de convivencia. De vecinos que se conocían y de barrios de idiosincrasia reconocible. Cierto es que su transformación, desde sus núcleos históricos y en los distritos, conllevó nuevos perfiles y barceloneses sobrevenidos que describen sucesivas realidades urbanas y sociales en permanentes adaptaciones. Sin embargo, en apenas unos lustros todo está cambiando vertiginosamente.
Pocos vecinos se saludan entre sí y menos son los que se conocen. Los de siempre son ahora ocasionales y el de tu propia escalera es extraño porque cada vez quedan menos de los de toda la vida y son más los nuevos propietarios o arrendatarios y los turistas en rotación. Los hogares son cada vez más solo techo, las calles únicamente de paso y algunas de ellas tornadas en corredores de delincuencia e incivismo.
El incremento de servicios sigue sin aumentarse en la proporción necesaria en número, prestaciones y equipamientos. Tampoco para cuidar con la dignidad y suficiencia precisa a nuestros mayores o a las personas con discapacidad y en la eficaz lucha contra la pobreza.
Barcelona se rejuvenece con la inmigración no por la natalidad, aunque sigue haciéndose mayor. La incorporación de los boomers de los años 60 y el aumento de la esperanza de vida la torna cada vez más longeva. Una tercera y también cuarta edad, el éxito de la sociedad moderna, y a su vez un reto que requiere más atención con equipamientos especializados, asistencia domiciliaria, soporte a quienes viven en soledad y ayudas para convivir en familia y a quienes ayudan a sus padres y abuelos.
El guardia de barrio nunca acaba de ser una realidad. Una policía amable en la mediación y en la prevención y enérgica contra la delincuencia y con agentes suficientes que disuada al malhechor por sentirse inseguro y no impune. En paralelo, la carestía de la vivienda se ceba en los jóvenes. Son expulsados al entorno metropolitano a la par que el vacío poblacional de su exilio es sustituido por expats con mayor poder adquisitivo.
El comercio de barrio cada vez es más ajeno por despersonalizado y la tienda de toda la vida ha pasado a otra o es una anomalía a extinguir. Aquel bar de la esquina o aquella plaza o jardín punto de encuentro de antaño son recuerdos de lo que fueron y de presentes arrinconados. No caben más políticas de vivienda de fachada ni de respaldos de escaparate al comercio. Son precisas acciones reales de construcción de nuevas viviendas y favorecerlas en locales bajos u oficinas en planta, con más de densidad en altura en edificios e incentivos al comercio de proximidad.
Revertir las tendencias requiere voluntad y medidas de detección activa y de respuesta inmediata de las grietas o fallas en la cohesión social y de barrio y con espacios públicos perfilados para la convivencia intergeneracional, amén de lo ya descrito. No se trata de volver exactamente a una Barcelona “de antes”, porque las ciudades cambian y las generaciones también, pero sí de decidir lo que hay que conservar y recuperar y de lo que prescindir.
Una Barcelona sin servicios precisos y donde los vecinos dejan de conocerse es una urbe irreconocible por impersonal. Será un ámbito compartido, pero no será una comunidad. Hay que trabajar por todo lo que nos hace ciudad: la convivencia, el arraigo, la autoestima, la solidaridad, la proximidad, los servicios eficaces, el sentimiento y el respeto mutuo.
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