Miquel Ramos
Público, , 27-05-2026Cuenta el Segundo Libro de los Macabeos, uno de los textos del Antiguo Testamento, la cruzada que el rey Antíoco IV Epífanes emprendió contra los judíos dos siglos antes de Cristo. Uno de los episodios que relata es el del anciano Eleazar, un escriba judío apresado por los soldados del monarca que fue obligado a comer cerdo. Este, sin embargo, escupió la carne y aceptó su castigo, convirtiéndose en un símbolo del martirio. Esta política y muchas otras que se llevaron a cabo entonces pretendía que los judíos se asimilasen a la cultura griega y renunciasen a sus costumbres, algo que acabó provocando lo que se conoció como la revuelta de los Macabeos.
En la película Malditos Bastardos, de Quentin Tarantino, hay una escena en la que el coronel nazi Hans Landa, un personaje ficticio que encara al malvado del filme, ofrece durante la cena a Shoshana, una joven de la que sospecha que no es quien dice ser, un strudle, un pastel típicamente alemán hecho con manteca de cerdo. Quería comprobar así si esta era, en realidad, una judía. En ambas historias, la del anciano Eleazar y la de Shoshana, se juntan el odio a los judíos y el uso del cerdo para quebrar su fe y someterlos.
Ahora, casi cien años después, Vox no quiere que los niños judíos puedan comer en los colegios. Quiere que haya ‘mucho cerdo’ para que se integren, para que abandonen ese capricho de prescindir de uno de los ingredientes más populares en nuestro país. Otra vez el cerdo como elemento coercitivo, como ingrediente asimilacionista de quienes no merecen vivir según sus ritos y costumbres a pesar de no obligar a nadie a secundarlas ni cometer ninguna ilegalidad.
En realidad, el diputado de Vox en Aragón, David Arranz, que soltó un discurso en las Cortes exigiendo ‘mucho cerdo’ en los colegios, pretendía excluir a los niños musulmanes, pero siempre se omite en estas campañas que los judíos tampoco comen carne de este animal, y que son también víctimas de estas propuestas de la extrema derecha. La islamofobia salpica también a los judíos, porque esta se ha construido en parte sobre la plantilla del histórico antisemitismo.
El decreto de la Alhambra que promulgaron los Reyes Católicos tras la conquista de Granada en 1492 promovió la expulsión de los judíos que no se convirtiesen al catolicismo, que no se asimilasen, que no se integrasen. Muchos de los que se convirtieron seguían practicando el judaísmo en secreto, algo que la Santa Inquisición persiguió y castigó con saña, quemando a estos herejes en la hoguera.
En pleno siglo XXI las extremas derechas promueven una nueva evangelización contra los que no se asimilan con la cultura hegemónica. Esto tiene, como ven, ecos de las persecuciones religiosas que se dieron cientos de años atrás, y de los pogromos y leyes como las de Nuremberg promovidas por los nazis. La historia está ahí, los discursos, las leyes y las políticas excluyentes beben todas de una misma fuente.
El 21 de abril de 1933, Alemania prohibió la producción y venta de alimentos kosher, la carne animal que venía del sacrificio ritual de los judíos, con la excusa de proteger a los animales. La película de la factoría nazi de Josef Goebbels, El judío eterno (1940), mostraba, entre otros tópicos antisemitas, este sacrificio como una aberración, una tortura hacia los animales, a los que había que proteger de los malvados y bárbaros judíos. Es exactamente la misma propaganda que, desde hace años, usan los ultras contra el halal de los musulmanes, proponiendo también, como los nazis, que se prohíba esta práctica.
Islamofobia, racismo y judeofobia van de la mano. Odios pastoreados por los mismos de siempre, que pretenden usar a los niños como rehenes de sus guerras santas y raciales que hoy llaman civilizatorias. El comodín del moro, el migrante o el diferente sirve para enmascarar su falta de proyecto en beneficio de la sociedad. No citan a los judíos, porque hace años que el neofascismo ocultó su inseparable antisemitismo tras la defensa a ultranza de Israel, como si eso les amortiguase el hedor nazi que todavía desprenden. Por eso hay que recordarles que negarse a servir alternativas al cerdo en los colegios es ir en contra de los niños musulmanes, sí, pero también de los niños judíos.
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