Un dilema corneliano
El pasado colonial europeo llevaba inscrita en su destino la tragedia migratoria cuyas consecuencias debemos asumir
Diario Vasco, , 23-05-2026Es un comportamiento innato a la especie humana: desde la salida del Homo sapiens de África hace 100.000 años no hemos dejado de dispersarnos y de mezclarnos. Tan es así que los ‘viejos’ países europeos, pese a lo que digan las fabulaciones nacionales inventadas en los dos últimos siglos, nunca tuvieron una población estable, homogénea, inmóvil, sino que son productos de siglos de sedimentación humana. En esa larga cadena histórica se inscriben los actuales movimientos de población.
Dicho esto, la cuestión migratoria está ahí, sin que podamos ocultar que no es tanto un problema por resolver cuanto una pregunta en espera de respuestas que forzosamente resultarán insatisfactorias. Pues si desbarran quienes creen que «esto se arregla» levantando espesos muros o confinándolos en bantustanes bajo custodia de países clientelados, no menos temerario se antoja el angelismo de abrirnos de par en par a cuantos lo deseen sin cálculo de las consecuencias sociales y culturales.
Con la archicitada dicotomía weberiana en mano, pedimos a la política que desde una ‘ética de la responsabilidad’ proteja a la sociedad y con ella un modo de vida y una cultura común. Si es preciso incluso rechazando las peticiones de auxilio, aunque esto suponga traicionar principios que fundamentan nuestra concepción de las relaciones humanas. Mientras que, como seres morales, desde una ‘ética de la convicción’ estaremos obligados a atender a congéneres exiliados, perseguidos, víctimas de guerras, hambrunas o desastres climáticos. Situaciones ante las cuales el temor por nuestra identidad y bienestar puede parecer pejiguería.
Este nudo gordiano no tiene corte limpio: hay que asumir la exigencia de la política y a la vez la exigencia de la moral. Lo que nos pone frente a un ‘dilema corneliano’ como el que se les plantea a los personajes de las tragedias del clásico Pierre Corneille que han de hacer elección entre el deber o el querer, el amor o el honor. En nuestro caso, en la disyuntiva entre dos valores ambos esenciales e irrenunciables pero que están en radical contradicción entre sí generándonos disonancia cognitiva. Y, como en toda tragedia, planea omnipresente la fuerza del destino: el colonialismo europeo con su dilatada historia de conquistas imperiales llevaba inscrito, aun sin saberlo, el advenimiento de los Estados de refugio. La inmigración presente tiene su raíz en la colonización pasada.
Así, la tragedia migratoria no es circunstancial sino que participa indeleblemente de nuestra identidad.
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