Una juventud frustrada por no acceder a privilegios inalcanzables

De no mediar un patrimonio familiar que te convierta en una excepción, lo más probable será que las nuevas generaciones no vivan tan bien como sus predecesoras

Diario Vasco, Roberto R. Aramayo, 24-05-2026

En la mitología clásica Tántalo es un hijo de Zeus que confraterniza con los dioses y disfruta del privilegio de participar en sus banquetes. Esta situación le hace cometer varios desaguisados por los que se le castiga con un suplicio legendario. Sumergido en un lago con el agua hasta la barbilla, no puede saciar su sed sin ahogarse. Tampoco puede satisfacer el hambre, pese a que sobre su cabeza pendan los frutos de unos árboles, porque cuando pretende alcanzarlos el viento sacude las ramas y aleja de su boca ese apetitoso manjar. Tener algo a nuestro alcance que sin embargo no podemos conseguir se denomina por ello tantalismo. Parece un buen expediente para describir la frustración que padece una juventud cuya buena estrella se desvanece, pese a verse rodeada de una enorme opulencia en ciertos lugares donde la desigualdad alcanza unas cotas formidables.

Esta paradójica situación hace que quien la padece busque refugio en una identidad artificiosa, basada en las meras apariencias, rindiendo por ejemplo un excesivo culto al cuerpo cincelado según unos determinados e irreales cánones, o camuflándose tras unas marcas comerciales que sepultan toda idiosincrasia y configuran una personalidad totalmente ficticia, gracias a las máscaras de diferentes avatares físicos y virtuales. La zozobra que impone un mercado laboral tan volátil como precario y las irremontables dificultades para tener un hogar propio hacen que se busquen certidumbres en las promesas vacuas de los extremismos más recalcitrantes, al tiempo que se percibe a la clase política como sinónimo de corrupción, experimentándose igualmente un acendrado desencanto por ese sistema democrático que no vela por sus derechos más elementales.

Las actuales reglas del juego político sirvieron a quienes conocieron el ascensor social y disfrutan de unos presuntos privilegios que se les antojan inalcanzables, pero no funcionan en su caso y eso hace les hace añorar a líderes autoritarios que sepan resolver los problemas designando chivos expiatorios cuya eliminación serviría para vivir mejor, ya se trate de inmigrantes, funcionarios o pensionistas. Eliminando a esos colectivos cabría repartir los recursos que acaparan.

Tampoco sirve de nada pagar impuestos que financien una educación o una sanidad públicas, cuando lo suyo es tener dinero para sufragarte todos los caprichos, al modo en que lo hacen quienes triunfan socialmente y velan solo por su interés particular, desentendiéndose del de los demás, como si la miseria generalizada no tuviese impacto alguno en cuanto nos concierne directamente y estuviéramos desligados de nuestras circunstancias histórico sociales.

Al igual que la soledad no deseada nos hace sufrir mucho más cuando estamos en medio de una muchedumbre, la menesterosidad se lleva peor al vernos tentados por un consumismo fuera del alcance de nuestras posibilidades, aunque parezca lo contrario. puesto que se añade la frustración a las penurias. De no mediar un patrimonio familiar que te convierta en una excepción a la regla, lo más probable será que las nuevas generaciones no vivan tan bien como sus predecesoras en líneas generales. Hace pocas décadas el proletariado se permitió soñar con que sus hijos vivirían mejor al formarse y ejercer profesiones liberales, pero ahora quienes componían la desaparecida clase media baja temen que sus descendientes puedan vivir bastante peor, pese a contar con una sólida formación.

Este malestar social hace que muchos varones combatan el feminismo y abracen la misoginia, porque consideran el empoderamiento de la mujer como algo que socava los privilegios masculinos del patriarcado. Curiosamente, también hay jovencitas a las que les gustaría ser amas de casa protegidas por sus maridos, para gran escándalo de unas madres y abuelas que debieron conquistar sus derechos tras haber conocido las restricciones de una dictadura.

Sorprendentemente, se demoniza el progresismo a la par que se dan por buenas actitudes fascistas, quizá porque se desconozca el auténtico significado de ambas tendencias. En teoría el pensamiento progresista se muestra tolerante con los argumentos contrarios, entendiendo que pueden servir para mejorar la solución de los problemas comunes, y anhela una distribución de la riqueza que asegure un mínimo bienestar comunitario. Por el contrario, los movimientos neofascistas pretenden más bien imponer sus tesis a toda costa y consideran como un enemigo al que abatir a quienes no comulguen con sus ruedas de molino. La frustración que produce una opulencia tan cercana como inalcanzable daña sobremanera el tejido social y nos pasará una onerosa factura política más pronto que tarde. Deberíamos tomar buena nota cuanto antes.

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