Pau Palaus: “La risa funciona como una olla a presión, es una válvula de escape en la cárcel o en un campo de refugiados”
Recién llegado de Líbano, el ‘clown’ catalán sueña con montar un corredor de payasos a Oriente Próximo
El País, , 25-05-2026Pau Palaus (Mataró, Barcelona, 36 años) es payaso y cofundador de la asociación sin ánimo de lucro Contaminando sonrisas, que lleva su espectáculo a zonas de conflicto o afectadas por catástrofes naturales. Acaba de regresar de Líbano, donde ha pasado 12 días realizando entre tres y cuatro actuaciones diarias en campos de refugiados, escuelas y orfanatos para niños que han perdido a sus padres en la guerra. Su sueño es crear una especie de corredor humanitario de payasos a Oriente Próximo.
Pregunta. ¿Cuándo se dio cuenta de que quería ser payaso?
Respuesta. Siendo muy pequeño. Me echaban de clase por hacer reír a los demás. A todos menos al profe, que quería paz y un payaso siempre es revolucionario, un dinamitador de emociones. Con el tiempo me di cuenta de que eso se podía convertir en un oficio.
P. ¿Y en casa qué le dijeron?
R. Mis padres tenían una granja escuela, conocían a payasos y tenían amistad con ellos, pero, seguramente, el futuro que has imaginado para tu hijo no es ese. Tenían sus miedos. Estudié forestales y, antes de dedicarme a esto, estuve cuatro años y medio trabajando en poda de altura.
P. ¿Cree que la sociedad en general entiende bien qué es ser un payaso?
R. La sociedad tiene un concepto que ha quedado muy atrás: el de los payasos de la tele, del “cómo están ustedes”, del anuncio de Micolor y las fiestas de cumpleaños. Pero es un mundo que ha evolucionado mucho.
P. ¿Quiénes eran sus referentes? ¿A quién admira en la profesión?
R. En general, admiro a cualquiera que se vista extravagante, se pinte un poco y tenga la voluntad de hacer reír a los demás. Intentar sacarle una sonrisa a alguien que no conoces de nada es muy bonito. Mis referentes son Chaplin, Tortell Poltrona, Charlie Rivel, Popov, Gardi Hutter…
P. ¿Y cuesta ganarse la vida como payaso? ¿Quiénes son su competencia?
R. Ahora tenemos que decir que no a algunos trabajos porque no nos da la vida. El año pasado trabajamos en 17 países: China, Japón, Chile, Lituania, Holanda, Francia, Portugal, Italia… Sobre todo, en festivales internacionales de arte de calle y de teatro.
P. A menudo va a actuar a países de los que la gente está huyendo. ¿Por qué?
R. El sistema en lugares de conflicto es la deshumanización. Cuando aparece es más fácil justificar todo tipo de masacres y barbaridades. La risa humaniza. Muchas veces, después del espectáculo, se acerca gente y me dice: “Me has recordado que soy una persona, no sabes el tiempo que llevaba sin reírme”. En Líbano actué en barrios donde prima la rama más conservadora del islam y las mujeres llevan burka. Al principio, cuando me acercaba a dos metros, ellas se echaban para atrás, pero al terminar, varias vinieron a abrazarme y a darme las gracias. La risa hace que desaparezcan todas las barreras: las religiosas, las de clase…
El payaso Pau Palaus actúando en Beirut.
Cedida por Con
P. Arranca sonrisas en distintos idiomas y tamaños, de niños y de adultos, sin hablar. ¿Cuáles son sus herramientas?
R. La humanidad, la humildad y la sensibilidad. Y cuando vas a una misión humanitaria, eso tiene que ir por delante de lo artístico.
P. Ha dicho que su misión es detener el tiempo. ¿El peor enemigo de la risa es la prisa?
R. Sí. El espectáculo normalmente dura 45 minutos, pero en un campo de refugiados puede irse a dos horas porque necesitas tomarte tu tiempo para sintonizar y comunicarte con ellos. Puede haber gente que diez días antes haya perdido su casa, su familia, todo…
P. También ha actuado en lugares donde la vida está un poco detenida, como la cárcel. ¿Le costó más arrancar risas allí?
R. Lo que cuesta siempre es el antes de, porque los payasos también tenemos nuestros fantasmas y miedos. Pero una vez que te has puesto el atuendo, el maquillaje, y te has concentrado para encarnar a ese ser que no tiene juicio, el payaso ya no entiende si delante tiene presos o militares. He visto a carceleros y a presos llorando porque ese tipo de sensibilidad no suele entrar en la cárcel.
P. Cuando actuó en Paiporta después de la dana, al principio algunas personas parecían incluso molestas, pero pasados unos minutos las reacciones eran muy llamativas: se reían y pasaban de la risa al llanto, quizá por la emoción de volver a reír. ¿Tiene alguna reacción que se le haya quedado especialmente grabada?
R. En un teatro o en la plaza de un pueblo, el público está predispuesto a pasárselo bien, ha visto una programación y ha ido a verte a propósito. En las labores humanitarias, a veces, se quedan en shock, como preguntándose qué quiere este que va vestido raro y trae una música alegre cuando aquí hay de todo menos alegría. En ese tipo de situaciones hay que ir con mucho tacto y poco a poco, ves el cambio: llega la risa, la carcajada y a veces también el llanto. La risa es un sistema parecido al de la olla a presión, una válvula de escape, algo que se libera… Y eso ocurre en una cárcel, en un campo de refugiados o en el escenario de una catástrofe.
Pau Palaus, en las calles de Paiporta, tras la dana de 2024.
javier Hernandez
P. Ha creado su organización sin ánimo de lucro junto a su pareja, y su hijo les acompaña en muchos de sus viajes. ¿Qué cree que ha aprendido él?
R. Este oficio es una profesión y un modo de vida. Mi hijo tiene seis años y en esos viajes ha aprendido que nuestra realidad no es la única, que el mundo es muy grande, que hay muchas lenguas, muchos colores de piel… El crío no tiene absolutamente ningún prejuicio y me siento muy orgulloso de eso. A Líbano no me lo he llevado porque es una guerra activa.
P. ¿Qué le hace reír a usted?
R. Muchísimas cosas. Como decía un hombre muy sabio, Charlot, un día sin reírse es un día perdido.
P. ¿Y llorar, emocionarse?
R. Muchísimas cosas también. Intento emocionarme mucho y que mi hijo me vea llorar y reír para no ser como esos políticos que predican lo que no creen.
(Puede haber caducado)