El miedo al ICE obliga a esta maestra en Washington a esconder el nombre de su guardería
Delia lleva 20 años construyendo su sueño de una escuela infantil. Ahora sus profesoras están en peligro, pues el 40% de las trabajadoras de cuidados de menores son inmigrantes
El País, , 25-05-2026Son cerca de las 10.30 de la mañana, hora de sacar a pasear a los niños. Las maestras acomodan a los más pequeños en carritos dobles y toman de la mano a los mayores. Luego avanzan por la estrecha calle arbolada donde funciona la guardería de Delia, en un barrio residencial de Washington D.C.
No será un paseo largo. Desde que el republicano Donald Trump redobló su ofensiva contra los inmigrantes en la capital el año pasado, las maestras —todas vulnerables a la deportación— evitan alejarse demasiado. Antes solían llevar a los niños a la biblioteca pública del barrio, a los museos gratuitos de la capital o al zoológico. Ahora llevan casi un año sin hacerlo.
El temor de ser detenidas por agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) condiciona su día a día. Delia —cuyo nombre fue cambiado para proteger su identidad— lleva meses casi sin salir de casa y pendiente de los mensajes de alerta que circulan por WhatsApp sobre operativos migratorios en la zona. “Tenemos ejemplos de lo que pasó en nuestros entornos de maestras: que si andaban dos se llevaban una y dejaban a los niños con la otra”.
Frente a ese riesgo, trazó “un plan” con las cuidadoras: la que no sea arrestada debe avisar a los padres de los niños y comunicarse con ella. Asegura que está dispuesta a arriesgar la vida que ha construido durante 20 años en Estados Unidos para proteger a sus empleadas.
“Yo les digo: ‘En caso de que nos encuentren en la calle y nos detengan, ustedes no se preocupen, yo me voy a entregar primero’”.
El grupo de WhatsApp con 670 miembros que rastrea al ICE
Al inicio de su segundo mandato, Trump volvió a poner en la mira a las “ciudades santuario” —localidades que limitan la cooperación con las autoridades migratorias. Washington D.C. quedó particularmente expuesta: a diferencia de los estados, el distrito no cuenta con las mismas protecciones sobre su autonomía. El cerco sobre la capital se estrechó en agosto del año pasado, cuando el presidente desplegó la Guardia Nacional, puso temporalmente a la policía local bajo su mando y declaró una emergencia por la delincuencia, pese a que los datos oficiales mostraban una caída en la incidencia de crímenes violentos.
Lo que siguió fue una ola de arrestos de inmigrantes que —entre agosto y noviembre de 2025— superó las 1.500 detenciones, según datos de Relevant Research, una firma privada liderada por Austin Kocher, profesor asistente en la Universidad de Syracuse y experto en el sistema migratorio de EE UU. Un año antes, en el mismo período y bajo el Gobierno del demócrata Joe Biden, la cifra había sido de siete arrestos.
Integrantes de la Guardia Nacional en una escuela en Washington, D.C., en agosto de 2025.
Integrantes de la Guardia Nacional en una escuela en Washington, D.C., en agosto de 2025.
Jose Luis Gonzalez (REUTERS)
En diciembre de 2025, una jueza limitó los arrestos sin orden judicial en Washington, y con ello bajaron las detenciones en la capital. Aun así, la fuerte presencia federal mantiene en vilo a la comunidad inmigrante. Y el despliegue se va a reforzar este verano para las celebraciones por los 250 años de la Independencia de EE UU, con medidas que incluyen duplicar el número de agentes de Homeland Security Investigations (HSI), una división del ICE, según anunció Gadyaces Serralta, director del Servicio de Alguaciles de Estados Unidos.
Bajo este clima de hostigamiento, trabajadoras inmigrantes como Delia —que brindan un servicio esencial para las familias del Distrito— se han visto obligadas a moverse en las sombras. Ya en junio del año pasado, ella retiró el cartel de la entrada que identificaba su negocio: “Escondiéndome de esta manera, me siento mal. Decirle a mis maestras: ‘Vamos a guardarlo’, como si fuéramos delincuentes, si solo somos unas maestras educando niños para el futuro de esta nación”.
Dos meses después, María también quitó el letrero con el nombre de su guardería. Está a unas cuadras de la de Delia, quien años atrás le dio su primera oportunidad como maestra. Aunque María es residente permanente, pidió cambiar su nombre por miedo a que agentes del ICE puedan presentarse y detener a sus cuatro maestras, que no tienen papeles.
Una de sus cuidadoras vive en Maryland, un Estado vecino, y maneja todos los días al trabajo con temor de que la intercepten y detengan: “Siempre me dice: ‘Mi mayor miedo es no poder llegar a casa, que mi hijo me esté esperando en la noche y saber que me han agarrado’”, cuenta María.
Esta maestra es parte de un grupo de WhatsApp con casi 670 miembros en el que se comparten en tiempo real alertas sobre la presencia del ICE en la ciudad. Solo el 19 de mayo, EL PAÍS leyó decenas de mensajes, fotos y videos compartidos en este espacio. Entre ellos, una mujer dijo que había visto una de las furgonetas que supuestamente usan los agentes: “Voy un poco nerviosa de las piernas”.
Inmigrantes sin papeles que sostienen el cuidado infantil
La industria del cuidado y la educación infantil en Washington descansa en buena parte sobre los hombros de mujeres inmigrantes: aquí, cerca del 40% de las trabajadoras del sector de la primera infancia son inmigrantes (con y sin papeles), prácticamente el doble que el promedio nacional. La cifra es parte de un análisis Estado por Estado que el Centro para el Estudio del Empleo en el Cuidado Infantil de la Universidad de California, Berkeley, publicó en 2025 usando datos del Censo.
Un bebé sostiene la mano de una cuidadora en la guardería en Washington D.C.
Un bebé sostiene la mano de una cuidadora en la guardería en Washington D.C.
Federica Narancio
Para Hannah Oppermann, analista sénior del Centro Nacional Legal de la Mujer (NWLC, por sus siglas en inglés), especializada en políticas estatales de cuidado infantil y educación inicial, este sector es una pieza clave de la economía de la capital. “En Washington D.C. se exige que la mayoría de los servicios de cuidado infantil estén regulados: hay cuidadoras que atienden a niños en sus propias casas, centros con muchos niños, y todos esos espacios son críticos para que la ciudad siga funcionando”.
En la entrada de su guardería, Delia tiene pegadas sus certificaciones en educación infantil y las de sus maestras. También tiene colgada su licencia para operar lo que en D.C. se conoce como un ‘home daycare’: un centro de cuidado infantil que funciona dentro de una vivienda familiar. Allí vive con uno de sus hijos y su esposo, quien una vez a la semana toca la guitarra y la armónica para los nueve bebés y niños que asisten al centro. Hasta mayo, él también trabajaba por las noches como ayudante de mesero en un restaurante. Dejó de ir por miedo a toparse con agentes del ICE y ahora reparte pedidos con Uber Eats. “Hay temor porque siempre nos avisan que está inmigración por una calle y por otra”, explica Delia.
Sus estudios, que incluyen un título técnico de dos años y cursos de inglés, son fruto de un gran esfuerzo por cumplir su sueño de dedicarse a la educación infantil, una vocación que empezó desde joven y que la llevó por una travesía extenuante hasta Estados Unidos. Para cruzar México, tuvo que esconderse durante tres días dentro de un tráiler junto a otros 70 migrantes, sin posibilidad de salir. Traía consigo solo unas galletas y un bidón de agua. “Muchas personas se desmayaban, otras tenían que hacer sus necesidades ahí porque era un viaje largo”. Si tuviera que repetirlo hoy, no lo haría, asegura.
Le costó tanto llegar a donde está que ahora se dedica a formar y ayudar a otras maestras. Es conocida en el barrio por ser una especie de hada madrina: ha guiado a más de cinco antiguas trabajadoras suyas que después montaron sus propios ‘home daycares’.
Padres antiguos y actuales del centro también dicen que están muy agradecidos por la dedicación con la que Delia y las maestras cuidan a sus hijos. Temen que las arresten. “Sería un golpe durísimo que se vieran afectadas”, dice un antiguo padre a EL PAÍS en un mensaje de audio de WhatsApp. “(Al ser) nuestro único hijo, primer hijo, llevábamos un nivel de ansiedad más fuerte (…) y el modo de ser de ellas y la manera en la que Delia y su equipo trabajaban nos dio confianza”.
Detalles de los bebés de una guardería en Washington, el 17 de mayo de 2026.
Un niño en la guardería de Delia en Washington D.C.
Federica Narancio
Delia, que intenta limitar las salidas de su casa a la iglesia o a citas médicas, tiene la esperanza de no tener que seguir escondiéndose ni de tener que esconder más la guardería de la que está tan orgullosa. “Voy a celebrar ese día que ponga mi ‘banner’ (cartel) en mi pared de mi casa diciendo que soy un programa de alta calidad aquí en D.C.”.
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