«Papi, ¿cuándo vendrás a verme?», la pregunta sin respuesta

A punto de convertirse en uno de los primeros inmigrantes con resolución favorable en Gipuzkoa, el senegalés espera poder contárselo a su hijo

Diario Vasco, Jorge Napal, 22-05-2026

La pregunta de Fatou, de dos años y medio, se viene repitiendo con insistencia. «Papi, ¿cuándo vas a venir a verme?». A su padre cada vez le cuesta más sacudirse la inevitable incomodidad que le genera. ¿Qué decir? Es un interrogante para el que no tiene respuesta. «Siempre le digo que la semana que viene», confiesa Mbade Ngom con la boca pequeña. Es consciente el senegalés de que ha sido hasta ahora una mentira piadosa, de esas que descuelgan los padres que buscan una resolución rápida ante un tema doloroso que escuece.

Desde que este vecino de Lasarte – Oria se embarcó a bordo de aquella patera en Dionewar, una pintoresca isla de Senegal, no ha vuelto a ver a su hijo. Tampoco a su esposa Ndoumde, ni a sus padres, Aissatou y Diejane. Todos ellos continúan en Thiomby, esa zona rural y agrícola situada en el centro de Senegal, que se antoja hoy tan lejana, a más de 3.500 kilómetros de distancia de Gipuzkoa en línea recta.

Pensar en que todo pueda empezar a cambiar a partir de ahora, que por fin le pueda decir a Fatou que «papi va a coger un vuelo» para darle un abrazo inmenso le parece poco menos que un sueño. «No solo es la posibilidad de trabajar, es poder viajar, es poder vivir con normalidad, en libertad, con unos derechos como el resto. Los papeles lo son todo». Este hombretón de 35 años, que está apunto de convertirse en uno de los primeros guipuzcoanos en recibir la comunicación de admisión a trámite de su solicitud de regularización extraordinaria, se quiebra y rompe a llorar como un niño indefenso cuando se le pregunta por todo ello. No puede reprimir el llanto al imaginar su ansiado regreso.

La entrevista con Ngom tiene lugar a las siete de la mañana. Por más insistencia del periodista, nada, no ha sido posible retrasar la cita. En la vida hay prioridades, y las del africano están ahora mismo bien claras. No puede estar más ocupado. Es su única hora disponible para este hombre que mantiene contacto con la empresa que le va a dar trabajo y alojamiento, la misma que le ha devuelto la ilusión. Aprovecha estos días para hacerse con las riendas de lo que será su empleo como ayudante de cocina. Quiere tenerlo todo listo ante la inminente respuesta administrativa.

Nadie diría que este pinche de cocina es el mismo que arribó el 4 de noviembre de 2024 en una rudimentaria embarcación a El Hierro, la isla que sigue siendo uno de los principales puntos de llegada de pateras y cayucos en la ruta atlántica hacia las Islas Canarias. Solo durante el año pasado pisaron tierra 10.000 personas, prácticamente el total de habitantes de la isla (12.000). La mayoría de estas embarcaciones, procedentes principalmente de las costas de Senegal y Gambia, arriban al puerto de La Restinga, al sur de la isla. «Por ahí estuvimos. Nuestro viaje duró ocho días. ¿Miedo durante el viaje? No. Estuvo un poco peligroso, es verdad, pero no hubo ningún muerto. Llegamos a la costa unas 200 personas, entre las que había mujeres y niños», rememora el senegalés, con una trayectoria vital no ha pasado desapercibida para las personas que le acompañan.

El caso de Ngom es «una muestra elocuente del verdadero sentido que alcanza esta regularización extraordinaria». Son palabras de Germana Dovale, asesora jurídica de Cáritas, que alaba la predisposición que ha mostrado en todo momento, haciendo de la necesidad virtud, capaz de abrirse paso entre un sinfín de obstáculos que exigen buenas dosis de amor propio. «La suya es una experiencia que merece la pena ser contada. La verdad es que ha hecho muy bien las cosas», confiesa la letrada. El itinerario seguido por Ngom revela que nadie le ha regalado nada.

De entrada, ocho días de navegación desde la costa senegalesa hasta El Hierro permiten medir el desgaste con el que llegaron sus ocupantes. «Estuve tres días en El Hierro, y de ahí marché a Tenerife por mediación de Cruz Roja. Luego fui a Madrid, Gerona, y después de dos semanas llegué a Donostia». Lo hizo el 20 de diciembre de 2024, y descubrió entonces una ciudad engalanada que se preparaba para celebrar la Navidad, aunque el destino le deparaba un sórdido paraje, en las antípodas del calor familiar. «Estuve dos días durmiendo en la calle, debajo de un puente en Herrera. Ahí pasaba las noches, hasta que Modou, un amigo senegalés, me abrió las puertas de su casa hasta que encontrara una solución».

Si algo llama la atención en el relato de Ngom es su acusado sentimiento de gratitud hacia todas las personas que le han ayudado. A cada una de ellas las llama por su nombre. «Elisabeth y Lide, de CEAR, qué decir: fueron de gran ayuda. Pero yo no era solicitante de asilo, yo solo venía a trabajar». A partir de ahí se puso a hincar codos para hacerse con las riendas del idioma, porque hasta entonces se hacía entender en francés y poco más. «Fueron ellas las que me dieron el primer impulso».

Y prosigue con el listado de personas a las que tanto tiene que agradecer. En él figuran también Merche y Arantxa. Con ellas tuvo una primera cita en la oficina de Cáritas en Bidebieta. «Necesitaba ayuda y me la ofrecieron. Me echaron una mano con el Banco de Alimentos, y también me dieron algo de dinero».

Tras aquella primera entrevista apareció en su vida Iñigo Lasabaster –«trabajador social de Cáritas, un gran hombre»– con el que al principio hablaba en francés, hasta que su castellano fue mejorando en el Centro Público de Educación de Personas Adultas de Herrera. «He aprendido el idioma en un año. Iñigo me animaba a hacerlo, y también me animaba a que siguiera un curso de Lanbide de ayudante de cocina», el mismo que le ha abierto las puertas a su futuro laboral más inmediato.

«Me encanta el que será mi trabajo, me interesa todo lo que tiene que ver con la alimentación saludable», confiesa, metido de lleno en la piel del oficio que le aguarda. En el restaurante donde pronto comenzará a hacer sus pinitos sabe que, probablemente, no sea posible cocinar mafé, ese guiso tradicional de Senegal y África Occidental a base de carne (generalmente ternera o cordero) cocinada a fuego lento en una rica salsa de pasta de cacahuete y tomate.

Un plato con el que se chupa los dedos y que, según le dice su paladar educado, «se sirve sobre una generosa base de arroz blanco». Sonríe Ngom al señalar que ese plato de su tierra solo es comparable a las lentejas con carne.

También fue Lasagabaster quien le empezó a hablar de la posibilidad de iniciar un proceso de regularización que en principio planteaba muchas dudas. «Me ayudó en el camino, me decía que pidiera el certificado de antecedentes penales, y poco a poco fui cumpliendo con toda la tramitación. La verdad es que las personas de Cáritas son muy buenas», dice sin olvidarse de «Itxaso, de la EPA», y de Alfonso y Luis, dos voluntarios de Cáritas. No quiere dejarse a nadie en el tintero. «La verdad es que estoy sorprendido con la acogida del País Vasco. Llegar a vivir en la calle, en situación irregular, no es fácil, pero a pesar de todo puedo decir que en un año jamás he tenido ningún problema con la Policía». Cáritas y CEAR han sido dos bastones importantes para que pueda caminar sin perder el rumbo. Y la travesía prosigue. Ngom no está solo. «Siempre que tengo un problema, ahí está Alfonso, con el que puedo contar para lo que sea. Hay un montón de gente a la que tengo que dar las gracias», dice rememorando su historia más reciente.

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