El laboratorio de medicamentos saharaui que lucha contra la arena y la escasez de fondos: “Somos una rosa en el desierto”
En el desierto argelino de Tinduf, 11 trabajadores saharauis fabrican antibióticos, colirios y cremas dermatológicas para una población refugiada que lleva medio siglo sobreviviendo en el exilio
El País, , 22-05-2026Al Laboratorio de Producción de Medicamentos Mohamed Embarek Fakal·la, algunos lo llaman “una rosa del desierto”, porque nadie esperaba que algo así pudiera crecer aquí. Lo cuenta Mulai Mesaud Jarrachi, su responsable de logística y subdirector, y cuando dice “aquí”, hace un gesto amplio con la mano hacia la hamada argelina: un desierto pedregoso y hostil, de temperaturas abrasadoras y donde el viento levanta constantemente una arena que se cuela por debajo de las puertas e incluso entre los huecos de los dientes.
En ese “aquí” viven desde hace 50 años unos 173.000 refugiados saharauis en los campamentos de Tinduf, al suroeste de Argelia, levantados tras la ocupación marroquí del Sáhara Occidental. Bajo estas condiciones extremas se han construido colegios, escuelas de cine y de enfermería, piscifactorías y también este laboratorio farmacéutico que desde hace tres décadas fabrica paracetamol, ibuprofeno, colirios, sueros, pomadas, geles para ecografías y antibióticos. Una labor que desempeñan cada día 11 trabajadores saharauis, siete hombres y cuatro mujeres.
Campamentos de refugiados saharauis en Tinduf, Argelia
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20 km
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Una gota en el océano
En un pequeño edificio del recinto del Hospital Nacional Bachir Saleh de Rabuni, situado en el centro administrativo de los campamentos, el retrato de Mohamed Embarek Fakal·la, una figura histórica de la sanidad saharaui, preside el pasillo de entrada al laboratorio.
Todo comenzó en 1992, cuando Carles Codina, un farmacéutico de Médicus Mundi Mediterrània, visitó un dispensario de los campamentos y vio a un técnico saharaui preparando un antiséptico. De aquel encuentro nació la idea de construir este laboratorio, que se inauguró en 1996 e inició la producción de medicamentos dos años después.
El retrato de Mohamed Embarek Fakal·la, figura histórica de la sanidad saharaui, preside el pasillo de entrada al laboratorio.
Mònica Torres
“Empezamos con pocas fórmulas, entre cinco y ocho. En el año 2000 llegamos a producir medio millón de cápsulas de varios medicamentos. Ahora mantenemos una lista de unos 15 o 20 fármacos”, explica su director, Mohamed Lamin Abdi. Este hombre con bigote, de habla pausada y bata blanca sobre una camisa azul claro, lleva desde 1998 trabajando en el laboratorio. Nacido en 1968 en el Sáhara Occidental, estudió la carrera de farmacia en la ciudad ucrania de Járkov. Ha pasado temporadas en Italia, donde hizo un doctorado, y en España, donde trabajó en farmacias, pero siempre vuelve a los campamentos. No solo por su familia, aclara, sino también por la causa saharaui. “Forma parte de nuestra vida”, remacha.
“Todo lo que producimos”, continúa, “cubre una parte de las necesidades de la población saharaui”. No es mucho. Lamin estima que un 5% de los medicamentos necesarios en los campamentos se producen en el laboratorio. El resto lo dispensa la farmacia central, que recibe fondos de la Unión Europea. “Pero no llega cantidad suficiente para cubrir todo el consumo nacional”, explica. Un diagnóstico que coincide con el de sanitarios y ONG consultadas, que relatan una escasez de medicamentos en los centros médicos de los campamentos saharauis.
En la imagen, el técnico de laboratorio Brahim Saleh Labeid maneja las bolsas de suero para los tratamientos del departamento de urología, el 29 de abril.
Mònica Torres
Sin embargo, esta gota dentro de un océano de necesidades es especialmente valiosa en el complicado contexto humanitario de los campamentos. Aunque no se cubre toda la demanda, el laboratorio funciona como una especie de reserva de emergencia, explica su director. “Hace 10 años, hubo un retraso en la entrada de medicamentos y tuvimos que trabajar el doble para, por lo menos, garantizar los analgésicos, jarabes y antisépticos”, recuerda.
Brahim Saleh Labeid, de 39 años y licenciado en Farmacología Experimental, trabaja en el centro desde 2019. Menciona otro año clave: 2020, cuando el mundo se paró por la pandemia de covid-19 y su trabajo se volvió esencial. “No había gel hidroalcohólico y empezamos a producirlo aquí. Logramos fabricar suficiente para distribuirlo en todas las wilayas [campamentos]”, cuenta mientras se quita la bata, la mascarilla y el gorro verde con el que suele trabajar.
El técnico de laboratorio Brahim Saleh Labeid trabaja en el Laboratorio de Producción de Medicamentos Mohamed Embarek Fakal.la, en el hospital de Rabuni.
Mònica Torres
Ha pasado la mañana en una de las dos salas del laboratorio, la destinada a fabricar medicamentos que requieren menos esterilización, preparando bolsas de tres litros de cloruro de sodio para las irrigaciones urinarias. De este producto sí cubren el 100% de la demanda: producen unas 200 bolsas al mes. “Antes las traía la comisión de urología, pero la materia prima y el transporte eran muy caros. Ahora nos encargamos nosotros. Las preparamos y las llevamos directamente al quirófano del hospital, que está a 200 metros del laboratorio”, explica Mesaud.
Es una lucha continua
Mohamed Lamin Abdi, director del Laboratorio de Producción de Medicamentos
Sobre la amplia mesa central esperan ya preparados frascos de corticoides, pomadas antibióticas y cremas para distintos problemas dermatológicos. Estas fórmulas magistrales también se producen íntegramente en el centro. “La comisión de dermatología manda las recetas y nosotros elaboramos los tratamientos y los entregamos a los pacientes”, explica Lamin. Añade que es un proyecto que empezó en 2024 y lo consideran “una ventana abierta para conseguir más apoyo de financiadores”.
Exterior del Hospital Nacional Bachir Saleh en Rabuni, en el centro administrativo de los campamentos de refugiados saharauis de Tinduf, Argelia.
Monica Torres
Las limitaciones de un laboratorio como este no son pequeñas. “En el desierto hay solamente cuatro cosas: sol, arena, sequía y el viento, que hace que entre la arena por debajo de las puertas, por las ventanas”, reflexiona su director. “Es una lucha continua”. “Hay un problema muy serio que es el mantenimiento de aparatos. No hay técnicos, especialmente de electromedicina”, señala.
La secretaria del centro, Fatimetu Ahmed, una mujer resolutiva que lleva 21 años trabajando allí, añade la falta de materiales a esa lista de límites. “Hay escasez tanto de principios activos como de envases vacíos”, apunta esta profesional, encargada de la parte administrativa del laboratorio: la llegada de materias primas, la salida de los medicamentos preparados, el control del stock y la elaboración de informes.
El dinero —o más bien su escasez— aparece en casi todas las conversaciones. Aunque el laboratorio no ha sufrido los recortes que sí han afectado a otros proyectos financiados por organismos internacionales como Acnur, los fondos nunca son suficientes. El proyecto está ejecutado por Médicos Mundi Mediterrània y financiado en los últimos años por el Fons Català de Cooperació al Desenvolupament, una entidad que agrupa distintos ayuntamientos de Cataluña. A lo largo de su historia ha recibido financiación de otros organismos como la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID), la Agencia Catalana de Cooperación al Desarrollo y otros donantes.
En los últimos dos años se nota que hay un descenso progresivo de la financiación; cuesta más llegar al presupuesto
María Elena del Cacho, Médicos Mundi Mediterrània
Aunque tengas el presupuesto aprobado, luego hay que conseguir el dinero, resume por teléfono la farmacéutica María Elena del Cacho, de Médicos Mundi Mediterrània y una de las impulsoras del proyecto. “Un ayuntamiento te da 800 euros, otro 3.000, y así vas completando. Pero sufres, porque hasta final de año, que ellos cierran cuentas, no sabes realmente qué es lo que puedes recoger y tienes que adelantar gastos. Hasta mitad de enero hemos sufrido con el año pasado”, remarca. Del Cacho explica que tuvieron que pedir una prórroga de tres meses para poder cubrir las actividades previstas para 2025.
“Este año ya he presentado el presupuesto, lo han admitido, pero la entrada de dinero ha sido muy escasa. Y estamos a mayo”, añade. “En los últimos dos años se nota que hay un descenso progresivo de la financiación; cuesta más llegar al presupuesto”.
“Un cambio total”
Mesaud ha notado “un cambio total” en los 25 años que lleva trabajando en el laboratorio. Recuerda que, al principio, cuando la gente iba a recoger la medicación, muchos la tiraban en cuanto les daban la espalda. “No creían que en el desierto se pudieran fabricar medicamentos”, relata. “Pero ahora eso ha cambiado. La gente quiere nuestros fármacos locales porque son muy eficaces”, cuenta entre risas. “Incluso nos dicen: ‘Solo quiero la crema preparada aquí’”. El técnico de laboratorio Saleh cita el caso del antiinflamatorio diclofenaco, que producen “de muy buena calidad”. Los trabajadores explican que hay saharauis que incluso vienen a recogerlo de Mauritania, de Marruecos o de Argelia. “Hasta hay algunos que lo llevan a España”, destaca Mesaud. “Hemos conseguido la confianza de nuestros pacientes”, señala satisfecho.
En la imagen, Mulai Mesaud Jarrachi prepara colirios en la sala blanca de producción estéril del laboratorio, el 29 de abril, en el recinto hospitalario de Rabuni, en los campamentos de refugiados saharauis en Tinduf, Argelia.
Monica Torres
En otra ala del edificio está la sala blanca, inaugurada en 2015, donde se fabrican fármacos que requieren alta esterilización, como colirios para el glaucoma y cápsulas de amoxicilina. Las medidas de seguridad son estrictas para evitar contaminaciones: bata, gorro, guantes, mascarilla, zuecos y patucos son obligatorios antes de entrar.
El laboratorio no solo fabrica medicamentos. Cubre, además, otra valiosa función: ofrece formación continuada, ya sea a través de cursos online o presenciales, conferencias y también entre los propios trabajadores. “Todos los que han pasado por el laboratorio lo han hecho por mis manos”, dice con orgullo Mulai Mesaud Jarrachi. Él, que tiene nacionalidad española, no quiere irse. “Amo mi trabajo, por eso continúo aquí”.
“Los únicos que quedamos de los primeros equipos somos Mulai y yo. Los otros son de otra generación”, recuerda su director. Hay algunos jóvenes que se van a Francia, España y a otros países europeos buscando una vida mejor. “Aquí en los campamentos no hay ni trabajos, ni nada. Y hay muchísima gente con estudios que ha salido fuera”, explica Lamin. “El incentivo del personal que trabaja aquí en los campamentos es simbólico. Actualmente recibimos [en el laboratorio] unos 100 euros al mes, pagados cada tres meses”, apunta el director. “A veces, cuando llegan esos 300 euros, primero tienes que pagar todas las deudas [que has contraído]”, resume el subdirector.
No creían que en el desierto se pudieran fabricar medicamentos
Mulai Mesaud Jarrachi, responsable de logística y subdirector del laboratorio
Recientemente, han empezado a integrar los saberes tradicionales saharauis en la cartera de medicamentos, para abordar dos de los mayores problemas de salud de los campamentos: la anemia y la malnutrición. Lo han hecho a través de unas cápsulas de plantas tradicionales que aportan vitaminas y hierro. “Hemos hecho primero el estudio en tres dairas (barrios) de Smara, uno de los cinco campamentos de refugiados. En niños y mujeres, entre mayo y noviembre de 2025. El resultado general ha sido bueno”, explica Saleh. Mesaud explica que compararon a mujeres que utilizaron estas plantas con un grupo que no lo hizo, demostrando que el uso de estas cápsulas logró elevar sus niveles de hemoglobina.
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