Luchar contra el acento, una humillación que busca que seas uno más

La vergüenza lingüística es compartida, comunitaria y de la comunidad. Y su causa es el colonialismo, escribe la filósofa estadounidense Mariana Alessandri en el libro colectivo ‘Dolor capital’, del que ‘Ideas’ publica un extracto

El País, Mariana Alessandri, 19-05-2026

Mi amigo Chris nació y se crio en México, pero pasó dos años de su infancia en Estados Unidos antes de mudarse allí definitivamente tras obtener su doctorado. Chris me contó que cuando llegó por primera vez como adulto, se encontró hablando al espejo. “Quería sonar americano, así que me miraba a mí mismo hablando”. Como muchos inmigrantes, Chris quería que le entendieran, y para él eso significaba eliminar su acento mexicano. Me contó que todos los días se miraba al espejo y observaba cómo se movía su boca al pronunciar los sonidos típicos de las palabras en inglés, abriendo la boca aquí y cerrándola allá, imitando lo que veía hacer a los anglohablantes. Con el tiempo, Chris entrenó su boca para hacer los movimientos de un hablante de inglés. Funcionó. El acento mexicano de Chris apenas es perceptible, pero con el tiempo, dice, su autocontrol comenzó a parecerle una traición a sí mismo.

Cuando le pregunté a Chris por qué quería eliminar su acento con tanta insistencia, recordó algo. Tenía cuatro años cuando se mudó a Estados Unidos por primera vez. “Hasta entonces había vivido en Ciudad de México, pero las circunstancias me llevaron a la casa de mis abuelos en Nueva York. Me llevaron a una especie de guardería donde los cuidadores blancos me gritaban por no hablar un inglés perfecto, y también me castigaban verbal y moralmente, llamándome estúpido por intentar hablarles en español”. Una vez, una policía le amenazó con deportarle porque no respondió a su pregunta en inglés. “Lo relevante aquí”, dijo, “es la experiencia de ser testigo de la agresión emocional y la hostilidad que estas personas blancas en particular sentían hacia un idioma que no entendían. Me sorprendió, digamos”. Dos años más tarde, Chris regresó a México y volvió a recibir una educación en español. No fue hasta su segunda mudanza a los Estados Unidos que Chris se miró en el espejo y borró una parte de sí mismo.

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Parece que Chris está lidiando con la vergüenza lingüística. La vergüenza le hizo querer borrar su acento, pero también le hizo sentir culpable por traicionar su identidad mexicana. La asimilación cultural es una respuesta a la vergüenza, pero también puede inducir más vergüenza, y si pensamos en la vergüenza desde el punto de vista de la psicología popular contemporánea, como un problema personal que rima con el odio hacia uno mismo, entonces la industria de la autoayuda nos dará la solución.

Los libros de autoayuda quizá le dirían a Chris que no tiene por qué avergonzarse de su acento. Le dirían que su vergüenza —sentirse mal por sonar mexicano— es innecesaria y que vale la pena “esforzarse” para superarla. El género de autoayuda existe para ayudarnos a superar sentimientos negativos como la vergüenza, y a veces lo hace mediante afirmaciones positivas. “Eres tan digno como cualquier otra persona”, Chris podría decirse a sí mismo la próxima vez que se mirara al espejo. “No tienes por qué sentir vergüenza”. Para liberarse, Chris tendría que aprender a tener fe en sí mismo y en sus habilidades lingüísticas.

Podría funcionar. La autoayuda, en ocasiones, ha ayudado a algunas personas. Por ejemplo, al leer y practicar la autocompasión, Chris podría haber llegado a la conclusión de que no había necesidad de avergonzarse de su acento mexicano. Podría haber aprendido a estar orgulloso de su dominio del inglés como segunda lengua. Incluso podría haberse consolado con la autora Amy Chua, quien calificó los acentos extranjeros como “una señal de valentía”. Con el tiempo, Chris podría haberse sentido un poco menos dividido, pero sus sentimientos no habrían cambiado nada en el mundo social o político. Las afirmaciones positivas o la autoestima no cambian el estigma en torno al idioma y el acento, y Chris no es el único mexicano que sintió que tenía que matar una parte de sí mismo para encajar en los Estados Unidos. Por mucho que una persona se esfuerce por superar su vergüenza, la sociedad seguirá avergonzando lingüísticamente a los demás.

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La última vez que estuve en Ciudad de México, compré una camiseta que decía “La vergüenza es colonial” e inmediatamente identifiqué las cosas que no se dicen cuando hablamos de vergüenza. Con demasiada frecuencia, se nos insta a entender la vergüenza como algo personal y psicológico, algo dentro de nosotros que nos hace sentir mal a nivel individual. Es una historia que te cuentas a ti mismo sobre ti mismo, que no eres digno o no mereces ser amado, que fundamentalmente estás mal hecho. Brené Brown nos dice que la vergüenza dice “soy malo”, mientras que la culpa dice “hice algo malo”. No solemos pensar en la vergüenza como algo que comparte una comunidad entera. Pero la vergüenza lingüística es una vergüenza compartida, una vergüenza comunitaria, una vergüenza de la comunidad. Y está causada por el colonialismo, dice el filósofo mexicano Samuel Ramos.

Ramos pasó años analizando el carácter de los mexicanos y fue el primero de muchos pensadores en elaborar una teoría sobre lo que significa ser “mexicano”. Tras estudiar con Alfred Adler, el psicólogo austriaco y rival de Freud que acuñó el término “complejo de inferioridad”, Ramos observó que los mexicanos mostraban síntomas de complejo de inferioridad. En El perfil del hombre y la cultura en México, escrito en 1934, Ramos describió a los mexicanos como poseedores de un “afán inmoderado de predominar”, y una “exagerada preocupación por afirmar su personalidad”. Afirmaba que “se interesan vivamente por todas las cosas o situaciones que significan poder”. Creía que los mexicanos se sentían inferiores, pero no sabían por qué. En 2025, quizá ya no creemos que todas las personas de un país padecen la misma enfermedad psicológica, pero lo interesante para Ramos y para nosotros es cómo los mexicanos llegaron a tener esos sentimientos de inferioridad. Ramos nunca pensó que los mexicanos fueran en realidad inferiores, solo que se sentían inferiores.

Ramos pensaba que el sentimiento de inferioridad mexicano —que yo denomino una especie de vergüenza— provenía del hecho de que México fue colonizado por España en el siglo XVI. Este trauma histórico, pensaba Ramos, dejó su huella en el alma de todos los mexicanos en forma de un “sentimiento de inferioridad que se agravó con la conquista, el mestizaje, e incluso por la magnitud desproporcionada de la naturaleza”. Los mexicanos reales, históricos y actuales, según Ramos, no son ni han sido nunca inferiores a los europeos. Pero cualquier sentimiento de inferioridad que tengan está directamente relacionado con la colonización. “La vergüenza es colonial”, según la camiseta. Los sentimientos de deficiencia e indignidad no son apolíticos. Si un pueblo se siente inferior y ese pueblo ha sido colonizado, ambas cosas están relacionadas.

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