La calle de los horrores de Su Eminencia sigue sin solución
Ingeniero de la Cierva es un nido de venta ambulante, inmigración irregular y tráfico de drogas en el que Lipasam tiene que entrar con escolta policial
ABC, , 18-05-2026Marta es una joven que lleva tres años viviendo en la barriada de Su Eminencia, y aunque ella afirme que le va «bien» desde que se mudó aquí, el sábado le robaron en el coche por enésima vez. Esta vez fueron la radio y otros objetos de relativo valor, por más que el ladrón trató de hacerle un ‘puente’ con los cables para encender su vehículo y llevárselo. No lo consiguió. El que se cuenta no es más que uno de los tantos relatos que se tarda apenas unos minutos en recabar en esta barriada perteneciente al Distrito Cerro-Amate, cuya calle principal, Ingeniero de la Cierva, es carne de la más cruda e incansable delincuencia a plena luz del día. La venta ambulante y el tráfico de droga son dos de los vecinos más conocidos del lugar. Tanto, que todo el mundo sabe dónde vender y dónde comprar.
Son los horrores a los que el vecindario —más que harto ya—, se muestra tristemente resignado a tener que convivir con él desde hace ya no pocos años. Si bien las asociaciones y comerciantes vienen uniendo sus fuerzas con manifestaciones puntuales por todo tipo de carencias, desde la falta de seguridad hasta ‘pinchazos’ en el suministro eléctrico en pleno verano, ellos siguen viéndose incapaces por sí solos de dar por acabada la profunda crisis de inmigración irregular que se encuentra en aquella zona. «Hay muchos inmigrantes procedentes de Marruecos, y nos da igual que vengan de otros países, pero no que meen a las puertas de nuestros negocios y casas», lamenta un vecino que prefiere no prestar su nombre. Lo que venden en las calles es lo que encuentran directamente de la basura, así que lejos de tener un valor, supone un verdadero problema para quienes tratan de atravesar verticalmente la acera. Por quedar, lo único que queda allí es aparcamiento. Pasear por este acceso de coches desvencijados y palmeras, que otrora era paso obligado al ser parte de la carretera N-IV, es dar un viaje con salvoconducto directo a la desesperación. Allí ya no quedan niños y la población se ha visto reducida exponencialmente por motivos que a nadie se le escapan. La desesperanza figura en los rostros de aquellos pocos vecinos a quienes no les queda otra que resistir en este espacio, y pese a tanto ‘trapicheo’ fuera tienen que levantar las persianas de sus fruterías, peluquerías y pescaderías con una sonrisa en la cara, aunque no les salga rentable. «Yo abro ya con mi edad porque mis padres no conocieron otra cosa», sostiene Josefi, de una tienda cercana. Lo que tiene justo tras abandonar su local no es ni más ni menos que a dos inmigrantes traficando sin presencia policial y tres mantas en las que otros individuos que apestan a alcohol colocan unos enseres rotos con el mimo de quien los confía nuevos.
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