Opinión

La regularización tranquila

La Voz de Galicia, Natalia Monje, 14-05-2026

Diana —nombre ficticio, mujer de carne y hueso— acaba de entregar en una oficina de Correos de A Coruña la solicitud de regularización para ella y su hija, de apenas un año. El nombre ficticio es por miedo, aunque Diana no tenga nada que ocultar. Eso es la irregularidad: no atreverte a decir tu nombre, aun cuando ya has entregado, sellados, apostillados y legalizados, todos los papeles. Ese miedo no se quita fácil, y puede resultar extraño a quienes nunca hemos tenido que negar nuestra identidad. Para Diana, y para tantas otras madres, regularización significa vivir con libertad y sin miedo, parafraseando a Nina Simone, y nunca más tener que negar el nombre propio.

En la oficina de Correos donde Diana ha entregado sus esperanzas en forma de papel, y en toda Galicia, estamos viviendo la regularización tranquila. No hay aglomeraciones, atascos ni puertas cerradas. Sí hay muchas preguntas, expectativas y cuidado por hacer las cosas bien. Es toda una revolución para miles de vidas, y la estamos llevando con la calma de esta cultura pragmática y sabia, ecos de un carácter construido al cincel de travesías seculares, multidireccionales, por el Atlántico. Hay explicaciones para este «Galicia, sitio distinto, también en regularización». La composición de las diásporas en esta tierra es una de ellas: seguimos siendo, para nuestra desventura, una de las regiones con menor tasa de migración del estado. Además, en Galicia, las personas migrantes también viven dispersas por el territorio. Ya sabemos que aquí la orografía es argumento para todo, y en este caso funciona, en lo demográfico y en lo institucional, para entender la regularización tranquila. Nuestra geografía impone descentralización y capilaridad, tanto en la presencia de Administraciones como de organizaciones sociales. Por parte de estas últimas hay un esfuerzo enorme por estar presentes, asesorar y gestionar con fluidez y constancia. «No colas» ha sido una premisa desde el primer día.

El proceso está siendo ejemplar. Y sin embargo, cuando pase el 30 de junio, y Diana y miles de vecinas que llevan años trabajando, pagando impuestos y criando a sus hijos junto a nosotras puedan por fin vivir sin miedo, habrá un peligro que permanecerá. Sabemos que la regularización es orden, inteligencia social. Más derechos, más empleo, más ingresos fiscales, menos pobreza infantil. Pero no podemos evadir que hay quien quiere que esto no salga bien, y para ello echa mano del odio y la desinformación. De eso, Galicia no está escapando. Se necesita un pacto de Estado contra los discursos. Solo así lograremos que esta regularización tranquila traiga lo que todas queremos en nuestros barrios: la calma de un futuro compartido y sin odio.

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