España 'compra tiempo' con la inmigración, pero su crisis demográfica sigue imparable: la incorporación de 15 millones de personas apenas se traduce en un incremento de población de siete millones
Funcas critica que "el cortoplacismo que domina el debate público sobre los beneficios de la inmigración no ha permitido el análisis de las consecuencias a largo plazo"
El Mundo, , 13-05-2026En dos décadas, España se ha convertido en uno de los grandes destinos migratorios del mundo y el principal receptor de la Unión Europea en términos relativos. En 2025, el 19% de su población es de origen extranjero, superando el 14% de media europea. Sin embargo, el “volumen extraordinario” ha permitido “retrasar” los efectos de la crisis demográfica que afecta al país sin llegar a alterar la trayectoria de fondo de una sociedad que envejece a un ritmo imparable. Así lo advierte el estudio Los límites de la inmigración para el ajuste demográfico en España publicado por Funcas este martes, que concluye que la inmigración debe entenderse únicamente como un “factor de amortiguación, no como una solución permanente al reto demográfico español”.
Esta tregua demográfica se apoya en un modelo que, según el think tank, muestra ya claros signos de agotamiento. En primer lugar, España atrae inmigrantes “con extraordinaria eficacia, pero no retiene con la misma intensidad”, explica el estudio. Aunque casi 15 millones de personas han iniciado su residencia en el país desde 2002 hasta 2024, la población solo ha crecido en siete millones debido a que algo más de la mitad de los que llegan terminan marchándose. Esta baja capacidad de retención que supone una tasa de retención del 48% y se concentra en las edades más avanzadas genera una dependencia de entradas constantes y cada vez más masivas para que el volumen total de habitantes no retroceda. Entre 2009 y 2024, España retuvo a uno de cada tres inmigrantes, uno de los países que menos retuvo de la UE.
El estudio de Funcas apunta que España ha seguido una “adaptación reactiva” basada en ganar tiempo, pero advierte que seguir en esta línea exigiría atraer flujos cada vez mayores procedentes de países que también están envejeciendo y cuyos excedentes demográficos se reducen, especialmente en América Latina donde ya se ve una reducción en la fecundidad. Por esto, critica que “el cortoplacismo que domina el debate público sobre los beneficios de la inmigración no ha permitido el análisis de las consecuencias a largo plazo”. Esto ha favorecido la ausencia de una estrategia demográfica explícita, “de forma que los flujos migratorios han ocupado el espacio que debería haber ocupado, entre otros, la política familiar”, aseguran los autores.
Otro factor a considerar es que la inmigración no está corrigiendo la caída de la fecundidad en España como se suele creer. Los datos indican que, en 2024, había en España un tercio más de mujeres inmigrantes en edad fértil que en 2009. Sin embargo, sus nacimientos han caído un 10% en ese mismo periodo y su fecundidad se ha reducido un 32% en esos 15 años. Los autores del documento explican que “el contexto español neutraliza el potencial reproductivo de quienes llegan con una eficacia que los datos no permiten ignorar”. Por esto, a pesar de que el 40% de los niños de cero a cuatro años tiene algún vínculo con la inmigración, el 81% del descenso de los nacimientos se debe al comportamiento reproductivo de las mujeres que no tienen más hijos que los hogares españoles y no a la falta de madres.
De igual forma, este fenómeno al que los autores, Héctor Cebolla Boado y María Miyar Busto, llaman “españolización” del comportamiento reproductivo se hace visible en los hombres socializados en España, que presentan niveles de paternidad comparables a los nativos y frenan las esperanzas de relevo generacional externo. Cebolla explica que la fecundidad se ajusta a la baja por dos factores: la disrupción que supone el hecho de migrar, que ya se traduce por sí mismo en una dificultad para formar hogares; y que los inmigrantes se incorporan al régimen de fecundidad (a la baja) español, es decir, en el mismo mercado laboral, de la vivienda, y supone el mismo coste en tiempo y recursos que para los españoles.
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A este escenario se suma que el efecto rejuvenecedor de estos flujos está perdiendo fuerza porque la propia población inmigrante está envejeciendo de forma acelerada. El colectivo que llegó a principios de siglo ya está cumpliendo años, lo que provoca que “la propia población inmigrante envejece” al mismo ritmo que la nativa. Además, el perfil de las nuevas llegadas es cada vez mayor. De hecho, en 2024 una de cada cinco personas que entró en el país superaba los 54 años. Entre 2021 y 2025, el grupo de inmigrantes mayores creció un 42% unas 615.000 personas más, una cifra equivalente a toda la población de Málaga instalándose en esa franja de edad en solo cuatro años. Esta dinámica anticipa una “presión adicional sobre los sistemas de salud y dependencia” que cuestiona la viabilidad de delegar el futuro del sistema de bienestar únicamente en la llegada de extranjeros.
Por otro lado, el informe destaca que la inmigración no llega a las zonas donde el envejecimiento es más severo las zonas con riesgo de despoblación o la llamada España vacía porque los flujos se dirigen prioritariamente hacia regiones con mayor dinamismo económico (focos de empleo y turismo, como Madrid o Barcelona). Como resultado de esta lógica de mercado, “la inmigración refuerza los territorios que ya crecen y deja sin corrección los que más la necesitan”, lo que agrava la fractura demográfica entre el litoral y el interior, y deja una presencia de extranjeros apenas marginal en provincias como Zamora, León o Lugo.
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