El buque fantasma
La dramática aventura del ‘MV Hondius’ ha convertido una comunidad de gente adinerada en una amenaza migratoria: el crucero se ha llenado de pronto —digamos— de subsaharianos clandestinos, de esos que no queremos que lleguen a nuestros puertos
El País, , 11-05-2026La dramática aventura del crucero MV Hondius tiene una vertiente sanitaria respecto de la cual los ciudadanos apenas podemos hacer otra cosa que informarnos y confiar en nuestras instituciones. Pero tiene otra antropológica y política que vale la pena analizar. Todo lo que en los últimos días hemos aprendido sobre esta nueva amenaza —la existencia de los hantavirus, el carácter excepcional de la variante Andes, su baja morbilidad y su alta mortalidad— ha activado en nosotros la memoria reciente de la pandemia del coronavirus y reeditado temores muy radicales de los que aún no nos hemos curado, pues están demasiado cerca y forman parte además, me atrevería a decir, de la condición humana.
El primer temor tiene que ver, en efecto, con la idea de la zoonosis; es decir, con la transmisión a los humanos de enfermedades propias de los animales. La larga convivencia neolítica con especies domésticas (porque nos servimos de ellas o porque nos parasitan) lleva siglos erosionando una frontera que para los humanos es fundamental conservar y que, bajo la presión del capitalismo y de la globalización, se ha vuelto más frágil que nunca. ¿Por qué nos asusta ese salto —del murciélago, de la gallina, del ratón— al cuerpo humano? Porque revela una continuidad interespecista que cuestiona nuestra exterioridad dominante: formamos parte inconsútil de la naturaleza, como puntita periférica de un gran arbusto bacteriano. No creo que un ser humano sea más especista que una ardilla o un escarabajo; más bien, al contrario, hay que recordar que somos los únicos animales que podemos ser también antiespecistas; que podemos considerarnos cúspide de la creación o de la evolución, sí, pero también reconocernos como una especie más, y no la menos dañina, en el seno de un gran telar biológico.
Ahora bien, forma parte inalienable de nuestra especie, y de nuestro particular especismo, la voluntad taxonómica. Quiero decir que nos distinguimos de los otros animales porque solo los humanos hacemos clasificaciones: reino, filo, clase, orden, familia, género, etc., según el conocido esquema de Linneo. Las hacemos para comprender el mundo circundante; pero las hacemos también para defendernos de él. Conocer, sí, es nuestra forma de defendernos del entorno; y el conocimiento, por tanto, está siempre lastrado por nuestros miedos y nuestros deseos, socialmente determinados. Una clasificación es un procedimiento mediante el cual ponemos fronteras —nombres— a las criaturas y que nos permite, al mismo tiempo, afirmar nuestra diferencia frente a un abanico de diferencias bien definidas. Pues bien, la idea de zoonosis nos desasosiega porque viene a destruir o disolver nuestras clasificaciones: el salto de la enfermedad entre especies amenaza la condición humana no tanto porque pueda matar nuestros cuerpos individuales sino porque revela de pronto inútiles todos nuestros esfuerzos por nombrar y mantener separadas las diferencias. La continuidad entre virus, ratones y seres humanos nos aterra, pero no porque demuestre el fracaso de nuestra ciencia y nuestra medicina sino porque debilita la singularidad de nuestra especie: la voluntad de establecer y defender límites mentales.
El otro temor es aún más poderoso. Es la idea del “intruso”. Ratones y ratas, lo sabemos, siempre han viajado como polizones en los largos viajes marítimos. Es verdad que en un crucero de lujo, perfectamente desinfectado, no hay intrusos animales. Pero uno de los pasajeros del MV Hondius, después fallecido, llevaba en su cuerpo un ratón metonímico (el virus de un roedor contraído quizás en Ushuaia), de manera que con él introdujo en el barco el monstruo que ahora puebla desde allí todas nuestras pesadillas. ¿A qué nos recuerda esto? A lo que sucedió en el Nostromo, la nave espacial de la mítica película de Ridley Scott Alien (1979), cuyo subtítulo acertadísimo nos produce una y otra vez un escalofrío: “el octavo pasajero”, ese que no debía estar ahí, la criatura de más que, por eso mismo, amenaza la supervivencia de los otros siete. Ese octavo pasajero es la otra fuente de terror del MV Hondius: el otro que, de pronto, está entre nosotros. En el caso del hantavirus y en razón de esa continuidad entre las especies que mencionábamos, ese otro no es extraterrestre sino intraterrestre.
Es este “intruso intraterrestre” el que ha volteado de manera siniestra un crucero de placer y lo ha hecho por tres vías simultáneas. En primer lugar ha convertido el océano infinito (el lugar terrestre más parecido al universo) en un recinto cerrado, claustrofóbico, del tamaño de un dedal: el barco entero es ahora él mismo un roedor, un diminuto cuerpo intruso que pretende entrar en nuestro territorio. En segundo lugar, ha convertido un espacio multinacional (en el que hay representantes de 23 nacionalidades) en una otredad homogénea y amenazadora: el virus los ha igualado a todos, incluidos los 14 españoles, al menos a los ojos de Fernando Clavijo, el presidente del Gobierno de Canarias. Por último, ha convertido una comunidad de gente adinerada (las tarifas del viaje oscilan entre los 8.000 y los 25.000 euros) en una amenaza migratoria: el MV Hondius se ha llenado de pronto ―digamos― de subsaharianos clandestinos, de esos que no queremos que lleguen a nuestros puertos.
Esto último, creo, es muy importante. En 1966, la antropóloga británica Mary Douglas escribió un libro aún fundamental, Pureza y peligro, en el que se ocupaba precisamente de la voluntad clasificatoria de las sociedades humanas: las liturgias, las reglas alimenticias, los tabús dejan siempre fuera ciertos objetos que, por eso mismo, se consideran sucios o impuros y que, por eso mismo, se experimentan como peligrosos. La idea de Douglas es que hay un reflejo especular entre el cuerpo y la sociedad, y que la prácticas corporales que protegen los límites de nuestro cuerpo —las higiénicas o profilácticas, por ejemplo— intentan proteger también los límites sociales. El intruso, según el cliché racista más común, es al mismo tiempo, y de manera indiscernible, sucio y amenazador. Fuera de nuestras clasificaciones, pasa a representar una amenaza biológica.
Quiero decir que los humanos solemos tender a biologizar el peligro o lo que percibimos como tal. Y que este es el verdadero peligro social. Por eso es bueno contar con instituciones sanitarias que nos recuerdan que un enfermo merece cuidados y compasión; y por eso es bueno contar con instituciones democráticas que nos recuerdan que los migrantes forman parte de nuestra especie y, por lo tanto, tienen los mismos derechos que cualquier otro ciudadano, cualquiera que sea su origen o su color. Esas instituciones, no lo olvidemos, son antiguas decisiones nuestras que deben primar luego sobre nuestros temores o deseos coyunturales. Lo inquietante del insolidario e interesado discurso de Clavijo en Canarias contra la acogida del MV Hondius es que reproduce con fidelidad casi religiosa los argumentos de la derecha española y europea contra los inmigrantes. Al explotar políticamente el temor “ancestral” de los ciudadanos, aupado en medias verdades y alarmas populistas, Clavijo está tratando a los enfermos como intrusos intraterrestres, como aliens, como inmigrantes. ¿No debería servirnos esta crisis —y ese discurso— para revisar desde ahí la monstruosidad de las políticas migratorias europeas? Primero los españoles, primero los sanos, primero los arios. Así empezó todo hace 90 años. Quizás nos cueste trabajo imaginarnos a nosotros mismos “negros” o “pobres” o “trans”, pero seguro que nos resulta más fácil imaginarnos enfermos, al menos después de la pandemia de 2020. Tengo la esperanza de que los supervivientes de esta aventura aciaga se pongan luego en la piel de un africano que, a merced de las olas en una frágil patera, son rechazados en todos los puertos de Europa.
El ser humano es el único animal que hace clasificaciones; y el único que se rebela contra ellas. No hay intrusos, ni extraterrestres ni intraterrestres, en la nave común.
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