Richard Seymour: «Las crisis en serie nos acostumbran al aislamiento»

«Si el sistema te funcionaba antes, piensas que podría volver a hacerlo. Pero solo lo quieres para ti, no para migrantes o feministas», asegura el escritor

Diario Vasco, Ander Balanzategi, 10-05-2026

Richard Seymour (Ballymena, Irlanda del Norte, 1977) publicó ‘Nacionalismo del desastre: El colapso de la civilización liberal’ poco antes de que Donald Trump iniciase su segundo mandato. Un libro traducido ahora al castellano por la editorial Verso y en el que su autor expone algunas de las consecuencias que la coyuntura internacional ha tenido sobre las clases medias: «Las crisis en serie nos acostumbran al aislamiento».

–En su libro explica que el «nacionalismo del desastre» demuestra que millones de personas están dispuestas a sacrificar sus ingresos, servicios sociales o salud solo para destruir a un enemigo. ¿Se ha convertido el odio en un arma electoral más poderosa que la promesa del bienestar?

–No hay nada intrínsecamente malo en el odio. Es una emoción y motiva la acción ética. Alguien que no odiara el fascismo, por ejemplo, difícilmente haría algo para detenerlo. El problema es que no siempre sabemos a quién o qué odiar. Las fuentes de nuestros problemas suelen ser grandes, oscuras y sistémicas. No puedes dispararlas ni deportarlas. Por ejemplo, en el Reino Unido se estimó que los recortes de austeridad provocaron 300.000 muertes evitables. La mayoría de las personas que lloraban a esos muertos no fueron conscientes de la causa política. La mayoría de la gente responde de forma pasiva. ¿Por qué? Porque la frialdad del mundo es desconcertante.

–¿Ese odio se está canalizando contra la población migrante?

–Una minoría acepta el relato de que «los inmigrantes nos han hecho esto». Aceptar esa historia es emocionante porque te da la sensación de entender la situación y saber qué hay que hacer. Votarás por candidatos que quieran hacer sufrir a los migrantes. Al final, ese odio y la acción colectiva que conlleva se convierten en parte del bienestar del votante.

–El libro sostiene que el motor de este movimiento no es la pobreza extrema, sino una trayectoria de declive económico y material. ¿Nos dirigimos hacia la desaparición de las clases medias en Europa?

–No, no vamos hacia su desaparición, aunque se sientan inseguras. El punto es que cualquiera puede experimentar un declive relativo. Fijémonos en los ‘insurrectos’ de Washington en el asalto al Capitolio. Muchos eran dueños de empresas medianas que sufrieron la crisis de 2008. Al buscar culpables escucharon que fue por el «endeudamiento temerario de los negros y pobres» o por el movimiento Black Lives Matter. Los ricos en declive dijeron: «El país se ha vuelto loco, protestan por los derechos de criminales que quieren robarnos». Si el sistema te funcionaba antes, te permite pensar que podría volver a hacerlo. Pero quieres que solo para ti, no para migrantes o feministas.

–Dice que el neoliberalismo ha promovido la «competición universal», destruyendo los lazos de solidaridad. En esta era digital e individualista, ¿es posible recuperar los valores comunitarios?

–Sí, pero la masa social ha sido golpeada y cada cual queda a su suerte. Las crisis en serie nos acostumbran al aislamiento. Podemos empezar ayudando a la gente a organizarse por las cosas que les importan. Con el tiempo es posible construir confianza mutua y argumentar a favor de la solidaridad de otros en problemas. Discrepo con quienes piensan que la comunidad solo puede ser local, provincial y excluyente.

–¿La oposición a los derechos LGTBI y al feminismo se ha visto agravada por el medio de las clases medias – altas a perder su distinción social?

–Sí, y es una guerra que se libra desde principios de la década de 2010. La extrema derecha quiere que hombres y mujeres mantengan posiciones conservadoras y vincula la fantasía de una guerra del ‘marxismo cultural’ contra el varón occidental. Ganan no convenciendo a la mayoría, sino sembrando confusión entre los liberales y la izquierda, explotando sus inconsistencias.

–¿El discurso ‘woke’ ha sido la gasolina que necesitaba el movimiento ultra?

–No se puede culpar a lo ‘woke’ del éxito de la extrema derecha. En EE UU los demócratas confrontaron a los republicanos en materia de inmigración y fronteras en 2024, y aun así perdieron. El error fue dar por sentado el voto de las minorías étnicas por su identidad, sin atender sus demandas materiales. Los políticos deberían dejar de asumir que todos los votantes no blancos piensan igual.

–Advierte sobre el «linchamiento digital» y los «ejércitos de troles». ¿Abandonar las plataformas como X es la solución?

–El problema no son las plataformas en sí. Cada gobierno tiene hoy una estrategia de ciberguerra. La cuestión es cómo la extrema derecha aprovecha el deseo de venganza para organizar el acoso. Es fascismo incipiente y debe abordarse políticamente, no solo tecnológicamente. Las redes sociales favorecen a las estructuras jerárquicas y bien financiadas, justo lo que tiene el movimiento conservador. No creo que haya que abandonar el terreno, pero sí interactuar con ellas de forma más realista y escéptica.

–Afirma que este «nacionalismo del desastre» crece gracias al odio sobre los discursos de la crisis climática. ¿Cómo es posible fortalecer la democracia?

–La crisis climática está radicalizando a la gente hacia la derecha de forma contraintuitiva. En lugar de pedir medidas, muchos caen en la negación y buscan chivos expiatorios. La extrema derecha sostiene que, por muy mal que se pongan las cosas, los costes deben ser externalizados: ellos se protegerán y el Sur Global pagará el precio. Es una ilusión, porque todos pagaremos. Al final, tendremos que elegir entre el capitalismo y la democracia.

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