La humanidad se sienta a la mesa
Personas migrantes y locales rompen estigmas en Irun gracias a la iniciativa de SOS racismo
Diario Vasco, , 10-05-2026Cada persona tiene una historia, con un principio y un final. El camino entre esos dos puntos puede ser más o menos sinuoso y todo dependerá de las decisiones y las oportunidades que le surjan a cada uno. Para Sami B., Walid H., Redhuan K., Hicham B. y Chaoui M. ese proceso ha sido más vertiginoso que para la mayoría de personas. Pero todo ese camino quedó atrás ayer en la sociedad gastronómica Kaligorri en Irun, donde un grupo de guipuzcoanos se sentó a la mesa con estos cinco inmigrantes para romper estigmas en el marco de la iniciativa de SOS Racismo ‘Bizilagunak’.
La primera vida de estos cinco chicos comenzó al otro lado del Mediterráneo. «Hace 21 meses tomé la decisión de abandonar Argelia y me subí a una patera en Túnez. Después de 23 horas en el mar llegamos a Cerdeña», rememora con dolor Walid, de 33 años, en perfecto castellano. Pero no cruzó el mar solo, sino que le acompañaban Sami y Chaoui, argelinos como él y que también disfrutaron de la comida. «Él era el patrón de la patera, quien se encargaba de manejarla. Tuvimos que soportar muchos problemas, porque desde Italia fuimos a Alemania, Fracia y, finalmente, al País Vasco», asiente Chaoui, de 24 años, que con una sonrisa reconoce ser «el más joven de todos».
Junto a estos chicos también estaban Hicham y Redhuan, originarios de Marruecos. Hicham compartió el mismo medio de transporte que llevó a los tres anteriores hasta Europa. «Subí a una patera en Tata (sur del país) y de ahí me fui a Canarias. ¡Tardé tres días!», rememora con dolor este hombre de 39 años, que aún se acuerda de cómo su familia le conminó a marcharse «porque en mi país no hay presente ni futuro».
El caso de Redhuan es diferente porque sus allegados no conocían su determinación de abandonar África. «Si les decía que iba a coger un vuelo para llegar a Turquía y que después iba a llegar a España utilizando diferentes medios, no me iban a dejar. Y lo entiendo, porque es una locura que no recomiendo a nadie: hay mafias, puedes morir… Pero esa fue mi responsabilidad: soy joven y quería tener la oportunidad de cumplir mis sueños», explica educadamente este joven, que tiene la mirada perdida mirando hacia el fondo del local.
Todos ellos se embarcaron en esas travesías con un mismo objetivo. «Hemos venido para ser felices y buscar una vida normal, como cualquier persona», explica Hicham, coincidiendo con sus cuatro compañeros, que en ese momento se encuentran cocinando klidildli – un arroz típico en el norte de África – . «Es como la paella, pero mucho mejor», bromea Sami.
En Gipuzkoa, todos ellos han logrado encontrar una segunda vida. «Esto es lo que siempre soñé. Es increíble poder estar aquí y compartir la gastronomía de mi país con gente que no conocía,como iguales. Porque, cuando la gente se sienta a la mesa y comparte un plato de comida, los problemas que ha tenido cada uno dejan de existir por un momento», comenta Redhuan, que recientemente ha conseguido regularizar su situación y que está realizando prácticas en una empresa de transporte.
Los cinco reconocen que en Gipuzkoa han encontrado una segunda oportunidad, y agradecen a los guipuzcoanos por la hospitalidad. Pero, pese a todo ello, la mayoría de ellos aún enfrentan algunos obstáculos. Redhuan, por ejemplo, comenzó viviendo en la calle, aunque ahora vive en un piso en Ordizia. Esta alternativa es la que lleva esperando Chaoui «durante varios meses», que cuenta con estudios de informática y de carrocería. En estos momentos, este joven vive en situación vulnerable. «Aquí hay más oportunidades, pero aún estoy esperando a que desde Diputación me den un piso. En el edificio en el que estoy la vida no es buena: no tenemos luz ni agua, hay mucha suciedad y el ambiente es complicado».
La resignación con la que reconoce su situación actual se convierte en pena al recordar a su familia, con la que puede hablar «una vez cada mes y medio». «Ellos no saben las condiciones en las que vivo aquí. Me dicen que tengo que tener fuerza y mucha paciencia, pero a veces es difícil. Si no fuera por ellos y por la buena gente de SOS Racismo, yo ya me habría ido hace tiempo».
Con estos cinco hombres se han sentado a la mesa personas de Gipuzkoa que, aunque no se conocían de nada, todos buscan «romper estigmas y luchar contra el racismo». «Yo me enteré por una amiga mía, que me mandó el cartel de la iniciativa y decidí que esta era la mejor forma de hacer que se sientan integrados y queridos», opina la irundarra Gorane Pérez Legarre, que reconoce haber venido «sin tener ni idea de quiénes eran, ni de qué íbamos a hacer».
Y es que esta es la primera vez que Bizilagunak se celebra en un espacio abierto. «Hasta ahora siempre habíamos organizado las comidas en casas. Pero a partir de este año queríamos que vinieran más personas y, aunque el plan original era hacerlo en un parque, hemos tenido que hacerlo en una sociedad», explica Marling Castillo, técnica de SOS Racismo Gipuzkoa y una de las organizadoras de la actividad.
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