Matrimonios a distancia y mujeres ‘tuteladas’ por los suegros: el pueblo de Senegal al que la migración arrebató a los esposos
En Léona, en el norte del país africano, muchas mujeres viven sin sus maridos, que se han ido al extranjero. Detrás de la imagen de la migración como un camino hacia el éxito, algunas esposas viven en condiciones precarias, dependientes de remesas que no son constantes
El País, , 08-05-2026Khoudia Diop tiene 26 años y lleva en un matrimonio a distancia desde los 17. Ella vive en Léona, un pueblo en el noroeste de Senegal; él, en Catania, en Italia, donde ahora vende productos en los mercados. Sus padres se encargaron de los preparativos antes de que partiera a Europa en 2008. Él solo regresó una vez, en 2023. “Nos las arreglamos, pero no es fácil”, admite Diop, que ha sacado un momento, en medio de sus múltiples tareas domésticas en casa de sus suegros, para hablar con este diario. Su caso no es la excepción, sino, más bien, la norma en el pueblo y, en general, en la región de Louga, profundamente marcada por la migración. La Oficina de Acogida, Orientación y Seguimiento de Senegal (BAOS, por sus siglas en francés) calcula que casi el 56% de los hogares de Louga tienen al menos un miembro de la familia viviendo en el extranjero. En 2024, alrededor de 740.000 senegaleses se habían marchado del país.
En el Ayuntamiento de Léona, Adama Sow, secretario del alcalde, observa este fenómeno a diario. “Es muy común aquí”, afirma. Los hombres se marchan, a menudo a una edad temprana, hacia Europa. Las mujeres se quedan atrás. A medida que aumentan las salidas, los matrimonios a distancia se están volviendo cada vez más habituales. “El fenómeno va en aumento”, señala y asegura que las ausencias pueden durar diez años o más. Es un lapso que pesa mucho sobre las parejas y debilita la dinámica familiar. En algunos casos, dice el funcionario, esta separación prolongada conduce a malentendidos y, a veces, al divorcio. De forma más discreta, también menciona las relaciones extramatrimoniales que pueden complicar aún más situaciones ya tensas.
Diop vive bajo constante presión. “Toda mujer debería vivir con su marido, pero yo estoy sola y no veo a nadie”, suspira. Sueña con tener un hijo y compañía. Él también le prometió una casa. “Quiero cambiarlo todo”, susurra.
Por ahora, su vida gira en torno a las tareas domésticas en casa de los suegros: cocina, barre y limpia. Cuando sale, alguien llama a su marido para informarle de sus movimientos. “Temen que busque a otros hombres”, dice. El ambiente es opresivo, casi “carcelario”. Ha intentado hablar con su marido; él la apoya, pero aquí son el padre y los hermanos quienes deciden. “Nunca me escuchan”, lamenta la mujer.
Khoudia, de 26 años, mantiene un matrimonio a distancia con su marido, que migró en 2008.
Marie Ruwet
No se arrepiente de haberse casado. Conoció a su marido en el pueblo cuando era niña. Cuando él anunció su intención de casarse, sus padres se encargaron de los preparativos y ella pasó a formar parte del hogar del que sería su esposo.
Aunque al principio rechazaba la idea de una relación a distancia, la aceptó con la esperanza de una vida distinta. Su marido le prometió llevarla a Europa. Ella ya tiene el pasaporte y aguarda. “Dice que tiene que arreglar unos papeles”, explica. Mientras ese día llega, se aferra a su pequeño negocio de ropa, a las llamadas telefónicas y al dinero que él le envía cada mes: 50.000 francos CFA (unos 75 euros).
La migración senegalesa ha dado lugar a una auténtica economía trasnacional. Solo en 2024, se calcula que la diáspora envió más de 2.200 millones de francos CFA (unos 3,3 millones de euros), más del 10% del PIB del país. Quienes se van encarnan la promesa de éxito y movilidad social.
Pero no todos tienen éxito. “Hay mujeres que están muy agotadas porque reciben muy poco dinero”, dice el secretario del alcalde de Léona. Detrás de la imagen de la migración como un camino garantizado hacia el éxito, algunas esposas viven en condiciones precarias, dependientes de remesas que no son constantes. Otras, por el contrario, se benefician de situaciones más estables: sus maridos trabajan, envían dinero y financian proyectos, a veces incluso proporcionando equipamiento para la comunidad, como suministros médicos. “Si los jóvenes pudieran quedarse y trabajar aquí, sería mejor”, concluye Sow. Pero ante la falta de oportunidades, muchos siguen marchándose, a veces arriesgando sus vidas.
Los matrimonios a distancia se han convertido en “una realidad habitual” en la región de Louga, constata la investigadora Marème Niang-Ndiaye, en gran parte por las restricciones migratorias. Las mujeres suelen quedarse solas a cargo de las responsabilidades cotidianas diarias, como las tareas domésticas, el cuidado de los hijos y el trabajo agrícola. Pero su autonomía es limitada: el poder sigue en manos de los maridos ausentes y de sus familias. Esta situación las expone con mayor frecuencia al control de la familia política y a una dependencia económica prolongada.
Algunas mujeres se adaptan a esta realidad. “Ojalá él estuviera aquí más a menudo, pero es la voluntad de Dios”, dice Salimata Boye, cuyo marido se marchó a España en cayuco. Trabaja en el campo con su cuñada, Yama Soul, cuyo marido también vive en las afueras de Madrid. Gracias al dinero que ellos envían, la familia vive ahora en una gran casa construida en el pueblo. Pasan los días trabajando codo con codo en el campo, compartiendo la labor bajo el sol.
Ahorro comunitario
Casarse con un hombre en el extranjero se consideró durante mucho tiempo una oportunidad: asegurar el futuro, mantener a la familia y ganar estatus social. Pero estas uniones suelen ir acompañadas de una estricta supervisión por parte de los suegros, que controlan el dinero, dejando a las esposas poco margen de maniobra. Las llamadas telefónicas, pero la ausencia, salpicada de regresos escasos e impredecibles, sigue marcando la vida cotidiana.
Para sobrellevar la soledad y la estricta supervisión de los suegros, algunas mujeres se reúnen para intercambiar consejos. En un rincón de una casa de Léona, a puerta cerrada, las mayores comparten sus experiencias con las más jóvenes.
Aida Diaw, de 53 años, cuenta que se casó en 1989 con un hombre que ya estaba en Francia y pasó ocho años sin noticias ni apoyo económico. Se enfrentó a la difícil convivencia con sus suegros, los celos, la presión psicológica, la falta de poder de decisión. “Mi marido no quería que trabajara, que ganara mi propio dinero”, recuerda. Más tarde, él tomó una segunda y luego una tercera esposa, y finalmente Aida se distanció.
Mariama y Aida charlan en una casa de Léona.
Marie Ruwet
Mariama Achemya Aïdara se enfrentó a dificultades similares. Casada desde 1990 con un hombre en Francia, pasó años bajo la supervisión constante de los suegros. Las transferencias eran escasas y estaban estrictamente controladas, y los chismes marcaban la vida cotidiana. Sin embargo, encontró formas de hacerse valer. Hoy regenta un pequeño restaurante en el centro de Léona y ha construido una vida en torno a sus hijos y su negocio. También participa en las tontinas locales, un sistema de ahorro comunitario en el que las mujeres se apoyan mutuamente, prestándose pequeñas sumas para cubrir gastos cotidianos o invertir.
Ese proceso de fortalecimiento pasa también por la radio comunitaria, dirigida por Matel Ba. Cada sábado por la mañana, Aïdara participa o escucha un programa sobre los derechos de las mujeres, donde las oyentes comparten su día a día, sus dificultades y sus logros. “Algunas no pueden hablar en casa, pero en la radio pueden expresar lo que llevan dentro. Eso les da fuerzas”, explica. En el pueblo, la emisora se ha convertido en un espacio de apoyo y resistencia, donde muchas mujeres encuentran compañía y razones para seguir adelante.
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