Entrevista a la filósofa Donatella di Cesare

"La nueva derecha promete seguridad y por eso la clase trabajadora ya no vota a la izquierda"

Hablamos con la filósofa italiana, que ha pasado por Barcelona para hablar del ensayo 'Tecnofascismo'

Público, Ona Falcó, 08-05-2026

Donatella di Cesare (Roma, 1956) es filósofa y académica italiana. Acaba de publicar Tecnofascismo (Arcàdia en catalán y Paidós en castellano), un ensayo en el que analiza cómo, en las democracias modernas, el poder ha pasado de la política y la participación ciudadana a los técnicos, y cómo la construcción de enemigos y el miedo se han convertido en herramientas de control social. Públic se encuentra con ella en el hotel Hesperia Presidente de Barcelona para hablar sobre el libro y reflexionar sobre el futuro de nuestras sociedades.

Usted habla de un nuevo orden totalitario que se construye alrededor de la tecnología y la “sangre”. ¿Cómo se relacionan estos dos conceptos con la política?

Hay dos tendencias. Por un lado, la tendencia a la tecnocracia. La élite tecnocrática global surge de una nueva alianza muy fuerte entre los grandes actores de la tecnología y del capital financiero. Esto produce una erosión de la democracia y el Gobierno de Trump es su encarnación.

​Por otra parte, la tendencia a la “sangre”, en el sentido del etnos, del vínculo étnico. Esta es la manera de la élite tecnocrática de gobernar a los pueblos localmente. Lo vemos en muchos países europeos, como por ejemplo en Alemania, Italia o Hungría. La nueva derecha triunfa con la política de la remigración. Alternativa por Alemania o Hermanos de Italia no son la derecha tradicional, son la derecha de la deriva étnica.

La alianza entre los grandes actores de la tecnología y del capital financiero erosiona la democracia

¿Qué diferencia la etnocracia y el nacionalismo extremo?

Nacionalismo es una palabra antigua. ¿Qué quiere decir? Constituir y defender una nación. Lo que vemos hoy es algo diferente y más preocupante. No se trata sólo de ser una nación; como dice Giorgia Meloni, son casi una hiperfamilia. El mensaje para los extranjeros es que Italia es una comunidad cerrada. En cambio, el mensaje para los de dentro, que tienen la ciudadanía, es que serán protegidos de la amenaza externa. Usan el concepto de seguridad: ahí radica el éxito de la nueva derecha.

Usted afirma que “de la angustia de ser destruido a destruir al otro hay un paso muy pequeño”. ¿Cómo se construye ese miedo?

Es una producción continua de enemigos. Lo vemos claramente con Trump. El miedo siempre ha sido una emoción política. Maquiavelo ya decía que el miedo era la manera de gobernar al pueblo. El otro siempre es el problema y nosotros somos vulnerables.

Dedica un capítulo al odio antimusulmán. ¿Por qué cree que, actualmente, el islam es visto como el principal enemigo de Occidente?

El problema es que ya no existe racismo tradicional. Ahora ya no se cree en las razas, pero sí hay diferencias culturales o religiosas. Se considera que el islam está fuera de nuestra civilización, de la democracia. Va más allá de la discriminación, dicen que no se puede cohabitar con el otro porque es demasiado diferente. Entendiendo habitar en el sentido de tener una propiedad. Yo tengo una habitación, este lugar es mío, yo pertenezco aquí y te puedo excluir. Este es el perno de la nueva derecha. Habitar no debería entenderse como ser propietario; habitar es sinónimo de ser y existir con el otro.

​La comunidad es contraria a la inmunidad. En el libro hablo de las democracias inmunitarias [concepto filosófico que describe las sociedades modernas obsesionadas con la seguridad y la autoprotección]. No sólo destruye al otro, sino que también es autodestructiva. Lo vemos en Europa, pero también en Estados Unidos.

La islamfobia va más allá de la discriminación; dicen que no se puede cohabitar con el islam porque está fuera de nuestra civilización

¿Por qué dice que el “racismo tradicional” ya no existe? Todavía se discrimina por la apariencia o el color de piel, antes de conocer la cultura o religión.

Existe el racismo y la discriminación. Lo decía en otro sentido: los racistas niegan serlo porque, según dicen, “las razas ya no existen”.

¿Por qué ha dejado de dar vergüenza ser abiertamente xenófobo o islamófobo?

Se ha normalizado la palabra reemigración; en muchos países se utiliza en el espacio público. Recuerdo que hace unos años era un tabú, pero ahora no lo es. Se ha normalizado porque el discurso de la nueva derecha ha aprovechado el malestar que una parte de la sociedad tiene con la inmigración y ha tenido éxito. Ha prometido seguridad, protección y defensa por eso la clase trabajadora ya no vota más a la izquierda. El odio nace del resentimiento.

El término fascismo se utiliza mucho en el debate público actual. Rápidamente una persona acusa al otro de fascista. ¿Esto lo vacía de significado?

Actualmente, fascista es un insulto, también para ellos. Sin embargo, el título de mi libro no es polémico; es filosófico. El fascismo a menudo se ha entendido como un capítulo de la historia que acabó en 1945 ―con el final del fascismo italiano y el nazismo en Alemania―, pero los filósofos como Michel Foucault siempre han hablado de ello. Es como una categoría política. Puede que no se repita de la misma manera, pero puede volver a pasar.

Catalunya tiene una particularidad que no tiene Alemania, Italia o España: es una nación sin estado con una lengua históricamente oprimida y minorizada. ¿Cómo se gestiona la tensión entre preservar la identidad, lengua y cultura propias y no caer en dinámicas excluyentes? En los últimos años ha crecido mucho la extrema derecha catalana.

He seguido mucho la cuestión catalana y escribí mucho sobre el tema en aquellos años. España no es un estado-nación. A diferencia de Francia, hay un estado y muchos pueblos diferentes. El problema es que la Unión Europea no ha funcionado. Tenía que ser una nueva forma política más allá de los estados-nación. Tenía que ser supranacional para unir a los pueblos. Los catalanes, los vascos, los ucranianos… pasa lo mismo. Para mí fue terrible cuando se planteó que, si los catalanes se hacían independientes, perderían la nacionalidad española y quedarían fuera de la UE.

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Debería haber una ciudadanía europea independiente de los estados, aunque ahora mismo la UE está fragmentada y está preocupada por rearmarse. Se ha perdido a sí misma y no ha hecho lo que debería haber hecho, que es ser una organización política supranacional que garantizara los derechos de todos los pueblos. En su momento, antes de la UE, Hannah Arendt ya habló de la cohabitación de los pueblos. El problema es el estado-nación, que quiere definir una comunidad étnica.

La UE no ha funcionado: tenía que ser una organización política supranacional que garantizara los derechos de todos los pueblos

Con la política sometida a la economía, ¿qué papel acaban teniendo los gobiernos? ¿Cómo afecta esto a la salud de la democracia y al estado del bienestar de la ciudadanía?

Vivimos en una época en que la política está completamente subordinada a la economía, pero esto no es nuevo. Lo nuevo es la alianza entre economía y técnica, tecnología. Hay una gran despolitización, un demos sin cratos, un pueblo sin poder, sin capacidad de decidir. Es una tendencia muy peligrosa que se ha desarrollado en los últimos años. Ya no se piensa en el welfare, en los derechos sociales, sino en el warfare, la economía de guerra y la inversión en el rearme.

Hay una gran despolitización, un pueblo sin poder, sin capacidad de decidir

¿Hacia dónde vamos?

Hacia una forma de tecnofascismo muy fuerte donde la guerra es entendida como una posibilidad de industrialización. Es una pregunta difícil porque no sabemos hacia dónde vamos. Vivimos una época muy acelerada y cada día hay novedades. La única solución que tenemos es la política y participación activa de la ciudadanía a través de las movilizaciones pacifistas. Los pueblos no quieren la guerra.

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