Igshaan Adam: «Sudáfrica sigue siendo parecida a como era hace 30 años»

A los grandes, coloridos y abigarrados tapices de Igshaan Adam (Ciudad del Cabo, 1982) que cuelgan de la sala 208 del Museo Guggenheim es conveniente acercarse mucho; también hay que mirarlos por el otro lado, para ver con qué materiales de la memoria están hechas estas historias de Sudáfrica, appartheid y homofobia. Lo que este artista multidisciplinar enseña en Bilbo es arte para sanar tejiendo y danzando.

Gara, , 05-05-2026

a sala 208 del museo Guggenheim de Bilbo es como una caja alta repleta de curvas; un lugar donde, desde hoy y hasta el 1 de noviembre, se expone “Levantando el polvo: El archivo del cuerpo”, del artista sudafricano Igshaan Adam, en la que es la tercera entrega del ciclo expositivo “In situ”, con el que el museo invita a artistas a crear obras específicamente para este emplazamiento.

Al entrar en la sala, el primer efecto es de belleza y opulencia; sí, opulencia, aunque los materiales usados para tejer sean de lo más comunes (cuerdas, abalorios, alambre…). Hay otra clase de riqueza aquí, la cultural. Colgando de las paredes o desde el alto techo, unos grandes tapices. Y, en su color, está África. Un África alegre, pero con muchas heridas que sanar. Colgando del techo también están unas “nubes” basadas en el polvo de los rituales que se realizan en su comunidad materna, y que Igshaan Adam ha transmutado en esculturas. La exposición, aunque no es grande de tamaño, transmite belleza, pensamiento y movimiento.
Comunidad, heridas sin cerrar, apartheid, esperanza o alegría… las palabras se convierten en las pequeñas piezas con las que están entrelazados los tapices. Igshaan Adam es joven, pero ha trabajado su proceso de sanación personal, que él ha convertido en colectivo gracias a la práctica artística. «Creo que mi trayectoria artística comenzó con ciertas preguntas sobre las experiencias que mi propio cuerpo había vivido, especialmente en mi juventud. Yo crecí en la última década del apartheid, en los años 80, y siempre digo que la estructura del apartheid era muy visible en nuestro propio hogar», explico ayer.

Hijo de musulmán y cristiana su madre estuvo presente en la rueda de prensa, este artista multidisciplinar creció en Bonteheuwel, un barrio periférico de Ciudad del Cabo marcado por los reasentamientos forzosos y la segregación ocasionada por el apartheid. «Mi padre, por ejemplo, era de tez más oscura, mientras que mi hermano era de tez más clara y, en mi opinión, recibía un mejor trato. Más adelante, descubrí que soy homosexual y musulmán, y esto me generó un conflicto interno. Así que, en mi juventud, me sentía agobiado; no pensaba que pudiera tener una vida plena», explicó. «Decidí buscar la paz interior añadió, así que empecé a hacer cosas diferentes para acceder a un espacio dentro de mí que necesitaba ser arreglado, reorganizado y reestructurado». En una performance con su padre realizaron un rito de limpieza… El eterno enfrentamiento padres e hijos es otro de los sustratos que tienen estas piezas.

EN DANZA

En los últimos años, este artista, al que no le gustaba la pintura pero disfrutaba con la máquina de coser para algo se había criado en una casa llena de mujeres, ha empezado a «usar el arte y el tejido como una forma de recomponer mi mundo interior. Ha funcionado hasta cierto punto, pero no del todo. Todavía tengo problemas, y después de haber pasado por un período en mi vida en el que tuve un maestro sufí, quien usaba el movimiento para acceder a las facetas espirituales más profundas de nosotros mismos, vi que el movimiento es la clave», puntualizó.

La exposición que presenta en Bilbo parte de su investigación sobre el movimiento. Y surge de su colaboración con el colectivo artístico Garage Dance Ensemble de O’okiep, una compañía de la provincia sudafricana del Cabo Septentrional, para este diálogo entre el acto de tejer y la danza. En Atenas, los bailarines sudafricanos y griegos colaboraron en un taller de seis días titulado “When Dust Settles, The Body’s Archive”: sobre una superficie de linóleo, arrojaron pintura y luego colocaron un lienzo. Con sus pasos, los bailarines iban formando una especie de mapa en movimiento que Igshaan Adam llevó después al tapiz. Y lo ha hecho en forma de trabajo colectivo, porque, en su taller, trabajan sus tías, su familia y técnicos que se han formado en talleres que han ido realizando.

Todo esto puede responder también a un proceso de sanación colectivo. Le preguntamos: ¿Quedan muchas heridas para sanar en Sudáfrica, más de treinta años después del final del apartheid? «Durante la época del Covid contestó el artista, sentía una gran preocupación por Sudáfrica y por la aparente falta de progreso, debido a la fuerte segregación que existe. Sentía que nunca avanzaríamos más allá, que estamos demasiado estancados en el dolor y las heridas, y que sería difícil, porque la estructura no ha cambiado. Sudáfrica, estructuralmente, sigue siendo muy parecida a como era hace 30 años».

Él encontró un espacio para la esperanza: «Durante la pandemia, empecé a usar Google Earth para observar los barrios donde crecí. Durante la época del apartheid, usaban las autopistas y grandes vallas para separar a las comunidades clasificadas racialmente, con el fin de mantenerlas alejadas unas de otras. Pero luego descubrí, con Google Earth, que existían unas ‘líneas de deseo’ o unos senderos que cruzaban esos límites. Era un signo esperanzador y pasé algunos años observando estas líneas que las comunidades crean en los campos abiertos para ir de un lugar a otro».

Empezó entonces a documentar esos atajos, que él lee como un signo de que algo, por fin, está cambiando en su país: «Estos caminos no existirían si la gente no tuviera acceso a otras comunidades. Un ejemplo, el de Ciudad del Cabo en diciembre, durante el verano: durante el apartheid, las playas también estaban segregadas. Había una pequeña parte de playa para los ciudadanos de segunda clase, como yo, y el resto, para los de primera clase; es decir, los blancos. Bueno, pero cuando vas allí hoy en día, 30 años después, resulta que mi comunidad sigue sintiéndose atraída por esa pequeña sección de playa que nos había sido asignada. Es interesante ver cómo la frontera física se ha convertido en una frontera mental, lo que hace el avance más difícil, porque una frontera física es fácil de cruzar, pero una mental es mucho más difícil, sobre todo si ni siquiera eres consciente de que existe».

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