EEUU, juez y parte en el plan de transferencia de la soberanía de Sahara hacia la del ocupante
El exembajador de Argelia en el Estado español, Abdelaziz Rahabi analiza los últimos movimientos diplomáticos en torno al conflicto saharaui. Resalta la alianza entre EEUU y Marruecos, el desdibujamiento de la misión de la ONU y un cambio de narrativa para dar credibilidad a la estrategia de Rabat.
Gara, , 05-05-2026En los últimos diez meses asistimos a una actividad diplomática intensa, sostenida y que pretende ser discreta en torno al futuro del Sáhara Occidental y de la región. A estas alturas pueden observarse varios elementos:
- Un compromiso diplomático estadounidense cuyo objetivo declarado es transferir la soberanía del pueblo saharaui a su ocupante marroquí, siguiendo una agenda marcada por la urgencia y sin vínculo alguno con los esfuerzos anteriores de la Administración estadounidense, especialmente los impulsados por James Baker y Christopher Ross.
-Un desdibujamiento notable de la ONU, paralizada por el Consejo de Seguridad, llamado a convertir la MINURSO no en un instrumento de observación y resolución del conflicto, sino en un medio para acompañar este traspaso de soberanía a marchas forzadas. De no ser por las reservas formales de Rusia y China y por la insistencia de Argelia en recordar el principio de autodeterminación, el Consejo de Seguridad habría aprobado plenamente, el pasado mes de octubre, el primer proyecto estadounidense, que consagraba la simple absorción del Sáhara Occidental por Marruecos.
-Una aceleración diplomática occidental masiva y sincronizada para promover el plan marroquí de autonomía, que en realidad responde más al efecto de arrastre provocado por la decisión de EEUU. en 2020 y a la adhesión de Marruecos a los Acuerdos de Abraham que a la credibilidad de la propuesta de autonomía de 2007. El conflicto del Sahara cambia así de naturaleza: pasa de ser un conflicto local de baja intensidad a convertirse en una cuestión clave en las luchas de influencia en la fachada atlántica de África, el norte de África y el Sahel.
-La construcción de una narrativa sobre los supuestos éxitos de la diplomacia marroquí para dar credibilidad a su estrategia, sustentada en realidad por el compromiso y el peso diplomático de EEUU, Francia y su esfera de influencia africana (Gabón, Senegal, Congo, Guinea, Yibuti), así como por los Emiratos Árabes Unidos y sus recursos financieros, y no –como se pretende hacer creer– por la idea de que el plan de autonomía sea la mejor vía para salir de la crisis. Este efecto, que llega casi 20 años después del anuncio del plan, no puede explicarse objetivamente solo por la duración del conflicto, argumento central esgrimido por sus promotores occidentales en los últimos años.
Las antiguas potencias coloniales –Estados Unidos, Francia, Reino Unido, España y Alemania– esgrimen paradójicamente el argumento de la «excesiva duración» del conflicto sin medir ese mismo tiempo en términos de sufrimiento y precariedad de cerca de 200.000 saharauis refugiados, exiliados o perseguidos en el Sahara Occidental ocupado. Se trata de un residuo de la antropología colonial aplicado sin reservas a la geopolítica actual.
Es fundamental dar tiempo al tiempo, tener en cuenta ante todo las demandas soberanas del pueblo saharaui y tratar a los representantes del Polisario como interlocutores plenos, sin que puedan decidir el destino de su pueblo sin consultarlo en la forma que este elija libremente, en un proceso que puede ser largo y complejo, como todos los procesos de descolonización. Estas exigencias aportarían credibilidad a las negociaciones actuales, garantizarían la viabilidad de cualquier solución, asegurarían su durabilidad y darían sentido al principio de autodeterminación consagrado en la doctrina de la ONU y recordado por la Resolución 2797 del Consejo de Seguridad del 31 de octubre de 2025.
La aparente aceleración de la historia en el Sáhara no es, lamentablemente, el resultado natural de un proceso histórico de resolución del conflicto, sino que adopta la forma de una arquitectura construida sobre segundas intenciones y equilibrios precarios, que reúne todos los ingredientes de una inestabilidad programada en los campamentos de refugiados saharauis, a quienes se ha hecho creer en la inminencia de una solución.
También suscita interrogantes en la opinión pública argelina, consciente de la necesidad de una solución pero preocupada por esta coalición de fuerzas hostiles a sus posiciones diplomáticas, al tiempo que despierta una vigilancia atenta entre los apoyos tradicionales de la causa saharaui en África y América Latina.
Postura de Argelia
Argelia, con una doctrina soberanista basada en su propio recorrido histórico, no puede aceptar en sus fronteras una nueva situación en términos de garantías de seguridad regional que no pueden provenir ni de un vecino históricamente beligerante y expansionista ni de EEUU, que muestra escasa consideración por el derecho internacional y cuyo objetivo final es consolidar a su aliado histórico y estratégico, Israel, asentándolo en el norte de África, y reforzar a su aliado regional, Marruecos, su principal apoyo en la región. En este contexto, EEUU no puede considerarse un mediador imparcial. Ahí reside la mayor amenaza: que la cuestión saharaui quede reducida exclusivamente a una lógica de seguridad.
Los conflictos siempre se han inscrito en dinámicas de rivalidad entre grandes potencias, y el norte de África y el Sahel no son una excepción. Las tensiones en las fronteras con Libia, la guerra en Malí y el conflicto del Sahara Occidental conforman los tres puntos de un arco con evidente continuidad geográfica que somete a una presión constante, global y multifacética al único país de la región que solo puede contar con sus propios medios: Argelia.
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