Tribuna libre

Periferia: el lado incómodo de la historia

A quienes llegan del norte de Europa los llamamos 'expatriados'. Suena casi elegante. A quienes vienen de Senegal o Colombia, los llamamos 'inmigrantes'.. Y ahí cambia todo. No es solo semántica: es ideología

Canarias 7, Beatriz Bgangu, 29-04-2026

El lenguaje no solo nombra el mundo: lo construye. Lo delimita. Lo jerarquiza. Decide qué vidas importan y cuáles se olvidan entre líneas. No hay gesto más político que una palabra. Ni arma más eficaz que lo que se calla.

En España, las fronteras no siempre se ven. A veces están en la forma de decir, en el adjetivo, en la entonación. A quienes llegan del norte de Europa los llamamos ‘extranjeros’ o ‘expatriados’.

Suena profesional, casi elegante. A quienes vienen de Senegal o Colombia, los llamamos ‘inmigrantes’.. Y ahí cambia todo. No es solo semántica: es ideología. La palabra los carga, los coloca, los recorta. Unos viajan; otros invaden. Unos se integran; otros se toleran. El respeto según el pasaporte se otorga o se mendiga. O se niega.

Hay idiomas enteros construidos para justificar privilegios. Y nosotros los hablamos todos los días. Lo trágico es que este lenguaje de la exclusión no se impone a gritos. Se aprende en susurros. En casa, en la escuela. En la televisión. En los titulares que distinguen entre ‘jóvenes’ e ’inmigrantes. En la crónica que recalca la nacionalidad cuando conviene y silencia la raíz cuando no interesa. Es un relato que hemos heredado y al que damos continuidad cada vez que elegimos palabras con descuido. Porque lo que se nombra mal, se trata mal. Y lo que no se nombra, directamente, no existe.

A veces creemos que nombrar a alguien como ‘negrito’ es una forma de cariño. Pero ese diminutivo no acaricia: reduce. Domestica. Connota jerarquía aunque suene dulce. Como si lo negro, para ser aceptado, tuviera que venir suavizado. Diluido. Amable. Como si lo fuerte, lo brillante, lo digno, tuviera siempre que ser blanco.

Seguimos hablando de ‘mercado negro’, ‘día negro’, ‘magia negra’. Como si lo oscuro siempre cargara con la ruina. Como si lo blanco fuera lo limpio, lo correcto, lo universal. ¿Y acaso no es eso lo que nos enseñaron desde pequeños? Que lo blanco ordena y lo negro desordena. Que lo blanco brilla y lo negro estorba.

Este lenguaje no es neutro. Es herencia. Y también es sistema.

Porque el lenguaje no actúa solo. Es cómplice de una estructura más amplia. De una maquinaria en la que las palabras legitiman leyes. Donde el discurso prepara el terreno para la exclusión. Donde las formas de hablar justifican las formas de tratar.

Así se empuja a miles de personas a la periferia: no solo a las afueras de la ciudad, sino a las orillas del relato. Se convierten en fondo. En cifras. En amenaza. Hombres y mujeres, vengan de donde vengan, que limpian, que cuidan, que recogen, que sostienen nuestras vidas desde el silencio. Y que, aun así, son sospechosas de vivir por encima de sus posibilidades. De aprovecharse. De molestar.

Y cuando aparecen en el discurso público, lo hacen siempre a través del conflicto. De la excepción. Del desorden. Como si no hubiera otra forma de hablar de ellos que no fuera para marcarlos.

Nos hemos acostumbrado a este relato. A convivir con él como quien convive con una gotera: incomoda, pero no se repara. El racismo ya no necesita un insulto para sostenerse. Le basta una palabra mal elegida. Un silencio mantenido. Un titular tendencioso. Un gesto que nadie cuestiona.

Y no, lo más grave no es lo que dicen quienes gritan su odio con orgullo. Lo más grave es lo que permitimos sin chistar. Lo que justificamos como «sentido común». Lo que callamos para no discutir con el jefe, con el amigo, con la familia. Lo que toleramos para no perder la comodidad.

La mayoría permanece callada. Y ese silencio, por educado que parezca, es el terreno fértil de la injusticia. Porque mientras unos se organizan para odiar, otros se organizan para no incomodar. Esto no va de repartir culpas. Va de asumir el lugar que ocupamos. Va de entender que el racismo no es un accidente. Ni está lejos. Está aquí, en nuestras conversaciones. En nuestras leyes. En nuestros titulares. En nuestras palabras.

La periferia no es solo un lugar. Es una estrategia. Es todo lo que el centro decide que no merece protagonismo, lo que se aparta, lo que no cabe, lo que molesta. Y justo ahí, en esa incomodidad, debería comenzar nuestra vergüenza.

Porque si no nos incomoda la injusticia, es que algo se ha anestesiado. La historia no la escriben quienes se quedan al margen para no molestar. La escriben quienes se atreven a mirar de frente. Y lo que vemos, si somos honestos, no es casualidad. Es un sistema que reparte dignidades según el idioma, el acento o el color de piel.

Nos guste o no, todos lo sostenemos. A veces con lo que decimos. Otras con lo que callamos. Y ese silencio, que parece inofensivo, es el ruido más eficaz del sistema. El que normaliza. El que maquilla. El que mantiene todo igual.

La pregunta no es si somos o no racistas —porque lo somos—. La verdadera pregunta es: ¿cuánto más estamos dispuestos a seguir hablando como si no lo fuéramos? Porque si seguimos nombrando la vida según nuestro miedo, llegará un día —y no está lejos— en que nadie podrá sentirse a salvo.

Ni siquiera tú.

Texto en la fuente original
(Puede haber caducado)