Francis Keré, arquitecto: "Una de las enfermedades de las democracias africanas es querer parecernos a Occidente sin tener las mismas raíces"
Fue el primer arquitecto africano (y hasta ahora el único) en recibir el premio Pritzker. Diseña grandes proyectos en Las Vegas o Río de Janeiro, pero su alma sigue en Burkina Faso, verdadera protagonista de su libro 'Building Stories' (Taschen)
El Mundo, , 28-04-2026Entre acacias, baobabs y árboles de karité, en la árida llanura de la sabana africana menos en la época de lluvias, cuando se cubre de un intenso verde, se esconde una pequeña aldea de chozas de adobe y techos de paja: Gando. Está a unos 200 kilómetros de la capital de Burkina Faso, Uagadugú. Pero en esa región rural, donde aún se mantienen costumbres ancestrales mezcladas con creencias musulmanas y ritos animistas, tan solo 15 kilómetros suponen una odisea: esa es la distancia que separa Gando de la ciudad más cercana, Tenkodogo, y la que tenían que andar los niños para ir a la única escuela de la zona. Más de cuatro horas a pie, solo de ida. Pero hoy, si buscan Gando en Google Maps, lo primero que aparece es su escuela primaria, un símbolo de la nueva arquitectura africana: sencilla y modera, con ladrillos de adobe y un techo onduladdo que no es capricho sino el mejor diseño para aprovechar el viento y las energías geotérmicas.
Esa escuela fue la primera obra de Francis Keré (Gando, 1965), el primer africano y hasta ahora único en ganar un premio Pritzker, el Nobel de la arquitectura. Cuando tenía siete años, su padre, el jefe del pueblo, decidió mandarle a la escuela para que aprendiera a leer y a escribir. «Así tendría a alguien que pudiera leerle las cartas que llegaban del gobierno», cuenta Keré desde su estudio en Berlín. «Fue muy duro dejar mi hogar a esa edad. Me mandaron con una familia de acogida para que no tuviera que caminar ocho horas cada día…», recuerda. Así empieza la carrera de uno de los mejores arquitectos contemporáneos: con una escuela. Y así empieza su delicioso libro Building Stories (Taschen) que recopila sus principales trabajos, desde una clínica en Léo (Burkina) hasta el Serpentine Pavillion de Londres o el futuro Museo de Arte de Las Vegas. Su último hito: proyectar la magna Biblioteca dos Saberes de Río de Janeiro. Pero la verdadera esencia de Keré está en Burkina Faso, en su paisaje y sus gentes, aunque sea un destino complejo.
Desde su independencia el país ha vivido nueve golpes de estado (a principios de este enero se produjo un intento frustrado) y el Ministerio de Exteriores, como la mayoría de países de la UE, desaconseja totalmente el viaje (ni siquiera hay embajada española, está en la vecina Mali) por la alta inestabilidad política, la amenaza terrorista y el riesgo de secuestros. Por no hablar de la violencia contra las mujeres , los matrimonios forzados y uno de los índices de poligamia más altos del mundo (cerca del 36%).
«África solo se desarrollará de verdad si ponemos a la mujer en el centro, nuestro futuro depende de tomar en serio la condición femenina, sino fracasaremos», defiende Keré, que al construir una casa para su madre diseñó un hogar especialmente pensado para las necesidades de la mujer. Con su arquitectura, está redibujando un nuevo país, un nuevo continente. Lo hace desde Berlín, la ciudad donde estudió, y desde su despacho en Burkina, que nunca ha abandonado del todo.
Instituto de Dano, que Francis Keré construyó después de la escuela en Gando.
Instituto de Dano, que Francis Keré construyó después de la escuela en Gando.ERIK-JAN OUWERKERK
Su libro no parece un libro de arquitectura. Hay más fotos de paisajes y de personas que de edificios… Eso dice mucho de su forma de trabajar y de esa idea de ‘arquitectura comunitaria’.
Todavía hoy, en muchas partes de África, construir es un acontecimiento comunitario. Todo el mundo aporta su piedra para levantar un edificio: y es literal [varias imágenes del libro muestran a sus vecinos acarreando piedras]. Las mujeres traen agua, los hombres hacen los ladrillos y todos trabajan juntos… Construir una casa es un proyecto muy importante, tanto espiritualmente como de forma práctica. Hay que construirlo rápido, antes de que llegue la estación de lluvias y lo destruya todo. Es un trabajo muy duro, muy pesado, y por eso toda la comunidad contribuye. Cuando se trata de algo público, como una escuela, todavía está más claro: es la esencia misma de la existencia de la comunidad. Nos unimos para crear algo que va a servir a todos. Lo mismo ocurre con un hospital. Solo cuando el proyecto es demasiado grande se puede llamar a un experto de la ciudad, pero siempre se le acompaña y se le apoya.
En realidad, su destino no era ser arquitecto. Usted era el primogénito del jefe de Gando y debía sucederle como líder de la aldea. Pero la escuela lo cambió todo…
Creo que fue el momento clave de toda mi vida. Mi padre decidió enviarme a la escuela porque en el pueblo nadie sabía leer. Estaba convencido de que eso facilitaría la comunicación y, sobre todo, era el futuro. Pero mucha gente no lo entendió y lo criticaron: ‘¿Por qué envía a su primer hijo a la escuela en vez de dejarlo trabajar en el campo?’ A los siete años me fui y mi infancia acabó ahí. Fue traumático. Te separas de tu familia, de tus amigos, de tu comunidad… Además tenías que trabajar para la familia que te acogía. Fue un gran sacrificio, sobre todo para mi padre, que pensaba que en dos años aprendería a leer y volvería. No fue así. Pero gracias a esa formación pude hacer después muchísimos proyectos en África y en mi aldea. ¡Solo en 2025 construimos 11 escuelas en Burkina! Para un país con un índice de alfabetización muy bajo, es algo muy importante.
¿Cómo era la escuela de Tenkodogo? Cuenta que las clases eran asfixiantes…
¡Uf! En la ciudad estábamos todos hacinados. Las aulas eran muy calurosas, oscuras y estaban mal ventiladas mientras fuera había luz natural abundante. Me gustaba ir a clase pero no el edificio. Eso explica el diseño de mi primera escuela: con mucha luz y ventilación, patios y espacios al aire libre sombreados.
El luminoso interior de un aula en la escuela primaria de Gando.
El luminoso interior de un aula en la escuela primaria de Gando.SIMEON DUCHOUD
Cuando terminó el colegio y le dieron una beca para estudiar carpintería en Alemania, imagino que experimentó otro gran choque cultural. ¿Cómo fue para un joven de Burkina llegar a Múnich en pleno invierno?
¡Oh, fue un choque terrible! Primero, el avión. Ver el mundo desde el aire fue impactante: los edificios de la capital, el desierto y la sabana, luego los bosques de Costa de Marfil y Nigeria… Y, de repente, Europa, con las autopistas, los trazados rectos, todo cortado, sin tierra visible… Fue sorprendente. Encima aprendí alemán en Múnich, pero era el dialecto bávaro, así que cuando después me trasladé a Berlín no entendía nada. Ah, el frío era espantoso…Culturalmente también me espantó al principio. Alemania es un país muy organizado, la gente no tiene tiempo, corre todo el día.
Está hablando de los años 80.Hoy, con la omnipresencia de lo digital los tiempos son aún más acelerados. Pero su arquitectura reivindica una “cultura de la lentitud”. Es casi una postura filosófica.
Construir es un proceso lento. Intervienen muchos participantes, hay que comunicarse, coordinar artesanos, ingenieros… Se ponen los cimientos, se levantan los muros, se vacían las losas… Espiritualmente, esa lentitud es muy importante y necesaria: permite que la gente se acostumbre a lo que se está creando delante de ellos. Un edificio domina el espacio y hay que dar tiempo a las personas para que se habitúen, no imponerlo de golpe.
Cuando regresó a Burkina tampoco lo tuvo fácil. Aunque consiguió reunir los fondos para construir una escuela en Gando, su gente esperaba un edificio moderno, a la occidental, con cristal y hormigón…
… Y yo les traje un edificio hecho de tierra. Todos me decían: ‘¿Por qué quieres usar tierra, el material de los pobres?’. Pensaban que estaba loco, que había perdido el sentido común. Creían que un edificio de tierra no resistiría la lluvia. Hubo un rechazo total.Pero mi familia me apoyó y los demás miraban con curiosidad. Hay una anécdota muy divertida: mientras construíamos la escuela, una noche cayó una gran tormenta, adelantándose a la época de lluvia. Todo el mundo estaba convencido de que los muros, que entonces apenas tenían un metro, se habrían derrumbado. Por la mañana me desperté con mucho ruido. Primero vinieron las mujeres a consolarme porque creían que ya no quedaba escuela. Y empezaron los gritos de alegría. Se montó una fiesta porque los muros seguían ahí. Fue como un milagro. Ahí nació la confianza. La gente vio que se podía construir con nuestra tierra y que aguantaba la lluvia. Al principio nadie creía en mí porque nunca me habían visto trabajar con un albañil. Pero cuando terminamos la escuela, quisieron otra. Y otra. Así que en lo siguientes años la ampliamos, construimos una biblioteca, un instituto… En África siempre decimos que hay que mostrar cosas concretas para convencer.
En plena construcción del instituto de Dano, Francis Keré fotografió a uno de sus trabajadores/vecinos durante un descanso.
En plena construcción del instituto de Dano, Francis Keré fotografió a uno de sus trabajadores/vecinos durante un descanso.
En el libro dice que escoger un material es un acto político y que tiene incluso más impacto que la forma edificio. ¿Cuál es el significado político del adobe?
No es casualidad que digamos volver a la tierra cuando enterramos a alguien. Somos parte de un ecosistema y, al morir, volvemos a la tierra. En mi cultura, trabajar con la tierra es algo que la gente sabe hacer desde hace siglos. Hay que elegir la tierra de un lugar concreto y a veces incluso celebrar una ceremonia porque es ella la que nos protege mientras estamos vivos y la que nos acogerá después. Debe ser una tierra sana. Hoy en Europa hablamos mucho de materiales bio y de sus efectos en la salud… En Burkina siempre se ha dicho que solo lo natural debe entrar en la vivienda, nada contaminado ni químico. Hay secretos ancestrales para usar esa tierra, como raíces de árboles que se hierven para extraer esencias que la hacen resistente al agua. Es un saber cultural profundo y arcaico que no debemos olvidar. Recuperarlo es un acto político. La modernidad arquitectónica, lamentablemente, marcó un punto de inflexión en el desarrollo de la construcción en tierra, a menudo brutalmente reemplazada por hormigón y otros materiales que siempre importados. Mi principal objetivo ha sido demostrar el potencial del adobe como material de construcción contemporáneo y atractivo, combatiendo los prejuicios de que es algo del pasado.
Antoni Gaudí, mientras construía la Sagrada Familia, solía decir que el árbol frente a su taller, un roble, era su maestro. Usted también usa mucho la metáfora del árbol, del baobab…
¡Sí!No hay nada más natural y esencial que un árbol. Una de mis grandes preocupaciones es que el ser humano esté en armonía con su entorno y los materiales. Es lo que llamo arquitectura de lo esencial. Responde a necesidades materiales, pero también simbólicas. La forma del árbol es esencial. La he utilizado a menudo en mis proyectos. El árbol se alza desde el suelo: es un hito en el paisaje.
¿Cree que en Occidente hemos ido demasiado lejos en la carrera tecnológica?¿Construimos iconos y edificios sofisticados pero nos olvidamos de la dimensión humanista, incluso espiritual, de la arquitectura?
En mi estudio seguimos haciendo maquetas a mano, cortamos madera, usamos tierra para probar formas… En Occidente la técnica y la prosperidad económica han permitido muchos avances pero creo que es hora de recuperar el oficio como algo más profundo. Cuando construyes una casa, un templo o un hospital alojas a la gente, es un acto casi espiritual, tiene una trascendencia. Creas un lugar donde las personas se encuentran, confían y recargan energía. Hay que tratar la arquitectura con más cuidado intelectual y espiritual.
Boceto de Francis Keré para mostrar la geotermia de la escuela de Gando.
Boceto de Francis Keré para mostrar la geotermia de la escuela de Gando.
Me han llamado la atención sus bocetos, desde los primeros proyectos a los últimos. Cuando dibuja el sol lo hace como si fuera un personaje infantil:siempre sonríe, tiene los ojos cerrados y un tupé/llama. Nunca había visto un dibujo de arquitectura tan… ¿simpático?
[ríe] Sí, sí. Es que si no tienes alegría, ¿cómo vas a decir que quieres que la gente viva feliz? Mi trabajo es crear lugares donde el ser humano pueda reencontrarse y ser feliz. Por eso mi sol siempre sonríe. Me han llamado arquitecto social, militante ecologista, soñador idealista… Pero mi única motivación es la de concebir espacios que estén al servicio de la humanidad.
¿Cómo puede la arquitectura ayudar al ser humano?Concretamente, en África, ¿cómo puede contribuir a cambiar ciertas problemáticas o desigualdades? Pienso en la casa que le ha construido a su madre en Gando, con dos plantas, patio y espacio para su huerto… ¿La ha diseñado pensando en la mujer africana en general?
La arquitectura tiene un enorme potencial para impulsar el cambio social cuando se integra en una cultura. Yla columna vertebral de la sociedad africana es la mujer, aunque se enfrenta a muchas dificultades. Todo gira en torno a la madre. Ella es la que va a buscar agua, teje, seca alimentos, cuida de todos. En zonas rural donde no hay grifos ni supermercados, como en Gando, necesita un espacio para almacenar el agua, para secar las cosechas… Porque si lo extiendes en el suelo, los animales se lo comen o surgen conflictos con los vecinos. Así que quise crear una casa donde la mujer se sienta cómoda y tenga un lugar propio, en el que pueda plantar un huerto o un espacio que le proporcione una ocupación y le permita transmitir sus conocimientos a la familia, a las vecinas… La casa de mi madre es un experimento y de momento funciona bien en el pueblo. Pero necesitamos un poco más de tiempo. Si tiene éxito, puede convertirse en un modelo para exportar a todo Burkina Faso y más allá, al continente entero. Es una pequeña idea revolucionaria diseñada para ellas:las que educan a los niños, las que se quedan en casa, las que mantienen a la familia, las que trabajan… Si ellas no están bien, nada funciona. No podemos copiar de la noche a la mañana el modelo occidental.
¿Y cómo la arquitectura puede expresar valores democráticos?Benín está terminando de construir su nuevo y espectacular parlamento, que usted diseñó inspirándose en un baobab. El propio edificio se eleva sobre una columna/tronco y es un símbolo de transparencia.
Creemos que la democracia tiene que venir de Europa para traer prosperidad y ahí es donde fallamos. África mira a Occidente como el gran ejemplo y quiere copiarlo todo, pero sin conocer el origen de esas ideas. Nuestra historia es distinta. Aquí tenemos la tradición del arbre à palabres (el árboles de las palabras): todos se reúnen bajo su sombra, en círculo, mirándose a la cara. Es un espacio abierto y democrático. Tus hijos, tu mujer, toda la comunidad escucha, tu decisión debe ser responsable porque todos te ven. En cambio, el modelo occidental tiene muros: los representantes del pueblo se encierran y luego comunican su decisión. Esa es una de las enfermedades de la democracia africana, querer parecernos a Occidente sin tener las mismas raíces. En Benín propuse usar el símbolo del arbre à palabres para la Asamblea Nacional y, sorprendentemente, el presidente aceptó. Porque la mayoría de las veces hemos sido programados para rechazar todo lo que viene de África: ‘Es atrasado, no es moderno, hay que copiar a Europa’. ¡Los africanos son los mayores admiradores de Europa! Y, por cierto,España nos gusta mucho [ríe, en realidad ríe muy a menudo]. En mi aldea, la gente sabe quién entrena al Barça y al Madrid… Y si preguntas por el Zaragoza probablemente también lo sepan.
El Serpentine Pavillion de 2017 en Kensington Gardens, uno de los que ha tenido más éxito.
El Serpentine Pavillion de 2017 en Kensington Gardens, uno de los que ha tenido más éxito.IWAN BAAN
Mientras que en Europa prevalece un gran desconocimiento sobre lo que ocurre en la mayoría de países africanos, incluso aunque hayan sido colonias…
Europa vive al margen de nuestra realidad, pero debería cooperar de una forma igualitaria y moderna, como vecinos. Si no, los problemas vendrán aquí [por Berlín]. Nuestras democracias fallan y son frágiles porque han sido impuestas según el modelo de las estructuras políticas occidentales, ajenas a las prácticas tradicionales africanas .Para nosotros Europa es el ideal. Desafortunadamente, los países coloniales aún tienen actitudes paternalistas y muchos dirigentes africanos creen que les niegan el derecho de ser adultos, de ser verdaderos aliados y gente responsable. Yes un problema cuando se intenta luchar contra el terrorismo, por ejemplo.
Usted es el primer arquitecto africano que ha ganado el premio Pritzker, creado en 1978. No solo representa a un país, sino a todo un continente. ¿Es mucha responsabilidad?
Me voy acostumbrando… Hago como que soy importante, pero sé quién soy: alguien que quiere seguir siendo curioso y aprender. Cuando veo que me admiran demasiado, prefiero callar, porque ese no soy yo. Me alegra mucho que se preste más atención a arquitecturas locales, diferentes. El Pritzker ha ayudado a descubrir tendencias importantes para el futuro del planeta. Yo solo soy un simple arquitecto, pero a través de mi trabajo veo que hay un cierto despertar. Cada vez más jóvenes quieren hacer como Francis: ser arquitectos y mejorar su hábitat. Ypiensan en hacerlo con nuestra propia tierra, con bioclimática, sin depender del aire acondicionado… Antes solo querían hormigón y cristal. Todavía es una gota en el desierto, pero una gota muy fuerte que puede expandirse.
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