¿Los españoles, primero?

Si dejara de llegar esta mano de obra barata y desesperada, colapsaría rápidamente. Así que, por la cuenta que nos tiene, no conviene jugar con las cosas de comer

La Razón, , 27-04-2026

Dicen los de Vox que «los españoles, primero». Deben aclarar antes de nada: los primeros ¿para qué? ¿Para servir a la patria como soldados? ¿Para apagar incendios? ¿Para pagar impuestos? ¿Para salvar el negocio del turismo currando de camareros o de lo que se tercie? ¿Para recoger la fruta, de sol a sol, en los campos ardientes y en los invernaderos? ¿Para cajeros de los comercios y supermercados? ¿Para trabajar en la fábrica o en el andamio, de sol a sol, con un descanso para el bocata? ¿Para picar en la mina? ¿Para ir pastor? ¿Para cuidar a los ancianos, enfermos e impedidos?… Conviene dejar claro este punto: sin los que han venido de fuera, muchos jugándose la vida en el cayuco, la mayoría huyendo del hambre o del peligro, la economía española ya habría colapsado. Si dejara de llegar esta mano de obra barata y desesperada, colapsaría rápidamente. Así que, por la cuenta que nos tiene, no conviene jugar con las cosas de comer.

Esa es la razón práctica para la acogida; pero tiene mucho más peso moral el sagrado deber de la hospitalidad, clave del humanismo cristiano desde sus orígenes. Recuerdo de niño que en mi pueblo regía la norma de dar posada al peregrino. Había que acoger al viajero sin medios «a reo vecino». O sea, tenía que ser recibido en la casa que tocara. Existía el convencimiento de que acoger al pobre era como acoger a Jesucristo. Como dicen los obispos, no se puede ser cristiano y enemigo de los inmigrantes. Eso no quita para que sea un deber estricto de las autoridades públicas impedir las mafias y regular esas grandes corrientes migratorias de forma razonable para impedir que el descontrol produzca graves trastornos y saturaciones –en la sanidad, la vivienda, la educación y la vida de los barrios–, que afecten tanto a los residentes como a los recién llegados.

Falta saber quiénes son españoles para Vox, y quiénes no. Y aquí entraríamos en la eterna discusión intelectual de qué es ser español. Según Cánovas del Castillo, «son españoles los que no pueden ser otra cosa». Hay miles de sujetos nacidos aquí, tal vez millones, que no se consideran españoles. Y vemos estos días colas interminables en busca de papeles para lograr la nacionalidad española. Vienen bien los versos doloridos de León Felipe: «¿Quién ha dicho que yo no soy español?… ¡Soy español! Tal vez soy el español desconocido. Me echaron un día de la casa, dijeron que yo era la oveja negra de la familia. Y nadie se ha acordado de mí». Algunos vuelven ahora.

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