columna
Ahora lo ves, ahora no lo ves
El País, , 21-04-2026El otro día, presencié un diálogo interesante entre uno de esos artistas a los que la gente identifica como solidarios y comprometidos y una mujer que le increpó con cierta sorna agresiva. La frase que le soltó ya la he escuchado en otras ocasiones: “Oye, tú; si tanto te gustan los inmigrantes, ¿por qué no te los llevas a tu casa?” Lo que me sorprendió fue la respuesta: “Pues señora, hagamos un trato, yo me llevo a un inmigrante a la mía y usted se lleva a la suya a un maltratador de mujeres y lo casa con su hija. De esa manera, los dos cumplimos con lo que votamos”. Se produjo un silencio incómodo, que se alargó hasta que la mujer terminó de entender la implicación de lo que le acababan de plantear. Sí, exactamente era eso. Si exageramos hasta el ridículo la petición de respeto a los derechos de los inmigrantes convirtiéndola en una pose de eso que llaman buenismo, pues exageremos también la constante negación por parte de los conservadores de la violencia machista. Aquello sonó a cañonazo en un año en que los asesinatos de mujeres prosiguen pese a los intentos por protegerlas de sus exparejas.Ha calado, incluso entre los jóvenes, esa idea de que cualquier ley que trata de proteger a la mujer es un agravio a los hombres. Los más sutiles tratan de desacreditar estas leyes de dos formas. La primera, porque los crímenes no pueden ser atajados del todo. Algo así como negar el Código Penal porque los delitos persisten. Tienen razón, los asesinatos de mujeres se asientan en una mentalidad masculina enferma, pero, mientras se logra cambiarlos a ellos y a sus entornos, no está de más que la ley trate como un delito particular lo que es un delito particular. La otra estrategia de negación resulta más sibilina: consiste en generar una psicosis entre los hombres ante la posibilidad de que haya un número difícil de calcular de denuncias falsas por parte de mujeres que consiguen de esa manera salir favorecidas en los procesos de separación, en la custodia de los hijos en común o en las medidas cautelares tras una denuncia de maltrato o amenazas. Habría que recordarles que también existen falsas denuncias de acoso en el puesto de trabajo, falsas bajas laborales y hasta falsos partes de daños en el seguro, pero a nadie se le ocurre que porque algunos mientan la gran mayoría tengan que perder sus mecanismos de protección.Lo que cabría exigir son mayores medios para afrontar cada caso. En lugar de enredar con cifras que ocultan que muchas de las denuncias acaban archivadas, deberían esforzarse para que el sistema de protección a la mujer fuera más ágil, menos arriesgado y no tan sometido a la interpretación subjetiva y urgente de un juez o un policía de guardia. Si algún hombre se siente desprotegido, lo que debería es sumarse a mejorar la ley, no a empobrecerla con medias verdades.Son dos asuntos, el de la regularización de inmigrantes y el de la amenaza machista, que la política envuelve en su magia. Esa que hace aparecer y desaparecer asuntos ante la mirada asombrada del espectador. El truco es fácil de desvelar. Ofrecer la posibilidad de convertirse en ciudadanos a quienes estaban condenados a vivir entre la explotación ilegal y la marginación es un “ahora lo ves”. Insistir en que las mujeres no están amenazadas por hombres incapaces de entender su autonomía y su libertad es un “ahora no lo ves”. ¡Tachán!
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