El PP convierte a Vox en Extremadura en un partido "útil" para el electorado que exige políticas más extremas

Los de Feijóo se cuadran con la línea más dura de su espacio en Europa y lanzan el mensaje de que la antiinmigración se configura como la base de posibles acuerdos estatales. Expertos analizan para 'Público' los efectos del pacto más allá de las tierras extremeñas y los beneficios y riesgos que acarrean para ambas formaciones.

Público, Samuel Martínez, 20-04-2026

Vox deshace el camino, abandona el perfil de protesta y vuelve a presentarse como un partido muleta del PP, pero de gobierno. El pacto que alcanzaron en Extremadura las dos formaciones tiene múltiples lecturas. Algunas, inmediatas: Alberto Núñez Feijóo compra con pocos matices el argumentario racista de Santiago Abascal; en buena medida, también el que tiene que ver con la crisis climática. Otras conclusiones son más a largo plazo: Vox asume un papel de subalternidad con el PP, pero demuestra al electorado que comparte con los de Feijóo que votarlo es útil para imponer políticas duras. Además, coloca al PP en una posición que interesa a la extrema derecha. En este punto de la película, ya a nadie se le escapa qué tipo de políticas apoyará en unas futuras elecciones generales si elige la papeleta azul.

No todos los puntos programáticos firmados en Extremadura son factibles. La propia Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, ha calificado a algunos de ellos de ilegales. La gestión de las acogidas de los niños, niñas y adolescentes no acompañados, por ejemplo, tiene que respetar la legalidad vigente —Extranjería es una materia estatal— por mucho acuerdo al que lleguen dos partidos en una autonomía. Pero lo que ha conseguido Vox en Extremadura es que “el PP tome una decisión estratégica de la que es difícil que se pueda desprender en el futuro”. Así lo ve Ignacio Jurado, profesor en la Universidad Carlos III de Madrid e investigador en el CSIC.
Jurado cree que el documento hecho público este jueves “anticipa que, si dentro de un año hay un acuerdo PP-Vox a nivel estatal —es decir, que los números les alcanzan para conquistar La Moncloa—, el tema de la inmigración va a ser central”. “El PP ya lo ha aceptado”, abrocha. En otras palabras, más que el contenido del pacto (que es imposible de cumplir a nivel competencial en algunos de sus puntos), lo verdaderamente relevante es el escenario que inaugura.

No hay que perder de vista, en otro orden de cosas, que las firmas estampadas en el papel que garantiza la gobernabilidad extremeña son la prueba fehaciente de un cambio de rumbo del partido de Abascal. Un nuevo volantazo.

“Tiene que ver con su necesidad de demostrar utilidad” y, además, con su intención de dar carpetazo “a una crisis interna y de reubicación internacional”, explica Anna López, doctora en Ciencia Política y autora de La extrema derecha en Europa (Tirant Lo Blanch, 2025). “Vox”, continúa, “necesita oxígeno y victorias rápidas para marcar agenda y relato… No puede dar la sensación de que es un perdedor”. Romper con los gobiernos autonómicos del PP —en julio de 2024— “le sirvió para marcar perfil propio, pero entrar ahora y ostentar poder real y presupuestario, especialmente en servicios sociales, le permite aplicar su agenda”. Ser útil para sus votantes. De este punto en adelante, pueden decir a su electorado: “No solo protestamos, también gobernamos”.

El también investigador en el CSIC y sociólogo Luis Miller añade algo que no es trivial. “En Vox han asumido que no van a superar al PP en el corto plazo” y que “su batalla es más adelante… Saben que su electorado es más joven”. “En estos momentos”, completa, “les ha pesado más que sus votantes pudieran llegar a pensar que no hacen lo suficiente para cerrar el paso a gobiernos progresistas o de izquierdas”.

El PP… ¿cae en la trampa o elige equipo?
En cuanto al efecto que puede representar para el PP el pacto hay alguna divergencia entre los expertos. Por una parte, el propio Miller ve intención en ese acercamiento a los postulados de Vox e, incluso, a la asimilación de las críticas más o menos implícitas a las políticas que emanan de las instituciones europeas y que apoya el Partido Popular Europeo (PPE). El sociólogo explica que extremos como la “prioridad nacional” que incluye el texto son el pan nuestro de cada día en muchos países de la UE y que, aunque en España suenen desproporcionados, no es marciano pensar que el PP de Feijóo pueda estar ya recorriendo el camino. Además, también señala que en el propio PPE ya hay un ala que compra sin ambages ese discurso.
Eso, extramuros. Pero con la mirada puesta en las dinámicas internas de la política española —y, más en concreto, en el comportamiento del electorado español—, el sociólogo tampoco ve un paso en falso del PP desplegar un discurso con respecto a la inmigración parecido al de Vox. “Un 80% del electorado popular considera que las políticas migratorias tienen que ser más duras”, apunta Miller con las encuestas en la mano.

Aunque todo eso tiene sus peligros. Tanto Anna López como Ignacio Jurado observan el riesgo de que, de tanto escorarse a la derecha, el PP termine “ahuyentando” a su votante más centrista o, incluso, al votante cristiano que ve cómo la Iglesia o incluso entidades con peso en el conservadurismo español como Cáritas mantienen un discurso mucho más amable con las migraciones. La politóloga, al contrario que Miller, sí cree que la deriva del PP español “tensiona el discurso popular europeo” y “lo desplaza hacia los márgenes del sistema institucional”.
López tampoco ve demasiado claro que los populares deban camuflarse tanto con la extrema derecha porque “la gente siempre prefiere el original a la copia”. Es una lección de política básica. Y López y Jurado coinciden en otra idea. “Vox está consiguiendo establecer cuándo y cómo hablamos de las migraciones”, algo que “está haciendo que la preocupación de la sociedad sobre la materia crezca”. Por lo tanto, ahora ya en palabras de Jurado, una vez el PP “valida los postulados de Vox sobre las migraciones” se expone a que ocurra algo que puede ser perverso para sus propios intereses: que el elector vaya a votar son esa cuestión como principal problema en su cabeza y, en consecuencia, elija la opción que tiene una línea más dura.

Es por eso que el politólogo cree que, de alguna forma, “el PP está cayendo en la trampa”, aunque tiene pocas opciones de esquivarla. “Por una parte”, argumenta, “ve cómo la inmigración es una preocupación que crece entre su potencial electorado”. Y, por otra, “sabe que pactar con Vox es casi con toda seguridad su único camino para gobernar”. Es casi un callejón sin salida cuyo muro ha derribado el PP comprando la ideología ultra.

¿Quién gana y quién pierde?
Con el documento del pacto todavía caliente por el láser de la impresora es difícil determinar quién sale ganando. No obstante —y más allá de lo ya apuntado—, las tres voces consultadas se aventuran con algunas ideas. Para empezar, Miller recuerda otro precepto tradicional de la ciencia política: “En las coaliciones, siempre suele salir perdiendo el partido minoritario”. Pero Jurado aporta otra perspectiva. “Vox ha visto que siendo un partido-protesta ha logrado llegar al 20% del voto en algunos sitios”, reflexiona: “Pero también ha comprobado dónde puede estar su techo de voto si no modifica en alguna medida esa estrategia”. Ahora, los de Abascal buscan una parte del electorado más preocupada por la gobernabilidad.

Anna López lo tiene bastante claro. “Vox gana mucho”. Capacidad, poder, incidencia y la normalización de su programa, “especialmente en un tema como el de las migraciones, que moviliza mucho emocionalmente y que le puede permitir ampliar su base electoral”. Y lo puede hacer incluso pescando entre los votantes del PSOE, “algo que ya se está detectando”. El PP, según la politóloga, se mueve en una escala de grises. Gana porque gobierna, pero a costa de profundizar en un proceso más o menos incierto de “redefinición” política.

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