El euroislam como aspiración

Existe una imperiosa necesidad de promover una actualización de las formas de vivir la fe musulmana, de sus usos y costumbres, en un contexto occidental

Diario Vasco, Zakariae Cheddadi, 17-04-2026

Hoy, Europa no puede ser indiferente al islam, ya sea como expresión religiosa, entramado cultural o presencial social. El viejo continente afronta un cambio sociodemográfico … de proporciones bíblicas: por un lado, la gestión de la llegada de personas de religión musulmana a Europa y, por otro lado, la integración de los descendientes, mal llamados segunda generación, de padres de fe islámcia. Pero este desafío no solo implica a los europeos y a sus instituciones, también a los musulmanes y a sus propias comunidades religiosas, fundamentales estas para comprender los modos de identificación social y cultural de estas personas de origen migrante.

Uno de los grandes desafíos a los que se enfrentan estas comunidades musulmanas en Europa es el de la construcción negociada de un islam propio, diferente al de los países de procedencia. Frente al modo de observar y vivir la cuestión religiosa de origen, se habla de la imperiosa necesidad de promover la idea de un euroislam, definido por una voluntad de actualización de las formas de vivir y experienciar el islam en un contexto occidental. Se trata de una llamada a una renovación no ya del credo religioso, sino de los usos y costumbres que rodean socioculturalmente este credo.

Este euroislam, defendido entre otros por intelectuales como el filósofo suizo Tarik Ramadán, postula que, a fin de promover una convivencia positiva, los musulmanes europeos deben leer y releer sus propias identidades en torno a lo sagrado y lo religioso. Esto se realiza buscando una inclusión cada vez mayor de los musulmanes en el espacio público. Es decir, ofreciendo ideas, promoviendo iniciativas, cooperando por el bien común; en suma, tejiendo redes para aportar lo más valioso del islam al espacio de la participación social y política. Como se puede observar, esto trata de un exigente examen de cara a la (re)presentación del islam y los musulmanes como parte integrante del paisaje sociopolítico europeo. Así, los musulmanes no solo deben ser capaces de vivir en normalidad de condiciones en Europa, también deben ser capaces de hacerse presentes y, al mismo tiempo, hacerse notar (con toda la carga de significados a nivel sociológico) como ciudadanos coparticipes de un proyecto común europeo.

Sin embargo, estas loables ideas no dejan de ser por ahora una especie de utopía bienintencionada. Este euroislam es, en cierto sentido, un auténtico desiderátum, una aspiración, ya que las condiciones y los contextos actuales torpedean toda esta ambiciosa agenda. Innumerables son los obstáculos. En primer lugar, la problemática migrante y la precariedad socioeconómica que rodea a las poblaciones musulmanas en Europa no permite, por un lado, dirigir las energías a proyectos de esta exigente proactividad sociopolítica (muchos musulmanes son migrantes todavía, deben lidiar con ingentes problemas del día a día) y, por otro lado, tampoco allana el camino para la promoción de élites sociales musulmanas (la desigualdad y la precariedad socioeconómicas de las familias influyen negativamente en la promoción educativa y el fracaso escolar) capaces de trabajar por esta agenda a largo plazo.

En segundo lugar, la notoria incapacidad (siempre económica, por cierto) para independizarse del discurso religioso y poder financiero de los países de origen, cuya influencia es notable en la construcción de comunidades islámicas en Europa. Si los musulmanes no son capaces de distanciarse de la tutela de los países de tradición musulmana, difícil será crear una identidad europea del islam. En tercer lugar, muy relacionado con lo anterior, se encuentra la problemática del encaje social y religioso del islam en un Estado aconfesional, cuando no laico como el francés. Esto deriva en la ausencia de un marco normativo estructurado a largo plazo para la construcción de ese islam europeo.

Los estados europeos están muy limitados por sus propias constituciones a la hora de intervenir en la gestión religiosa, en la formación de imames, por ejemplo. En un escenario de ausencia de élites religiosas y una realidad de dificultades sociales y económicas, una cierta intervención (por supuesto, en permanente dialogo con las comunidades musulmanas) en la estructuración de una agenda religiosa a largo plazo puede ser muy positiva para la producción del cambio deseado.

En cuarto y último lugar, no olvidemos las secuelas del racismo y la islamofobia, capaces ambos de producir identidades tóxicas desde el victimismo, la resistencia y el repliegue sociocultural en las comunidades musulmanas, lo que desbarata por completo toda agenda proactiva a favor de una convivencia a la altura de la interculturalidad. En un entorno así, es difícil esperar que surjan energías positivas para cooperar por un futuro común.

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