elecciones en hungría
Bócsa, el pueblo que se sacude el miedo que paralizaba a la Hungría de Orbán
El País, , 15-04-2026El día de las elecciones más trascendentes de la historia reciente de Hungría, el alcalde de Bócsa, un pequeño pueblo de 1.900 habitantes del centro del país, estalló. Mihaly Szoke – Tóth, del partido del primer ministro ultraconservador Viktor Orbán, llevaba dos días sintiendo una enorme “presión psicológica, espiritual”. A primera hora de la mañana, el político de Fidesz votó, se hizo una foto, se sacudió el miedo y la compartió en Facebook con un mensaje sin precedentes. Su papeleta fue para Tisza, la formación que esa misma noche tumbó el sistema del que él había sido miembro activo los últimos 16 años. “No podía seguir callado”, cuenta en su despacho en el Ayuntamiento este martes. La idea llevaba años rondándole, sin embargo. Pero no se atrevió: “Si lo hubiese hecho antes tan abiertamente, mi aldea habría sufrido, nos habrían cortado los fondos; y no quería sacrificar al pueblo”, continúa. “Pero este partido ya no puede reformarse, hemos llegado a un punto de no retorno”, dice, y lamenta haber llegado “demasiado tarde a esta conclusión”. Los últimos 16 años de Gobierno de Orbán, los mismos que lleva Szoke – Tóth al frente de Bócsa, a unos 115 kilómetros al sur de Budapest, han convertido a Hungría, en palabras del politólogo Bálint Magyar, en un Estado – mafia. El alcalde coincide en que, como en el crimen organizado, “en Fidesz se entra, pero no se puede salir”. Péter Magyar abrió el camino. El ganador de las elecciones del domingo logró una victoria histórica frente al partido a cuya élite perteneció también hasta hace dos años. Denunció un sistema corroído por la corrupción y el estado ruinoso de los servicios públicos. El descontento que llevaba años fraguándose en el país emergió convertido en esperanza de cambio. El sistema comenzó a agrietarse. De las profundidades del Estado han salido en los últimos meses y semanas figuras de la policía, el ejército, los servicios de inteligencia o centros de análisis del Gobierno para denunciar los abusos de Fidesz. Szoke – Tóth siempre fue muy crítico en el partido. Le decían que debía comportarse y le hacían ver que estaba siendo problemático. “Ese es el funcionamiento de una autocracia: no puedes expresar tu opinión, sino seguir las órdenes”. Ahora que, como dice, se ha convertido en “la oveja negra” y su publicación en Facebook ha recorrido los medios independientes del país —considerados enemigos por Orbán—, habla sin tapujos. Los cuatro mandatos consecutivos del primer ministro nacionalpopulista han creado “una nueva élite económica con millonarios cercanos a su figura”. Mientras ellos se enriquecían, señala, “el partido era incapaz de sacar a millones de personas de la pobreza”.Las autoridades locales son pilares fundamentales de este entramado clientelar. “A mí me dieron indicaciones para que las concesiones municipales se las llevasen miembros del partido y como no lo hacía, me consideraban un elemento incómodo”, cuenta. “Pero sobreviví porque hago bien mi trabajo, tengo buena imagen y he ganado varias elecciones; atacarme a mí sería contraproducente”. En los últimos comicios, Szoke – Tóth obtuvo más del 71% de apoyos.Bócsa vive sobre todo de la agricultura y alguna industria local. El pueblo son calles tranquilas de viviendas unifamiliares con jardín. No es de las zonas más deprimidas del país. En esas, hay aldeas con infraviviendas sin agua corriente y denuncias sistemáticas de fraude electoral de Fidesz. “Hay sitios oscuros en zonas rurales donde la gente depende del alcalde y los habitantes venden su voto por dinero o para mantener el trabajo. Esto es real y funciona especialmente con la minoría gitana”, afirma el regidor, de 42 años. En su publicación en Facebook, Szoke – Tóth, que habla inglés y alemán, y estudió en Austria relaciones internacionales, afirmaba que votaba “contra la influencia rusa y a favor de los valores europeos”. También, que elegía la esperanza y un proyecto de futuro frente a la retórica bélica del Gobierno. Dos días después, incide en que le “avergüenza la propaganda” de su partido. Orbán ha centrado su campaña, con ayuda de su maquinaria mediática, en señalar a Ucrania como una amenaza militar directa para la seguridad del país, mientras se han difundido conversaciones que demuestran su relación servil con Rusia. En Bócsa, como en buena parte de la Hungría rural, la información que consumen los ciudadanos llega a través de la propaganda. El 80% del ecosistema mediático del país está en manos de personas afines a Fidesz. En el campo, todas las emisoras de radio locales y los periódicos regionales son progobierno. La narrativa del temor que ha infundido Orbán y su partido ha calado, especialmente entre los mayores. La doctora Hajnalka Kokrehel, de 64 años, dice que sus pacientes más mayores, los que se informan por la televisión pública, llegan a su consultorio “desesperados”, con la tensión alta. “Votaron a Fidesz porque decían que si ganaba Tisza, venía la guerra”. Pero incluso en el ambulatorio donde también pasa consulta en un pueblo cercano, una enfermera que tiene treinta y pico “está aterrada porque piensa que se van a llevar a su marido a Ucrania”. También ha visto un aumento en los casos de depresión: “Asustar a la gente con la guerra ha tenido mucho impacto”. En su entorno, “incluso gente con un buen nivel de estudios, el sábado y el domingo estaban muy nerviosos, sentían que se les acababa el mundo”.Kokrehel, que en 2010 hizo campaña por Fidesz, lleva varios años sin votarles y este año ha elegido a Tisza, como otros 3,3 millones de húngaros, un récord. “El Gobierno ha hecho mucho daño a la sanidad, sobre todo los últimos 10 años: suspendieron las guardias, las listas de espera son enormes. Han recortado el presupuesto y nos cuesta pedir pruebas. Empujan a la gente a la sanidad privada”, denuncia la doctora. En otra aldea cercana, donde la gente tiene menos medios que en Bócsa, ve que sus pacientes “tienen que elegir entre comprar comida o los medicamentos”. La sanidad ha sido uno de los temas centrales de la campaña de Magyar. También la educación. Túnde Szolobodáné Rakonczay, profesora de alemán de la escuela de educación primaria del pueblo, de 51 años, ha dado también la espalda a Fidesz este año con la expectativa de un giro. En 2022, el partido obtuvo el 63% de los apoyos de los vecinos de Bócsa. Este año ha ganado Tisza, con el 50,1%. “En el pueblo no se sintió tanto, pero a nivel nacional ha sido una campaña muy sucia”, lamenta la profesora. Los bajos salarios y la imposición de los libros de texto son algunas de las reivindicaciones del sector, que convocó protestas masivas contra el Gobierno en la última legislatura.Pero la corrupción es una queja que lo atraviesa todo. Kornel Mülbert, de 50 años, también votó a Fidesz en 2010. Dejó de hacerlo en 2013, cuando empezó a trabajar en una empresa estatal de certificación de materiales de construcción. Allí se escandalizó con el nivel de “invasión de la política en una empresa que tenía que ser profesional”. “Aparecía gente que intentaba acelerar los procesos. O aprobar a posteriori material que ya estaba incorporado en una construcción”. Hace un año, Mülbert dejó ese trabajo y empezó un negocio agrícola en Bócsa, donde se ha hecho activista en la campaña de Tisza. Hasta entonces, no pudo involucrarse: “Incluso un like en Facebook te podía costar el despido”, afirma. “Hace uno o dos meses alguien me dijo que no quería hablar en la calle, especialmente cuando el alcalde era de Fidesz”.El párroco del pueblo, Tibor Farcas, agradece al Gobierno de Orbán las oportunidades que recibió. Farcas, de 29 años, nació en una familia gitana sin recursos y dice que gracias a las becas pudo estudiar y prosperar. Como la doctora, por su parroquia pasa todo el pueblo y siente el estado de ánimo de los vecinos: “Hay mucha incertidumbre”. El cura elude pronunciarse sobre la corrupción o las mentiras de la propaganda de Fidesz, un partido que basa su moral en los valores cristianos. Farcas sí admite que “el método de comunicación política, el odio que se expresa entre partidos, se filtra y genera conflictos entre familias y amigos”. “Eso no es muy cristiano”, reconoce.El miedo ha atravesado a la sociedad húngara, tal y como se propuso el Gobierno. Szilvia Balog, camarera de 21 años del restaurante Flora, escucha también a los clientes mayores expresar esa inquietud. “Los jóvenes estamos muy contentos, pero a otras generaciones les asusta el cambio”. Tisza ha conseguido, sin embargo, liberar y canalizar un deseo de cambio que estaba contenido en una mayoría social donde imperaba el hartazgo. Y ha dado confianza a los que no se atrevían a compartir su opinión. Como el alcalde al que algunos consideran ahora un traidor. O la doctora Kokrehel, que hizo campaña abiertamente por Fidesz cuando gobernaban los socialistas y, sin embargo, con Orbán en el poder jamás habría hablado con un periodista para criticar al Gobierno. Ahora sí.
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