El sentido de la solidaridad en un mundo en guerra

Diario Vasco, Octavio Romano, 09-04-2026

La visión actual del mapa geopolítico mundial no debe llevarnos a engaño: el planeta no ha entrado repentinamente en crisis, sino que lleva décadas sumido … en una multiplicidad de conflictos que solo parecen sacudirnos cuando nos afectan de forma directa. Ya sea por cercanía geográfica o por el impacto en nuestra economía, nuestra atención tiende a ser selectiva. Lo hemos constatado desde las guerras de los Balcanes en los 90 hasta el drama de Siria o la invasión de Ucrania. Sin embargo, mientras el foco de la actualidad se desplaza, la realidad persiste de forma silenciosa en lugares como el este de la República Democrática del Congo, Sudán, Myanmar o Yemen; contextos que hoy corren el riesgo de ser sepultados bajo el cansancio de una audiencia saturada de información.

Vivimos en un tiempo de sobreexposición en el que las imágenes de destrucción se suceden sin tregua en nuestros dispositivos. Esta abundancia de estímulos, lejos de fortalecer nuestro compromiso, corre el riesgo de generar una cierta anestesia social, normalizando el sufrimiento ajeno como parte del paisaje cotidiano. Ante este escenario, es vital que emerja la cara más humana de nuestra sociedad: aquella que se manifiesta a través de personas y organizaciones cuya misión no es solo asistir, sino acompañar y proteger a las víctimas de la violencia allí donde otros prefieren no mirar.

Pienso en organizaciones como el Servicio Jesuita al Refugiado que, ahora que Israel ha recrudecido los bombardeos en el sur de Líbano, acaba de reabrir la iglesia de San José en Beirut para acoger a quienes han perdido su hogar. Se estima que son más de 800.000 personas, muchas más de las que caben en una humilde parroquia, así que toda ayuda es poca. Es aquí donde la cooperación internacional deja de ser una opción secundaria para convertirse en un imperativo ético de justicia.

Lamentablemente, los marcos que sostenían esta asistencia –el Derecho Internacional Humanitario–atraviesan horas bajas. Resultaba difícil imaginar hace apenas unas décadas que el consenso internacional sobre la protección de civiles y trabajadores humanitarios se vería tan seriamente erosionado en tantos frentes abiertos. A esta fragilidad institucional se suma una preocupante retirada de fondos de actores clave en la cooperación global, lo que deja a millones de personas en una situación de desamparo absoluto. Proyectos que durante años han sido el único sostén en comunidades vulnerables se ven hoy amenazados por decisiones políticas que ignoran la realidad sobre el terreno.

En Alboan conocemos bien estos márgenes, porque llevamos 30 años caminando en ellos. Tres décadas de trayectoria nos han enseñado que, frente a las crisis de mayor impacto mediático y los vaivenes de la política global, lo que realmente transforma la realidad es la constancia. Haber crecido junto a las denominadas ‘crisis olvidadas’ nos reafirma en que la solidaridad no puede ser un gesto reactivo o pasajero. Durante estos 30 años, hemos comprobado que, cuando el liderazgo político escasea, el compromiso sostenido de la sociedad civil es la única herramienta que nos queda para ofrecer una alternativa digna a quienes se ven atrapados en el ciclo de la violencia y la pobreza.

Hoy más que nunca, necesitamos recuperar una visión de la humanidad basada en la responsabilidad compartida. Como decía Václav Havel: «La esperanza no es lo mismo que el optimismo. No es la convicción de que algo saldrá bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, independientemente de cómo resulte». Esa certeza es la que nos mueve a seguir trabajando en las fronteras, facilitando que el apoyo llegue donde más falta hace. Tras 30 años de camino, nuestra convicción es clara: la solidaridad es la respuesta con más sentido que podemos dar como sociedad. Porque, en última instancia, la dignidad de cualquier persona, en cualquier rincón del mundo, es la medida exacta de nuestra propia dignidad.

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