Cambiar palabras para acabar con el odio: un diccionario para desactivar el racismo escondido en nuestro lenguaje
La asociación Afrodiccionario busca combatir la discriminación racial presente en palabras y expresiones cotidianas a través de un diccionario propio y recursos educativos que promueven la inclusión.
Público, , 04-04-2026No hace falta gritar un insulto para que haya racismo. A veces la discriminación se esconde en el uso que hacemos de palabras y expresiones que hemos normalizado en el día a día, sin detenernos a pensar en lo que implican. Porque sí, el lenguaje también puede ser racista.
En España, términos como “menas” nacido como acrónimo legal y hoy apropiado por la ultraderecha para difundir mensajes de odio o frases como “trabaja como un negro” se escuchan a diario y son ejemplos perfectos de cómo expresiones normalizadas pueden perpetuar prejuicios, incluso sin que nos demos cuenta.
“Hay expresiones que parecen tan normales que nadie las cuestiona, pero son racistas. Y hacen daño”, explica la organización Afrodiccionario, un proyecto que busca señalar cómo el idioma, lejos de ser neutral, arrastra una “herencia histórica y cultural” que moldea la forma en la que miramos a los demás.
Su guía didáctica lo deja claro desde la primera página: “Las palabras no se las lleva el viento, sino que crean realidades”. Desde esa base, Afrodiccionario ha desarrollado talleres, recursos y materiales educativos que han sido aplicados en centros escolares, departamentos de universidades y entornos familiares multiculturales que intentan comprender cómo el lenguaje sostiene desigualdades que suelen pasar desapercibidas.
La redefinición del lenguaje
El proyecto distingue entre la violencia lingüística evidente y la que opera en un segundo plano. La primera es la más reconocible con insultos directos como “moro de mierda”. La segunda es una violencia menos visible, más cotidiana y, precisamente por eso, más peligrosa. Son frases hechas, bromas o comentarios aparentemente inocentes, pero que fomentan el racismo.
“Sonríe, que con lo negro que eres no se te ve”, “para ser china hablas muy bien español”, “me pones negro” o “eres muy lista para ser gitana” son algunos de los ejemplos. Frases que muchas veces hemos oído, o incluso pronunciado, sin reflexionar sobre la violencia que hay detrás de ellas.
“Es frecuente que muchas personas al ser reprendidas por usar estas expresiones o términos despectivos como ‘sudaca’, ‘panchito’ o ‘chinita’ nieguen que lo hayan dicho, pero otras veces reconocen la palabra pero no aceptan su carga negativa. Forma parte del plano inconsciente del lenguaje, aquello que se dice sin pensar en su significado real, pero que reproduce jerarquías sin que el hablante se perciba como racista”, explica una portavoz del proyecto a Público.
Un ejemplo muy repetido y asentado en la sociedad es cuando alguien pregunta a una persona racializada “¿De dónde eres?”. La respuesta suele ser “de aquí” o de cualquier rincón de España en donde la persona ha nacido o vivido gran parte de su vida. Pero la conversación no termina ahí, llega la segunda pregunta, con la que se revela ese sesgo racista. “No, pero ¿de dónde eres de verdad?”. Esa insistencia, explican, es un recordatorio de que, para ciertos ojos, esa persona no puede ser plenamente española. La propuesta de Afrodiccionario es reformular la pregunta, ya que "si lo que se quiere saber es la ascendencia familiar, basta con preguntar: “¿Cuál es tu origen?”. Para así no cuestionar la identidad nacional ni obligar a nadie a justificar su pertenencia”.
Otra de las expresiones que Afrodiccionario ha decidido transformar es “futuro negro”. Tradicionalmente usada para anunciar desgracias, convierte “negro” en sinónimo de algo negativo. La organización rechaza esta asociación y la reconstruye definiéndolo en la entrada de su diccionario como: “la expresión que aboga por la lucha inclusiva de las personas afro. Un futuro bien aguardado, donde se espera una visión de crecimiento o de realización”.
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La pirámide del odio
La asociación señala que aunque muchos aseguren que “no tienen mala intención” a la hora de utilizar estos términos y expresiones, insisten en que la intención no borra el efecto: “No hace falta querer discriminar para discriminar. El racismo no se sostiene solo por quienes insultan, sino también por quienes nunca se separan de ciertos hábitos lingüísticos que posicionan a las personas en jerarquías raciales”.
“Los prejuicios aparentemente inofensivos pueden escalar hacia formas más graves de discriminación si no se cuestionan desde la base”, explican desde la organización. Aquí entra en juego la llamada “pirámide del odio”, un modelo que ilustra cómo el odio y la violencia pueden escalar en la sociedad. En la base, están los prejuicios y estereotipos que, si no se combaten, pueden evolucionar hacia discriminación y actos de exclusión social. A medida que se asciende en la pirámide, estos prejuicios se transforman en hostilidad verbal y agresiones físicas, culminando en su forma más extrema: el genocidio, la eliminación sistemática de un grupo. “Este modelo destaca la importancia de abordar y detener el odio en sus etapas iniciales para prevenir su escalada hacia la violencia más severa”, destaca la organización.
Aclaran que cambiar el lenguaje no es algo inmediato, ya que requiere un proceso que empieza por “tomar conciencia del peso histórico y cultural de ciertas palabras”, continúa con la revisión crítica del propio lenguaje y avanza hacia la capacidad de intervenir en situaciones cotidianas, señalando comentarios o bromas discriminatorias cuando se producen. Así, hasta llegar al último paso, que consiste en “extender este aprendizaje hacia el entorno cercano”, transformando espacios familiares, educativos o laborales.
Trabajo en entornos educativos
Las escuelas de primaria y secundaria son uno de los lugares donde más intervenciones realiza Afrodiccionario ya que, aseguran, también es donde este fenómeno se vuelve más visible. "El lenguaje acaba clasificando al alumnado por etiquetas. Es habitual que estudiantes racializados sean llamados ‘el chino’, ‘la mora’, ‘el negro’ o ‘el gitano’, mientras que rara vez se etiqueta como ‘el francés’ o ‘la alemana’ a estudiantes blancos europeos. El lenguaje construye una frontera entre un “nosotros” implícita blanco y un “ellos” hacia las personas de otro origen étnico", explica la portavoz.
Además, señalan que el profesorado carece de conocimientos o de herramientas para nombrar la diversidad étnico-racial y para identificar o gestionar las violencias racistas que puedan surgir en el aula. Por ello, trabajan en la elaboración de “herramientas didácticas y protocolos” que permitan atender la diversidad, supervisar conflictos y fomentar espacios inclusivos.
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“Los ejercicios no están ideologizados; uno de los mayores obstáculos del activismo antirracista es la percepción de que todo es político, cuando en realidad hablamos de derechos humanos. Por eso buscamos integrar estas reflexiones de forma natural en clases con ejemplos prácticos y, de momento, el feedback está siendo muy bueno”, explican desde Afrodiccionario.
Tras la experiencia positiva en las aulas, la organización quiere ahora dar el salto al mundo empresarial. Han detectado una “cantidad enorme de sesgos en los procesos de selección”, donde ven cada vez más casos de “candidaturas descartadas por el nombre, el acento o el origen”, incluso cuando cuentan con la misma o mayor cualificación que una persona blanca. “Creemos que podemos aportar herramientas para revisar estereotipos y prácticas discriminatorias”, explican, aunque admiten que aún están definiendo cómo trasladar ese trabajo pedagógico al ámbito de las empresas.
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