Diana huyó de Colombia a Galicia amenazada por el narcotráfico: «No venimos a rascarnos la barriga mientras el Estado nos paga todo»
Afincada en Lugo, vivió una trágica travesía perseguida por el trabajo de su marido, exmilitar de la Fuerza Aérea: «Íbamos de ciudad en ciudad y adonde llegábamos la situación era la misma»
La Voz de Galicia, , 04-04-2026Cuando te vas de tu país de origen y llegas a otro, nadie conoce tu historia». Así resume Diana Marcela, emigrante colombiana de 45 años afincada en Lugo, esta silenciosa e invisible cara de la migración. Una realidad que contrasta con la opinión, en ocasiones generalizada por la sociedad, que opta por reducir estas trayectorias a simples estereotipos. La suya, sin embargo, es la historia de una ruptura forzada que nunca debió vivir.
En el 2017, su marido, exmilitar de la Fuerza Aérea, comenzó a recibir amenazas tras participar en operaciones contra el narcotráfico. Lo que al principio parecía un riesgo asumido por su trabajo acabó extendiéndose a toda la familia. Durante un tiempo se vieron obligados a marcharse a Estados Unidos bajo protección. Con la esperanza de que ese pequeño paréntesis redujera la amenaza, en su regreso a Colombia iniciaron una trágica travesía. «Íbamos de ciudad en ciudad y adonde llegábamos la situación era la misma», recuerda.
La presión acabó pasando factura a Diana. «Empecé a tener delirios de persecución, de no querer salir a las calles», cuenta. El miedo se instaló en su día a día, mientras su vida también se derrumbaba en lo económico: «Teníamos un negocio, pero al mudarnos constantemente tuvimos que cerrarlo». Sin estabilidad, sin seguridad y sin margen, la única salida fue emigrar. «Aunque mi esposo es pensionista, nosotros vivimos en parte de su sueldo, pero no teníamos los medios económicos ni para dar estabilidad a nuestros hijos», añade.
El 28 de junio del 2024, Diana llegó a Carballo junto a su marido y su hijo menor. Lo hizo con lo imprescindible. «Uno viene con una maleta superpequeña donde mete su vida, sus sueños, su historia», explica. Pero el verdadero peso no era físico, sino emocional. «En mi vida he caído muchas veces y me he levantado, pero no es lo mismo empezar de cero a los 45 años sin tu familia, tus padres y tus hermanos». Parte de esa familia sigue en Colombia, como su hijo mayor, que continúa allí sus estudios universitarios.
Empezar de cero
Aun así, rendirse no era una opción. «Cada proceso es un bien mayor, y el mío yo lo he aceptado con resiliencia, afirma. En Colombia, además, ejercía como profesora de secundaria, una trayectoria que, como tantos otros migrantes, no tuvo continuidad inmediata en España.
Sus primeros días en Galicia no fueron sencillos. Durante un breve tiempo se alojaron en casa de un familiar, pero la convivencia pronto se volvió insostenible. «El dueño no quería más gente, porque era para cuatro y éramos siete. Intentamos llegar a un acuerdo, pero fue imposible», relata. Pese a contar con ingresos por la pensión de su marido tras su servicio militar, la falta de documentación les impedía acceder a un alquiler.
Llegaron a pasar dos días en la calle, pero la situación dio un vuelco tras contactar con la oenegé de Accem y acceder a un programa de acogida en Lugo. «Nos explicaron que no íbamos a estar solos, que compartiríamos vivienda con otras personas. Allí teníamos un espacio digno, calefacción, agua caliente…», recuerda. Por primera vez en meses, aparecía cierta estabilidad. «Aceptamos, aunque no era fácil, pero la necesidad nos hizo valorar cualquier espacio digno», comenta.
Mientras esperaban la resolución de su permiso de trabajo, decidieron no quedarse quietos. «Hicimos varias formaciones certificadas. Él estudió fontanería. Yo estudié atención sociosanitaria, primeros auxilios. Había que aprovechar el tiempo», explica. Para Diana, el esfuerzo es una parte esencial e inherente al proceso migratorio. «Se trata de venir a un país extranjero a impactar positivamente, no venimos a rascarnos la barriga mientras el Estado nos da todo».
Esa mentalidad marcó el siguiente paso. El 28 de marzo del 2025, ambos obtuvieron el permiso de trabajo y su incorporación al mercado laboral fue inmediata. Desde entonces, mantienen empleos estables: Diana en un supermercado, y su marido, en una empresa del sector alimentario, donde incluso fue ascendido poco después de incorporarse. «Me cuesta desempeñar este rol», reconoce esta mujer colombiana, en referencia a su anterior profesión, pero consciente de que a veces todo forma parte de un proceso. «Me da mucha tristeza la gente que viene a hacer lo incorrecto a un país que te abre las puertas y te da oportunidades. Creo que la mayoría las aprovechamos», apunta con firmeza.
En Galicia asegura haberse sentido «acogida» desde el primer momento, más allá de episodios puntuales de racismo que, dice, «no son el común denominador». Pero si hay algo que marca la diferencia es la seguridad. «Yo venía de un proceso psiquiátrico con medicación. La crisis por las amenazas me llevaron a estar ingresada», confiesa. Hoy, con el apoyo recibido, su situación ha cambiado. «Valoro muchísimo poder caminar sin miedo por la noche».
A la espera de resolver definitivamente su situación administrativa, Diana Marcela sigue avanzando con la sensación de que, poco a poco, empieza a recuperar el control de su vida. Lo hace reivindicando su lucha, una basada en el sacrificio ante las adversidades, que, como indica, no siempre están en la primera línea de atención. Porque —asegura— detrás de cada migrante hay una historia que no se ve y, en su caso, una que está tratando de comenzar su segunda etapa.
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