Botar y votar
Somos tan distintos que no entiendo a los que se vanaglorian de ser iguales en un partido
Diario Vasco, , 01-04-2026Es posible que no le guste el fútbol, como es posible que no le guste leer, o el chocolate, el rape a la plancha o … los informativos de la tele. Hay extrañezas así; lo que uno considera indispensable para sobrevivir para otra persona es absolutamente prescindible. Supongo que en algún lugar del diagrama del gusto deberíamos de encontrarnos todos, por ejemplo, en el tacto de las sábanas frescas al entrar a la cama, el primer trago de agua cuando tienes sed, que te cedan el sitio en el bus cuando vas cargado, pero ni eso me atrevo a decir que nos convoque a todos por igual.
Somos tan distintos que ni el asco nos interpela de la misma manera. Somos tan rematadamente distintos que a unos nos puede dar ganas de vomitar una escolopendra o un escupitajo en la calle, y a otros el olor a abono recién esparcido o el del repollo cocido. Somos tan distintos que cada uno siente asco a su manera, por eso no entiendo a los que se vanaglorian de ser iguales – ¿iguales a qué? – , a los que se refugian en estéticas y símbolos para conformar una identidad gregaria, como si te hiciera mejor que te guste el rape en vez del cordero. Pobres almas.
Y digo pobres almas porque cuando los veo botar en las gradas de un estadio de fútbol clavados en el sitio parecen pingüinos hambrientos. «Musulmán el que no bote», gritaron a la vez este martes en el estadio de Cornellá durante un partido previo del Mundial. Y cuando sonó el himno de Egipto, el país contra el que jugaba España, esa grande y libre y campeona, vestida con la equipación más bonita que ha lucido en años, ellos, los que sienten rechazo a lo que es distinto – ¿distinto con respecto a qué? – empezaron a pitar la música del oponente.
Lo peor no es que sucede en estadios de todo el mundo y que sea necesario llenar las pantallas y las camisetas de los jugadores con eslóganes como ‘no al racismo’; lo peor es que esas arengas son la extensión de un activismo ajeno al terreno de juego, como si estuvieran botando y votando a la vez. El Código Disciplinario de la FIFA dice que «cualquier persona que ofenda la dignidad de un grupo con palabras o actos discriminatorios por motivos de religión, raza, origen puede ser sancionada con una suspensión de al menos diez partidos o un periodo determinado, imponer multas, cierres parciales del estadio, partidos a puerta cerrada o la exclusión de competiciones». Queda muy bien esto por escrito, pero su mera existencia nos hace involucionar: como dice el escritor griego Kallifatides, una cultura no puede ser juzgada solo por las libertades que se toma, sino por las que no se toma, precisamente aquello que no necesita legislar porque esos límites se dan por sentados.
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