De la calle a tener un hogar: la nueva vida de Moussa en Gran Canaria

Solidaridad. El joven migrante que se vio sin plaza de asilado tras rechazar ir a Sevilla trabaja y vive en la isla gracias al apoyo de una familia de Agüimes y Opción3

Canarias 7, Luisa del Rosario González, 29-03-2026

Hace un año, el joven maliense Moussa Traore, que entonces tenía 18 años, se encontró de la noche a la mañana durmiendo en la calle. Había accedido al sistema internacional de acogida como refugiado, pero no quería irse a Sevilla, la ciudad que el Ministerio de Migraciones le había asignado. Así que tuvo que salir del recurso que gestionaba la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR) y acabó con sus cosas en la puerta. Su vinculación con el club de fútbol de Agüimes y la movilización de las familias del municipio, incluida la concejala de Vox, Julia María Bocea Miteu, le brindaron una nueva oportunidad. Moussa solo durmió una noche en la calle, al día siguiente acabó en casa de Delia Delgado, madre de dos chicos compañeros de equipo, que se convirtió también en una madre accidental para él.

«Lo volvería a hacer. No me arrepiento de nada», asegura Delia Delgado un año después. Moussa es hoy independiente: comparte casa con otros jóvenes en Las Palmas de Gran Canaria y trabaja en un restaurante de Playa del Inglés.

Moussa está en ese 59% de jóvenes migrantes extutelados de 18 a 23 años (20.201 personas en España), con autorización de residencia y que forman parte del mercado laboral, según el Observatorio Permanente de la Inmigración (OPI). Como la mayoría, trabaja en el sector de la hostelería.

Para Moussa, formar parte de la familia de Delia, a la que llama «mamá», fue «una sorpresa» que no deja de agradecer. «Estuve muy bien», asegura. El joven tenía previsto hacer un curso cuando le comunicaron que debía irse a Sevilla, curso que finalmente perdió. Pero poco después se reenganchó a través de Opción3, entidad que opera en las islas y que desde 2004 ayuda a casi 6.000 jóvenes cada año a través de los distintos programas que gestiona.

Con la ayuda de esta institución, Moussa encontró también el piso en el que vive junto a otros jóvenes migrantes.

«A mí, personalmente, acoger a Moussa me aportó mucho. La gente debe saber que hay jóvenes migrantes que son buenos chicos, cariñosos, y que merece la pena ayudarles», afirma Delia.

Moussa llegó a Canarias sin saber muy bien en qué región iba a desembarcar. Trabajaba en Mali ganando 40 euros al mes; con eso no podía ayudar en casa a su madre y sus dos hermanos. Malí es uno de los países más pobres del mundo: ocupa el lugar 186 de 191 en el Índice de Desarrollo Humano. Pero no solo es la pobreza. El Ministerio de Exteriores de España desaconseja viajar allí. «La amenaza terrorista, la presencia de grupos criminales y el riesgo de secuestros están presentes en todo el país. Se desaconseja totalmente cualquier viaje o desplazamiento a las zonas del norte y del centro del país y zonas fronterizas con Argelia, Níger, Burkina Faso, Mauritania y Costa de Marfil», señala.

Ese clima de violencia también empujó a Moussa a salir aunque había escuchado los peligros del mar. La idea de que muchos mueren en el viaje estaba presente en su ambiente.

Pese a ello, y a escondidas de su familia, se montó en el cayuco con 16 años. La travesía duró cuatro días. Lo peor, dice, fueron las olas, el frío, la sed y el hambre. «Fue duro», reconoce. Durante el viaje debían ir achicando agua. Un joven que iba junto a él no paraba de vomitar, recuerda, y le dejó su espacio para que estuviera mejor, mientras él se quedó de pie.

No dice que lo volvería a hacer, pero no quiere volver. Llegó a Canarias y se adaptó pese a que, por su edad, no fue escolarizado, por lo que ha tardado más en aprender el idioma, que ahora comprende muy bien. Delia también le instó a estudiar para que pudiera trabajar, que era su objetivo.

Gracias precisamente a su trabajo en el sur, ahora ayuda a su familia en Malí y le gustaría seguir estudiando; piensa en formarse como electricista.

Lo que ha tenido que dejar atrás es su pasión y lo que le enganchó a la isla y a su gente: el fútbol. Con el trabajo ya no le queda tiempo de ir a entrenar y jugar. Una hora de camino de ida, la jornada laboral y otra hora de vuelta. «No me quedan fuerzas», dice, aunque reconoce que no pierde la esperanza.

Gracias a este deporte, precisamente, logró la ayuda de Delia. «¿Cómo vas a dejar en la calle a un niño que conoces, que te toca de cerca porque juega con tus hijos?», se pregunta Delia.

Ahora muestra su satisfacción por lo que Moussa ha logrado. Sabe que tiene un buen sueldo, al que puede sumar «las propinas» y, además, se ha independizado, y le anima a seguir adelante.

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