"No hace falta ser de extrema derecha para aplicar políticas racistas"

La escritora habla con Público sobre Los vigías. Cinco centinelas de las fronteras, su nuevo libro sobre quienes observan y registran lo que ocurre en las fronteras.

El País, Laura Anido, 30-03-2026

Taina Tervonen sabe lo que es vivir entre mundos distintos. Nacida en Espoo, Finlandia, pasó su infancia entre Namibia y Senegal, aprendiendo wolof el idioma más utilizado en Senegal además del francés y creciendo rodeada de culturas y paisajes que poco se parecen a los de su tierra natal. Esa infancia entre idiomas, colores y tradiciones distintas moldeó su mirada sobre la migración, la diferencia y la integración.

Periodista y escritora franco-finlandesa, Tervonen ha pasado más de veinte años narrando las vidas de quienes se ven obligados a huir de su país. En su última obra, Los Vigías (Errata Naturae, 2026), Tervonen relata las historias de cinco personas anónimas que, desde sus casas y a través del teléfono, monitorean y ayudan a migrantes en peligro en el mar. Una historia que comenzó cuando ellos mismos la contactaron, pidiéndole que diera visibilidad a los naufragios que presenciaban. Pero ella fue más allá, decidió retratar la resistencia de quienes actúan para salvar vidas cuando el mundo parece mirar hacia otro lado.

Su trayectoria personal entre Finlandia, África y Francia también ha estado marcada por la inmigración, al igual que sus libros y sus estudios. ¿Cómo ha influido esa experiencia en su mirada sobre la inmigración como periodista?

Creo que ha tenido un papel fundamental, sobre todo en cómo me interesé en estos temas. No puedo decir con certeza si, de haber tenido otra vida, también me habría interesado en ellos, pero sin duda mi experiencia personal influyó en la elección de este tema. También afecta la manera en que lo abordo porque gracias a mi propia vida sé lo que significa dejar un país donde tienes familia y amigos, lo que implica abandonar una cultura y adaptarse a otra.

​Lo viví desde los 15 años, cuando mis padres decidieron regresar a Finlandia y me fui con ellos. Era mi país, pero en realidad lo sentía como un lugar extranjero porque nunca había vivido allí. Además, crecí en un entorno donde mi color de piel era distinto al de la mayoría de mis amigos. Nunca viví en la capital, sino en pueblos y pequeñas ciudades, donde fui a una escuela senegalesa, no a una escuela francesa ni internacional, y eso también me dio otra perspectiva.

​Conozco lo que significa ser visible, ser diferente, y también lo que implica trasladarse de un país a otro. Incluso hablo wolof, un idioma que aprendí de niña y mantuve. Esto me permite comunicarme directamente con personas de Senegal sin intérprete, lo que genera un nivel de confianza distinto, aunque los intérpretes también son importantes.
‘Los Vigías’ retrata a cinco personas que, desde sus casas y de manera anónima, ayudan a migrantes en peligro por teléfono. ¿Cómo descubrió a estos “vigías” y qué le motivó a contar sus historias?

Esta historia es especial para mí. Normalmente, las historias que escribo como periodista o autora comienzan por iniciativa mía por una inquietud que tengo o un encuentro con alguien. Pero este libro empezó de otra manera, porque una de las cinco personas me contactó directamente y me pidió que escribiera sobre los naufragios que habían presenciado.

​En ese momento, no querían ser personajes de un libro. Ellos solo querían que los naufragios se conocieran en la prensa y yo intenté hacerlo, pero es muy difícil trabajar sobre migración como periodista freelance hoy en día. La prensa tiene cada vez menos recursos y los freelancers cobramos poco, y la migración no es un tema lucrativo. Además, mi manera de trabajar requiere ir al terreno y pasar tiempo con las personas, lo que implica presupuesto.

​Ellos apreciaban mi trabajo, pero no podían financiarlo. Entonces propuse grabarlos para un podcast, un documental de radio que está disponible en francés, porque quería que se escuchara la voz de estas personas para que se sintiese más cercano. Luego vino el libro, porque esta historia era muy poderosa y necesitaba llegar a más gente, poder traducirse y durar más tiempo que un pódcast.

¿Cuál es el trabajo que hacen estos “vigías”?

Hacen cosas muy diversas. Cuando los conocí no formaban parte de ninguna organización, actuaban por iniciativa propia, funcionando como una red informal. Algunos reciben llamadas de emergencia directamente de los barcos que cruzan el Atlántico o el Mediterráneo, o de familiares que saben que un barco ha partido. Llaman a los guardacostas o servicios de rescate en distintos países y siguen los movimientos de los barcos de rescate mediante plataformas abiertas como Vessel Finder. Mantienen contacto con los barcos para informarles de que la ayuda está en camino y documentan todo, lo que es muy útil si el rescate no llega o si necesitan alertar a los medios de comunicación.

​También les resulta muy útil porque otra de las cosas que hacen es responder a familias que tienen seres queridos desaparecidos durante el viaje. Familias que quieren entender qué pudo haber pasado y si su ser querido está vivo o no. Toda esta información es muy valiosa después.

Muchos de ellos viven prácticamente pegados al teléfono, siguiendo la vida de los migrantes en el mar. En el libro habla con Marie Dupont, que incluso estando ingresada en el hospital responde llamadas de migrantes porque siente que tiene vidas que salvar. ¿Esta responsabilidad les afecta a su salud y vida cotidiana?

Todos tienen límites y eso me sorprendió. Cada uno tiene un límite distinto según su personalidad y situación. Hervé, por ejemplo, tiene dos teléfonos: uno para su vida personal y otro para las familias de desaparecidos. Él no atiende llamadas de emergencia directamente; solo pasa la información a la asociación Alarm Phone.

​Marie Cosnet dejó de atender llamadas porque era demasiado duro emocionalmente. María, de las Islas Canarias, tampoco atiende llamadas, pero mantiene los archivos de los naufragios, lo cual puede ser muy duro mentalmente, pero lo maneja.

​Incluso Marie Dupont, que está conectada las 24 horas, tiene límites: nunca conoce personalmente a las personas que ayuda. Ella establece claramente hasta dónde puede llegar.

​Lo que los protege es que hacen cosas concretas, actúan, no son pasivos. No siempre pueden salvar a todos, pero están activos y encuentran respuestas para las familias. Esto les da fuerza y energía. A diferencia de quienes solo miramos las tragedias de la migración y nos sentimos impotentes, ellos actúan y eso también da esperanza. Aunque las historias son difíciles y trágicas, logran conectar con personas de manera concreta: por ejemplo, identificando cuerpos y contactando a sus familias. Hacen un trabajo muy útil y real.

A diferencia de quienes solo miramos las tragedias de la migración y nos sentimos impotentes, ‘los vigías’ actúan y dan esperanza

En el libro denuncia que existen casos en los que ocurren naufragios y el rescate no llega a tiempo porque los países discuten sobre quién es responsable, lo que termina provocando muertes. ¿Cómo es posible que esto ocurra? ¿No debería la prioridad absoluta ser salvar vidas?

Sí, claro que debería serlo, pero en el tema de la migración no lo es. Cuando hablamos de migración, la prioridad de las autoridades y de los Estados es el control de fronteras, asegurarse de que estos cruces no ocurran. Por eso, los países europeos destinan grandes sumas de dinero a acuerdos con países de origen, como Senegal, Mauritania o Níger, para fortalecer controles fronterizos. Algunos proyectos incluyen desarrollo, pero la mayor parte se centra en control de fronteras: impedir que la gente intente cruzarlas de manera irregular.

​Quienes cruzan saben perfectamente que existe el riesgo de que puedan morir o desaparecer. Lo hacen así porque las políticas de visados de los Estados europeos son muy estrictas y cada vez más restrictivas.

​En este contexto político, invertir dinero en salvar vidas no es una prioridad. He pensado mucho en cómo los responsables de los rescates manejan la situación con los recursos disponibles. Hablé con alguien de Salvamento Marítimo de España que me explicó que antes un avión y un barco salían al mismo tiempo, pero ahora solo sale el avión a localizar al cayuco, y luego parte el barco de rescate, lo que retrasa la operación y aumenta el riesgo para los migrantes.

La migración hoy es un tema políticamente muy complicado en la mayoría de los países europeos. En Francia, por ejemplo, las elecciones presidenciales se acercan y es muy probable que la extrema derecha llegue a la segunda vuelta. No hace falta ser de extrema derecha para aplicar políticas racistas, por desgracia ya es un pensamiento que se ha extendido mucho.​

El Parlamento Europeo ya ha aprobado el primer paso para que se creen centros de deportación fuera de la UE. ¿Qué consecuencias podrían tener estas políticas para los derechos humanos?

Los derechos humanos ya no son la prioridad. He trabajado 25 años sobre migración y he visto cómo estas políticas han cambiado poco a poco. La idea de centros fuera de la UE no es nueva porque ya se ha discutido desde principios de los 2000, pero antes siempre se rechazaba por riesgos sobre los derechos humanos. Ahora, eso ha cambiado.

​Recuerdo que el exdirector de Frontex, Faris Leggeri, que ahora está en el Parlamento Europeo representando a la extrema derecha francesa, dijo algo como: “No se puede controlar las fronteras y respetar los derechos humanos al mismo tiempo. No es posible”.

​En aquel momento, no era políticamente correcto decirlo. Hoy, en cambio, es perfectamente aceptable políticamente. De algún modo, creo que tenía razón. No estoy de acuerdo con Leggeri en muchas cosas, pero en ese punto señalaba algo que ya era realidad: si quieres asegurarte de que nadie cruce la frontera, ¿cómo lo haces respetando los derechos humanos? Hay una disonancia evidente.

Con el Pacto Europeo de Asilo y Migración, se declara claramente que, en circunstancias de crisis, respetar los derechos humanos ya no es obligatorio; la prioridad es el control de fronteras. Tener centros fuera de la UE implica que no hay control sobre si se respetan los derechos humanos. Es una externalización del control y, en muchos casos, de la violencia. Esto es extremadamente peligroso.​

El Pacto Europeo de Asilo declara que en circunstancias de crisis, respetar los derechos humanos ya no es obligatorio

¿Quién se beneficia de esta erosión de derechos?

Muchos actores. Primero, la industria de defensa que desarrolla y comercializa sistemas de control fronterizo: cámaras, drones, radares, inteligencia artificial. Luego, las redes criminales que organizan los viajes de manera ilegal. Además, sectores de la economía europea se benefician de la mano de obra irregular: migrantes sin papeles trabajan en agricultura, construcción, cuidado de personas, con salarios bajos y sin derechos.

​También los Estados pueden beneficiarse, por ejemplo, trabajadores indocumentados pagan impuestos y contribuciones con identidades prestadas, pero no reciben beneficios y el Estado se queda con ese dinero. Incluso los partidos políticos pueden beneficiarse fomentando discursos antimigración para captar votos.

En el libro menciona que quienes conducen los cayucos, los patrones de patera, reciben largas condenas de prisión. ¿Cree que el sistema judicial criminaliza a personas que también son migrantes o refugiados y víctimas de estas rutas?

Sí, esto ocurre claramente en países de llegada como España, Italia, Grecia, Francia o Reino Unido. En el discurso público y en los medios, cuando se detiene a estos capitanes, generalmente se les llama “traficantes” y se les trata como tales. Se presenta como si fueran los organizadores de los viajes y quienes se beneficiaran económicamente de ellos, como una forma de decir “estamos haciendo algo para limitar el problema, estamos combatiendo la trata de personas”. Pero si miramos más de cerca, estas personas no son los organizadores del viaje. Nadie es tan ingenuo como para organizar el tráfico, subir al barco y luego ser arrestado. Es absurdo.

​Hace algunos años, la UE decía que controlando mejor las fronteras se podrían prevenir muertes. Era un enfoque humanitario en teoría, pero tampoco era cierto. La criminalización funciona de manera similar, se construye una narrativa que parece funcionar, pero que no refleja los hechos. Esto refuerza la idea de que estas personas “no son como nosotros”, que son criminales. No es que todos digan que los migrantes son criminales, pero se ve cómo este discurso gana espacio, y los medios y algunos políticos lo amplifican, lo que termina reforzando la narrativa de la extrema derecha. Escuchar esto repetidamente hace que se incruste en la conciencia colectiva.

​Este proceso también ocurre en países de origen. Por ejemplo, en Senegal cada vez hay más arrestos de personas que han colaborado de manera mínima con quienes se embarcan por incluso vender comida a migrantes puede interpretarse como participación en tráfico y llevar a prisión. Personas que no cometieron delito alguno son penalizadas, y esto sigue creciendo.

¿La sociedad se está volviendo más insensible ante estas tragedias? ¿Ha calado el discurso de la extrema derecha?

Si lo miramos desde una perspectiva humana, es cierto que sentir miedo ante lo desconocido es algo natural. La cuestión es qué hace cada persona con ese miedo, porque es muy fácil de alimentar, y cuando se alimenta constantemente puede transformarse con rapidez en odio.

​Estamos viviendo un momento de gran polarización, no solo en la política sino también en la sociedad, que alimenta el miedo y la tendencia a encerrarse en lo conocido, a rodearse solo de personas que piensan igual, porque eso se percibe como más seguro.

Pero también existe otra realidad. Cuando hablo con gente y viajo a distintos lugares, encuentro a ciudadanos corrientes que hacen cosas muy concretas, como los cinco protagonistas del libro. A veces también tienen miedo de lo que ocurre a nivel político, claro, pero aun así deciden actuar.

​Puede ser algo tan simple como alguien que tiene una habitación libre y la ofrece durante una semana a quien la necesita.. Actos de solidaridad y de humanidad que funcionan, de alguna manera, como una forma de resistencia frente al miedo y el odio que se están extendiendo por muchas partes del mundo. Aunque los medios rara vez las cuenten porque parecen pequeñas frente a las grandes noticias de Palestina, Trump o conflictos internacionales, pero estas historias existen y merecen ser contadas.

​Por eso me alegra que este libro se traduzca. Porque no habla solo de Francia, sino también de otros lugares de Europa y de África, donde hay personas que, en su día a día, intentan que se respete algo tan básico como la dignidad humana que todos compartimos.

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