Vivir en la calle en Iruñea, entre la desesperanza y la solidaridad
Negu Gorriak acoge este invierno a 16 personas de origen magrebí que viven en la calle o se refugiaban en edificios abandonados, como el convento de Aranzadi. Es la segunda vez que repite esta iniciativa. Dos de ellos cuentan por qué abandonaron su hogar y soportan una situación vital tan extrema.
Gara, , 16-03-2026Younes tiene 29 años y le falta un brazo, el izquierdo. El extremo de la manga lo mete en el bolsillo. La ropa no es nueva, pero viste con estilo. Lleva una barba corta cuidada. Sonríe a ratos con ironía y a ratos con amargura conforme arranca a contar su historia.
En 2017 consiguió llegar por el mar desde el Sahara a Gran Canaria. «Desde allí cogí el avión, ¿sabes?, como hace toda la gente. Eso ya es España, el Estado. Me puse ropa nueva y compré un billete. Así llegué a Barajas… Pero no salió bien. Aquella vez tenía visado, pero se caducó. Me pilló la Policía en un control con visado caducado y me tiró otra vez para Marruecos, a El Aaiún [territorio saharaui ocupado]».
No duró mucho de regreso a la casa de sus padres. «Me repuse un poco, descansé. Luego lo volví a intentar. De El Aaiún en patera a Tenerife y de Tenerife, en avión».
La segunda migración le acabó llevando a Soria, donde Younes cuenta que logró establecerse, trabajar, aprender el idioma. Esta vez sí lo estaba consiguiendo. «Pero me denegaron el permiso de trabajo. Estaba en la calle, sin opciones. Vine aquí, a Pamplona, no me quedaba otra», explica.
El joven, topógrafo de formación, cuenta la historia a NAIZ gracias a la mediación de Samira Calvo, de 23 años, que participa de la iniciativa Negu Gorriak. «Nos conformamos en otoño del año pasado. Somos gente que venimos de redes de organización para hacer frente a la emergencia habitacional que se estaba consolidando en Iruñea», explica la activista.
«Se están dando flujos migratorios muy importantes, no solo en Iruñea –prosigue Calvo–. La gente que acaba en la calle tiene un perfil concreto. Son jóvenes en estado saludable, varones. Hay otros perfiles migrantes que tienen prioridad ante la Administración Pública, como también es lógico». «Estamos viendo que este grupo se está asentando en la periferia de las ciudades y que están empezando los desalojos masivos o que se les está sometiendo a una mayor presencia policial, que forma parte de una criminalización más de su situación de emergencia», asegura.
Este invierno, en Iruñea, se maneja la cifra de que hay unas 200 personas durmiendo en la calle o en edificios abandonados. Younes era uno de ellos. Negu Gorriak lo acoge temporalmente, le ofrece un lugar donde dormir y un desayuno completo en Katakrak. La charla con Younes, de hecho, se desarrolla entre libros en el altillo de la librería de ese establecimiento.
Techo y acompañamiento
El planteamiento es que el joven, junto a otras 15 personas en situación de calle, reciba desayuno y alojamiento hasta que finalice marzo, cuando se atenúe el frío. Otros colectivos de la ciudad se han organizado para pernoctar con ellos y darles la cena en espacios de Alde Zaharra, como Arrano Elkartea, Antartika o los locales de la Comisión Antisida. El pasado 17 de febrero comenzó el Ramadán y todas estas personas realizan el ayuno.
«No queremos que esto se quede en un recurso meramente asistencial, queremos que de verdad sirva para sacarles de esa situación», asegura Calvo.
Es la segunda vez que se lleva a cabo esta iniciativa de acogimiento invernal. El año anterior, dieron techo a 25 personas, a las que hay que sumar otras 35 que, a través de la red en la que participa Calvo, pasaron el invierno en pueblos ocupados o directamente acabaron en casas de familias.
El número se ha reducido –explica la portavoz de Negu Gorriak– porque esta vez se quiere hacer un mayor acompañamiento a todos los jóvenes que han acogido. Buscarles recursos, estudios, ayudarles con el padrón y asesorarles para conseguir la renta garantizada y formación.
«No queremos que esto se quede en un recurso meramente asistencial, queremos que de verdad sirva para sacarles de la situación en la que están», expone. Las 16 personas en situación de calle se han escogido teniendo en cuenta el criterio de los contactos de la red y de sus personas de confianza, valorando además los casos de diversidad funcional, la salud o el conocimiento del idioma, según esta activista.
«El objestivo es salir de la mera atención inmediata, miramos también a medio plazo. Hay perfiles de todo tipo, la verdad. Hay personas como Younes, que llevan tiempo, otros que llegaron hace unos meses».
El joven que cuenta su historia prosigue relatando que, una vez en Iruñea, acabó en Aranzadi, una zona de huertas en medio de la capital navarra, que aprovecha un meandro del Arga. Allí, en un antiguo convento de monjas agustinas, malviven más de cien migrantes en situación irregular.
Younes calcula que habrá unas 120 personas ahora mismo. «La mayoría son como yo o más jóvenes, de entre 20 y 30 años. Creo que ahora mismo hay dos menores de edad. También hay alguno que es mayor, que tiene 40 o incluso más de 50. Hay gente con estudios ahí. Recuerdo un chico con un máster en comercio internacional», precisa.
La situación allá es extrema. Humedad, frío, ratas, miseria y también situaciones derivadas del consumo de sustancias.
En diciembre pasado hubo dos accidentes, uno de ellos grave, después de que dos de los habitantes cayeran por un hueco de ascensor que utilizan a modo de fosa séptica.
1.200 euros por un padrón falso
Esas personas tienen otro lugar a donde ir, pero ¿qué esperan aguantando allá? «Un trabajo. Trabajar para poderse mantener y vivir bien», responde Younes. Pero para acceder a un empleo hace falta un permiso especial que no tienen.
Necesitan justificar un arraigo para tener una opción de legalizar su situación y ganarse la vida dentro de una economía reglada. Cualquier oportunidad de apoyo institucional pasa por estar empadronado. Se exigen dos años de padrón para las ayudas. El padrón es el documento a través del cual la Administración verifica que no es un migrante en tránsito, sino una persona afincada en un determinado lugar que atraviesa por una situación complicada, y que en consecuencia tiene que ayudarle.
Conseguir un padrón en Iruñea –y esto es extrapolable a todas las grandes ciudades de Hego Euskal Herria– es cada vez más complicado y, en la práctica, más caro. Younes dice que pueden llegar a cobrar más de 1.200 euros a cambio de empadronar a un sin techo falsamente en una vivienda. «Y luego, muchas veces engañan. Te tienen unos meses y luego te quitan».
Issa y los Balcanes
Al lado de Younes está Issa. Él es uno de los migrantes que fue recibido por esta red de acogida el invierno pasado. Tiene su certificado de empadronamiento y hasta ha encontrado un piso de verdad, eso sí, compartido.
Si hay que empezar su historia como la de su compatriota, esta empieza en un vuelo desde Marruecos a Turquía, donde para viajar no hace falta visa.
De allí escapó por la ruta de los Balcanes. «Llegué hasta Austria, a veces andando, algún tramo en tren», relata. «Estuvimos en el bosque una semana, diez días, no lo sé. No llevábamos guía. Íbamos tres chicos. Teníamos un mapa para orientarnos».
Cerca de Sofía, se subieron a un tren del que se bajarían de nuevo para cruzar andando a Serbia. «Las fronteras, siempre, siempre a pie. Es demasiado peligroso».
Cerca de Sofía, Issa subió a un tren del que se bajarían de nuevo para cruzar andando a Serbia. «Las fronteras, siempre, siempre a pie. Es demasiado peligroso», afirma.
Dosificaron el dinero para adquirir comida en pequeños comercios de pueblos que quedaban en su zona de tránsito. «Tampoco comes mucho, ¿sabes? Una vez al día o así». Y así cruzó Bosnia, Croacia, Eslovenia y, finalmente, Austria.
Y como allí no encontró el futuro que esperaba, por consejo de un amigo cogió un tren a Barcelona, última etapa antes de llegar a Iruñea.
Issa, que ahora tiene 23 años, comenzó durmiendo en una tienda compartida en la ribera del Arga. Luego pasó al convento abandonado de Aranzadi, fue uno más de esos 120 durante un mes.
Más adelante, se trasladó hasta el otro asentamiento irregular de migrantes que aprovecha un edificio ruinoso, la antigua Ikastola Jaso, en el barrio de Etxabakoitz. Sobrevivió ahí otros cuatro meses.
«Solo no puedes aguantar, solo no puedes nada. Fui haciéndome una red, conociendo gente, ¿sabes?», recuerda. Así tuvo la suerte de ser uno de los 25 migrantes acogidos por Negu Gorriak el pasado año. Luego, a través de la asociación Lantxotegi que promueve el intercambio cultural, consiguió relacionarse con un grupo de amigos navarros y accedió a una vivienda. Algo casi imposible para los que son como él. «Se quedó una habitación libre en el piso en el que vivía uno de mi cuadrilla de aquí, por eso tengo donde vivir».
«A los marroquíes nadie nos alquila un piso. Llamas a un teléfono y empiezan a cogerte los datos. Te preguntan de dónde eres y, en cuanto dices marroquí o argelino, contestan que no pueden alquilarte una habitación», interviene de nuevo Younes.
El racismo del que son objeto es constante. «Se piensan que no les entendemos, te lo sueltan a la cara. A mí me ha sucedido de entrar a un bar y que el camarero te diga: ‘Fuera de aquí, aquí no hay nada para robar’. Es duro eso», comenta el topógrafo.
La gran mentira
Younes e Issa comparten el hecho de ser los mayores de tres hermanos. En parte, eso es lo que les empujó a migrar. «El peso de ser el mayor no es fácil de llevar», dice Issa.
Por su parte, el primero de ellos dice que el detonante fue la pérdida del brazo en un accidente laboral. «Intenté reclamar mis derechos tras perder el brazo izquierdo porque me lo pilló una máquina a finales de 2018. Fue en el Sáhara y me llevaron en helicóptero a Marrakech, donde me operaron. A los 15 días volví al hospital para pedir un justificante que me indicó mi abogado. No me lo dieron, mi nombre no aparecía. Me enfadé. Hubo un juicio y acabé en la cárcel yo por decir algo ante el juez que no debía. Fue en ese momento cuando decidí irme para siempre».
Ninguno de los dos avisó a su familia, a la que no han vuelto a ver, de que aquel día se marcharían de casa.
«Yo les llamé dos semanas después de haber conseguido llegar cuando conseguí una tarjeta SIM. De habérselo dicho en su momento, me habrían intentado convencer para que no me montara en la patera. No se lo dije ni a mi madre ni a mi padre ni a mi hermano».
«Nuestras familias piensan que, como ya estamos aquí, estamos mejor. Esto es Europa y aquello, África. No tiene sentido preocuparles», dice Issa.
Ninguno de los dos ha sido sincero todavía. Sus familias no saben la situación en la que están ni todo por lo que han pasado. «Piensan que, como ya estamos aquí, estamos mejor. Esto es Europa y aquello, África. No tiene sentido preocuparles. No tiene sentido que sufran más», dice Issa.
«Se trata de aguantar, de insistir, hasta que las cosas vayan mejor», asegura Younes.
Regresar no es una opción para ninguno.
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