«Aquí debo demostrar que soy vasca, y en Honduras no soy de allí»
En Euskadi hay 76.914 jóvenes que tienen al menos un progenitor de nacionalidad u origen foráneo. Han nacido aquí, pero a ojos de buena parte de la sociedad siguen siendo extranjeros
Diario Vasco, , 14-03-2026Toda su vida escolar ha transcurrido en Gipuzkoa. De hecho, muchas de ellas nacieron aquí y hablan perfectamente euskera, aunque la condición de migrante de … sus progenitores, como una sombra alargada, parece perseguirlas hasta convertirse en su inseparable compañera de viaje. «Si tú supieras que soy más de aquí que de ningún otro lado», ha pensando en más de una ocasión Damaris Ivina cuando ve cuestionada su procedencia. Como esta vecina de Errenteria, hija de padres ecuatoguineanos, en Euskadi hay 76.914 jóvenes que tienen al menos un progenitor de nacionalidad u origen extranjero.
Son hijos e hijas que han nacido en el Estado o han sido reagrupados en su más tierna infancia, pero a ojos de buena parte de la sociedad siguen siendo extranjeras en su propia tierra. ¿Hasta qué punto se hereda la condición de inmigrante? ¿No son mujeres autóctonas iguales al resto?
Aunque la mayor parte de ellas nunca emigró, se las conoce como la «segunda generación» de inmigrantes. «Creo que no se debería categorizar tanto. Se me hace raro que la gente no piense inmediatamente que soy de aquí. Vale, es verdad, no soy blanca, ¿y qué? Inmigrantes han sido mis padres, yo soy hija de inmigrantes, pero yo no soy quien ha emigrado», subraya Lourdes Monserrat Lagos Velásquez, donostiarra de 18 años, de padres hondureños.
El sociólogo Ignacio García Borrego apunta que la idea de «segunda generación» no ha sido muy afortunada en la medida en que «categorizamos a todo un sector de población a partir de una relación de filiación, lo que esconde la idea de que la condición de inmigrante se transmite de padres y madres a hijos e hijas, junto con todo un conjunto de rasgos sociales y culturales».
No es extraño por ello que estas jóvenes hayan sentido a lo largo de sus vidas una especie de «no pertenencia» a ninguno de los dos mundos que les rodea: extranjeras en la tierra de sus padres y madres; foráneas en Gipuzkoa, donde han nacido, o bien se han criado.
Con frecuencia, Lourdes, Damaris, Jazmín y Uyanga, integrantes de este colectivo tan diverso, siguen sin ser consideradas mujeres autóctonas igual al resto. «La inmigración en realidad es un fenómeno demográfico, pero se da la circunstancia de que en el caso de estas jóvenes, la mayor parte de ellas no ha cambiado de sociedad, por lo que es erróneo colocar esa etiqueta de segunda generación», sostiene Julia Shershneva, directora del Observatorio Vasco de la Inmigración, Ikuspegi.
Como observa la experta, la práctica diaria demuestra que la experiencia de estas jóvenes difiere de la de las autóctonas a pesar de haber nacido en el mismo lugar. Sus apellidos y su aspecto físico se convierten en «rasgos salientes que en algunas personas resultan más visibles», lo que les acaba por colocar la etiqueta de inmigrantes «cuestionando su identidad y su estatus constantemente». Todo ello actúa como un obstáculo cotidiano ante el cual han tenido que luchar a menudo con más frecuencia de la que quisieran.
La niña se moría por llevar baleadas al recreo, pero al final acababa llevando el bocadillo de siempre. A la donostiarra Lourdes Monserrat Lagos, de 18 años, lo que realmente le apetecía en su época escolar era saborear las tortillas de harina de trigo con frijoles fritos, el plato típico de Honduras, el país de sus padres, la comida de casa. Pero dar el paso era asumir que era diferente, y eso la aterraba. «No llevaba baleadas porque me daba vergüenza sacar comida étnica en el patio. No me sentía cómoda. Temía que los demás se burlaran de mí», admite la joven.
Acababa renunciando a su deseo con tal de pasar desapercibida. Quería parecerse al resto para no sufrir, lo que traía consigo la renuncia a ser quien realmente era, y con ello un mayor sufrimiento. No es el único recuerdo que guarda de aquella niña que fue a la que siempre le han gustado sus rizos, pero que durante aquella época renegaba de ellos. «Hubo un tiempo en que quería tener el pelo liso. Ahora estoy muy a gusto con ser quien soy, con cómo me visto. No me dan miedo mis facciones. Tampoco el hecho de que me puedan decir que no soy de aquí. No me molesta para nada», confiesa la joven, superada ya aquella crisis de identidad, cansada de ver perpetuarse el estatus derivado de la condición de migrante de sus padres.
¿Acaso no es la joven tan donostiarra y guipuzcoana como cualquier otra? Cuando le preguntan de dónde es, contesta que donostiarra, pero obligada a añadir una coletilla: hija de hondureños. «Siempre me terminan preguntando que a ver de dónde son mis padres, y para mí es una respuesta casi automática».
Se siente de aquí, a pesar de haber sido muchas veces cuestionada. «Es algo que ocurre sobre todo cuando voy a otras lugares, como Inglaterra. Decía que era de España, o del País Vasco, y como que no les cuadraba. Aquí tengo que demostrar insistentemente que soy vasca, y para los de Honduras no soy de allí», expone la joven en lo que parece un juego de personalidades que deja la sensación de no pertenencia a ningún lugar. «En algún punto de mi vida he sentido que no pertenecía a ninguno de esos dos mundos, aunque actualmente me siento más de Donosti que de Honduras. Al fin y al cabo es mi lugar de nacimiento y la cultura que consumo», dice, ahora, convencida de ello.
Cuando escucha la expresión «segunda generación de inmigrantes» para referirse a ella, a su mente acude un pensamiento recurrente. «Creo que no se debería categorizar tanto. Se me hace raro que la gente no piense inmediatamente que soy de aquí. Vale, es verdad, no soy blanca, ¿y qué? Inmigrantes han sido mis padres, yo soy hija de inmigrantes, pero yo no soy quien ha emigrado».
En el colegio, más allá de sus deseadas baleadas y de algún que otro comentario fuera de lugar, no se ha sentido discriminada. Pero observa que esa «etiqueta» de inmigrante de segunda generación sí que puede acabar afectando al rendimiento académico. «No sé por qué razón, pero creo que se espera menos de nosotras. Siento que se tiene una visión de que no vamos a ser tan listas, y que si demostramos ser inteligentes es porque nos esforzamos más que el resto». Algo que, a su entender, acaba afectando a la percepción que tienen de sí mismas, y a su propia autoestima. «Al final es un mensaje que parece que acaba entrando, que te lo acabas creyendo cuando no tiene nada que ver con la realidad».
En ese sentido reconoce Monserrat Lagos que muchas veces ha sentido que no ha sido «lo suficientemente lista para muchas cosas, y quizá me he dejado de esforzar por eso mismo. Al ser de familia migrante, sobre todo latinos, parece que no se espera que demos muy buenos resultados, y de alguna manera todo ello desmotiva», admite esta estudiante de un grado superior en Patronaje y Moda.
Cuando le preguntan de dónde es, suele responder que vasca, pero es como si no resultara lo suficientemente convincente. Siempre hay alguien que vuelve a insistir hasta escuchar lo que quiere oír, como si sus palabras resonaran huecas. «Si digo que soy de Errenteria o de Donosti, dicen ‘sí, ya, pero ¿de dónde?’ A partir de ahí la respuesta habitual es decir Guinea Ecuatorial. Es lo que quieren escuchar, no les cuadra que diga que soy de aquí», confiesa Damaris Ivina.
Esta joven de 22 años vive en Gipuzkoa prácticamente desde que vino al mundo. Llegó con diez meses. En su partida de nacimiento figura Guinea Ecuatorial, pero lleva toda la vida en Errenteria. Ni su madre ni ella han vivido comportamientos racistas, pero no hay como salir del País Vasco para advertir el cambio, según señala. «Hay miradas, pequeños gestos que son microrracismos. Gente que se aparta en el autobús, que se agarra el bolso cuando te ven o te miran de arriba abajo. Son situaciones que ocurren», narra la joven, que suele pensar para sí misma en esos casos: «Si tú supieras que soy más de aquí que de ningún otro lado».
Se escolarizó en Gipuzkoa desde su más tierna infancia y ha seguido los mismos pasos que sus amistades durante todo el ciclo educativo hasta adquirir un perfecto dominio del euskera. «Aprender la lengua ayuda, te hace sentirte más integrada. Es como si la gente pensara: sabe euskera, vale, tú eres de aquí». Es una de las grandes diferencias que observa con respecto a la experiencia vital de su madre, a pesar de lo cual no hay manera de quitarse la «etiqueta» de inmigrante de segunda generación.
«No sé, no lo acabo de entender. Hablar así de una persona que se ha criado aquí, que si bien ha podido nacer en otro país no conoce otra cultura que la de aquí. Me parece un poco discriminatorio, una manera de estigmatizar, sobre todo en estos tiempos en los que la etiqueta de inmigrante parece tener para algunos una connotación negativa».
Damaris ha cursado estudios en el centro Cristóbal Gamón de Errenteria, un colegio público en el que desde el principio abrazó la diversidad. «En mi clase tenía amigas de Perú, de China, de muchos lugares del mundo. A diferencia de otros colegios, había muchísima diversidad, y siempre me he sentido una más», si bien insiste en que la etiqueta de las mal llamadas segundas generaciones tiene un componente añadido. «Te ves inmersa en un proceso que acaba afectando muchísimo a la autoestima, hasta que vas creciendo y maduras. Ahora mismo, por ejemplo, me siento superorgullosa de ser negra, pero porque he aprendido a valorar lo diferente, el no ser como todos los demás. Antes era más bien un deseo de ser igual al resto, para no destacar, para no llamar la atención. Y al final eso mismo te crea inseguridades».
A Damaris, como al resto, también le ha ocurrido. Ni de aquí, ni de allá. En Guinea Ecuatorial es la española. En Gipuzkoa es la guineana. «Muchas veces acabas sintiendo que no perteneces a ningún lado. Aunque probablemente no sea queriendo hacerte sentir mal, parece que ninguno de los lados te termina de aceptar. Entiendo que si voy por la calle por Donosti, después de llevar toda la vida viviendo aquí, lo primero que va a pensar la gente es que soy de aquí, que me he criado aquí. Pero nunca se sabe, o bien por el color de la piel o el acento, en ocasiones acabas sintiendo que no perteneces a ningún lado en concreto».
La vecina de Errenteria sostiene que para que jóvenes como ella dejen de ser vistas como «inmigrantes de segunda generación» es necesario que «se empiece a ver a las personas por lo que son, personas. Y luego ya veremos a partir de ahí si quieres conocer su historia. Pero así, de entrada, usar el término inmigrante de segunda generación es otra manera de estigmatizar, algo que se cura conociendo otras culturas, otras personas y lugares».
El caso de Uyanga Enkhbold es diferente al de Lourdes y Damaris. Esta chica de 22 años, procedente de Mongolia, llegó a Gipuzkoa algo más crecida que sus compañeras de reportaje. «Sí, vine con once años», confiesa la joven, que cursa estudios de Administración y Dirección de Empresas.
Inmigrante de segunda generación o no, lo cierto es que no fueron precisamente comienzos fáciles. A su llegada no sabía ni castellano, ni euskera ni inglés. Comenzó a cursar estudios en Orereta ikastola, donde todos sus compañeros, según rememora, hablaban por aquel entonces una lengua extraña. Durante los dos primeros años sentía la mirada de su entorno clavada, como si estuvieran siguiendo los pasos de un extraño animal. «Sí, me sentía observada constantemente, supongo que por ser tan diferente al resto de alumnos que habían conocido hasta ese momento. Me encontré una escuela privada en la que hasta entonces no había habido mucho alumnado extranjero. Era la primera vez que llegaba una estudiante que no sabía comunicarse en ninguna de las lenguas que sabían ellos. Me sentía como si fuera un animal de un zoo al que todos observan, al que todos quieren ver».
Al bajar del autobús para acudir a clase, según recuerda, se plantaba frente a la escuela y ahí estaban todos los alumnos, «rodeándome. De tanta gente, había días que ni siquiera llegaba a ver las escaleras». En la medida en que fue aprendiendo el idioma, aquellas miradas curiosas fueron dando paso a una relación más o menos normalizada, aunque fue necesario que transcurrieran del orden de dos años. «Soy una persona vergonzosa y al principio sí me costó un poco adaptarme, pero con el tiempo todo fue a mejor». Hasta hoy. Comparte con Lourdes y Damaris la misma sensación extraña. Siempre parece sobrevolar una crisis de identidad. «Es como si no pertenecieras a ningún lugar en concreto. En mi país me dicen que soy más de aquí, y en Gipuzkoa que soy de allí. ¿Vasca o de Mongolia? No sé responder a esa pregunta, soy un mix. No sé cómo explicarlo. Es algo así como no pertenecer a un lugar y ser a la vez de todos al mismo tiempo», dice Uyanga, quien reconoce que el euskera le ha abierto muchas puertas en su proceso de adaptación. «Por lo general, en cuanto ven mis rasgos, lo normal es que se dirijan a mí en castellano, y en cuanto les respondo en euskera algunos suelen sorprenderse. Es algo que sobre todo ocurría antes, ya que hoy en día todo se ha normalizado y hay muchas jóvenes como yo», asegura Enkhbold, quien se considera inmigrante y vasca al mismo tiempo.
«En realidad soy euskaldun, y a decir verdad hoy en día tengo más problemas con el idioma mongol que con el euskera. De hecho, cuando hablo en el idioma de mi país me suelen decir que tengo acento de aquí, algo que no me dicen a la inversa».
La joven estuvo trabajando en una sidrería de Urnieta. Se bregó en un entorno muy euskaldun; pudo comprobar qué era eso de que te traten como extranjera cuando en realidad se han dado tantos pasos para acomodarse a los usos y costumbres del lugar de acogida. «La gente se fija en tu aspecto, e inmediatamente te etiquetan», aunque para Enkhbold el sentimiento de pertenencia puede llegar a ser un concepto mucho más flexible y complejo. «Hay gente que ha nacido aquí pero que se considera de otro país. De la misma manera, hay quienes han nacido en Mongolia y en realidad no saben nada de su lugar de origen, y se sienten más identificados con la vida y la cultura de aquí».
Como sus compañeras, cree que se debería valorar a las personas por lo que son, más allá de sus rasgos. Observa en todo caso una sociedad en la que «la globalización ha ido cambiando las cosas y actualmente ya no se juzga tanto como antes».
Jazmín Hamuad nació en Donostia hace 17 años. Sus padres son del Sahara Occidental, de los campos de refugiados. «La verdad es que me siento tanto de Gipuzkoa como del Sahara. No sé cómo decirlo. Nunca he sufrido ninguna crisis, siempre se han mezclado en mí con naturalidad ambas identidades. Soy de aquí, pero a la vez represento a mis padres. No me siento inmigrante, pero me identifico con el lugar de origen de mis progenitores», explica esta sonriente vecina de Berrobi.
A diferencia de otros testimonios que recoge este reportaje, no puede decir Jazmín que durante su etapa escolar la hayan hecho sentirse diferente por tener progenitores extranjeros. «Para nada, más bien al contrario. Yo diría que todo mi entorno me ha hecho sentir especial por ser precisamente saharaui. Nunca he tenido ningún problema en ese sentido. Nada de racismo. Lo que he percibido sobre todo es curiosidad por el hecho de que el lugar de origen de mis padres haya sido una colonia española», detalla Jazmín.
A todos aquellos que le preguntan a la joven por el Sahara Occidental, les explica que su familia proviene de un pueblo con cientos de miles de personas que viven en campamentos de población refugiada en el suroeste de Argelia, completamente dependientes de la ayuda humanitaria, en las garras de la ocupación marroquí.
«Cada año intentamos bajar a visitar los campamentos. La población está viviendo en unas condiciones muy precarias, con repartos de comida racionados y temperaturas elevadísimas durante todo el verano».
Reconoce Jazmín Hamuad que la situación de refugio prolongado que padece el pueblo saharaui desde hace casi 50 años tiene un importante impacto en la salud de la población, que sufre niveles persistentes de inseguridad alimentaria y desnutrición.
Son habituales las altas tasas de anemia, exacerbadas por la escasez de alimentos frescos y variados y el acceso limitado al agua. La desnutrición entre los menores de 5 años sigue siendo un desafío abrumador en los campamentos.
«Al volver aquí, a Gipuzkoa, después de haber visto todo ello, la verdad es que me siento muy afortunada, sobre todo por el hecho de que mis padres también tuvieran la oportunidad de venir a esta tierra en su día. No sé cómo explicarlo. Siento la necesidad de luchar por todas aquellas personas de mi pueblo que no pueden estudiar».
Esta donostiarra afincada en Berrobi cursa segundo de Bachiller. Lo hace convencida de que se dedicará a una profesión relacionada con la salud, a elegir entre Odontología, Psicología o Medicina. Es, dice, una constante entre la juventud saharaui. Todos se dedican a profesiones con las que ayudar a su pueblo. «Todos los saharauis, desde que nacemos, asumimos como algo obligatorio luchar por lo nuestro. Y la verdad es que ahora está todo un poco complicado. Sentimos que la comunidad internacional no hace caso, y sobre todo el Estado español, que es el mayor responsable de este problema», lamenta.
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