George Makari y el origen de la xenofobia: "Cuando uno está frustrado y deprimido odiar al otro es un gran alivio psicológico"
¿A qué se debe la actual epidemia de hostilidad hacia los inmigrantes? A esta pregunta responde el historiador y psiquiatra en su último ensayo, 'Del miedo y los extranjeros', un relato del origen de la xenofobia que revela sus vínculos con el nacionalismo y explora las soluciones
El Mundo, , 13-03-2026Si bien el miedo y el odio hacia los extranjeros son algo tan antiguo como la propia condición humana, el nacimiento de ese peligroso prejuicio denominado xenofobia es algo mucho más reciente», defiende rotundo aunque sonriente al otro lado de la pantalla el ensayista George Makari (Nueva Jersey, 65 años). Autor de libros como Alma máquina (2021), un ambicioso y monumental ensayo que exploraba cómo empezamos a concebir la mente como un mecanismo físico y no espiritual, en Del miedo y los extranjeros (Sexto Piso) el historiador y psiquiatra, profesor del Weill Cornell Medical College de Nueva York, se centra en otra creación humana: el enemigo, el otro. Y lo hace rastreando, mediante una acertada mezcla de Historia, Filosofía y Psicología, el origen y evolución del concepto de xenofobia e incidiendo en su marcado carácter político, vinculado al nacionalismo y el imperialismo.
En el nacimiento de este proyecto, en el que ahonda también en la abrupta reaparición de esta idea en el siglo XXI y ofrece posibles soluciones para el presente y el futuro, está su propia historia familiar. «Mis padres emigraron del Líbano a EEUU en los años 50, y mis hermanos y yo ya nacimos allí, así que, en cierto modo, vivimos de primera mano esa pertenencia a varias culturas. Con ojos de extranjero y con ojos nacionales», explica el autor. Además, otra experiencia que le motivó a indagar en todos esos sentimientos que despiertan la xenofobia fue vivir de lejos la cruda guerra civil libanesa (1975-1990), conflicto que desangró su país de origen. «Durante años vi lo destructiva que podía ser una identidad ultranacionalista y conocí a mucha gente, familia y amigos que tuvieron que huir del sufrimiento que genera la xenofobia», lamenta.
Argumenta que la xenofobia, tal y como la entendemos hoy, no es un impulso humano eterno, sino una construcción histórica relativamente reciente. ¿La cultura prima sobre la biología?
Como científico me resisto a la idea de que la xenofobia sea simplemente un rasgo humano universal. Reconozco que en parte lo es, pero también que ciertas culturas potencian esta actitud mientras que otras la disminuyen. La pregunta es: ¿por qué la actitud xenófoba surge y crece en un lugar específico en un momento específico? La Historia nos demuestra que cuando dos grupos humanos diferentes se encuentran o chocan se da cierto nerviosismo, pero yo no lo llamaría xenofobia, sino ansiedad social. Y ese problema tiene muchas soluciones diferentes, incluyendo la integración, el diálogo y el reconocimiento mutuo. Decir que el miedo o el odio al de fuera es algo inherente a la biología universal es derrotista y simplista, una forma de pensar perezosa.
Desmiente el supuesto origen griego que solemos atribuir a la xenofobia y explica que es un término acuñado en el siglo XIX. ¿Por qué se encubre el concepto con esta prestigiosa genealogía?
Quien acuñó el término, que no existe en un solo texto de la antigua Grecia, sin duda buscaba darle ese augusto peso clásico, algo muy típico de ese siglo XIX orientalista y nostálgico. Podría haber elegido un término del árabe o del sánscrito, pero eligió dos términos griegos que mezcló incorrectamente. Los griegos tenían el concepto de xenia, algo similar a la hospitalidad, pero dirigido a otros griegos, y luego el de bárbaro, que sería más parecido a lo que se refiere la xenofobia, que alude a más al miedo irracional al otro. Cuando descubrí que no había registro de esta idea en la Antigüedad quedó claro que era un neologismo usado ideológicamente justamente para sugerir que era una realidad muy antigua. De la misma manera que rechazo la idea del determinismo biológico, también rechazo esta especie de determinismo histórico.
Entonces, ¿qué cambia en la modernidad para que el miedo al otro deje de ser simplemente hostilidad y se convierta en un concepto político, médico y moral?
Hay un matiz clave. El concepto de denigrar a otros grupos con fines políticos es muy antiguo. De hecho, los griegos fueron un gran ejemplo con los persas, a quienes demonizaron a raíz de las Guerras Médicas. Sin embargo, el matiz de odio que añade la xenofobia nace de un contexto muy específico que lo convirtió en un término útil y que se hizo viral. La fobia, a diferencia del griego phobos, que simplemente significa miedo, es un miedo irracional. Así, conceptos como anglofobia o francofobia surgieron al calor del auge del nacionalismo y el colonialismo que experimentaron en aquellos años las potencias de Europa Occidental. Todo este crecimiento imperial en la segunda mitad del siglo XIX condujo al encuentro de los colonos con los nativos de esos lugares. Y ese encuentro desembocó en conflictos que empezaron a necesitar ser comprendidos de alguna manera. La ironía que descubrí fue que estos conflictos se explicaron en la época como culpa de los indígenas, que eran primitivos y no entendían, debido a su propia biología primitiva, que los extraños no eran enemigos. Con el tiempo, y tras mucho trabajo, este significado se invierte por completo, de una forma un tanto orwelliana. Se empieza a culpar a las víctimas.
“La xenofobia es una construcción humana, una creación cultural, no una necesidad biológica, así que puede erradicarse”
¿Diría, entonces, que la xenofobia actual es el síntoma oscuro del nacimiento del Estado-nación?
Absolutamente. El Estado-nación es una construcción problemática porque desde su constitución, al calor de la Revolución francesa, buscaron adoptar creencias universales, pero estas no les otorgaban una identidad nacional. Así que, además, necesitaban algo que recalcara la razón por la que sus ciudadanos eran quienes eran. Es decir, esa diferenciación entre nosotros y ellos. Y, con frecuencia, la forma más sencilla de hacerlo era recurrir a agravios y enemigos históricos, gente a la que odiar y que nos odia. La idea de encontrar la identidad nacional asegurándose un enemigo común es uno de los secretos más oscuros del Estado-nación. Y ahí es donde empieza la xenofobia contemporánea, institucionalizando como razón de Estado un odio desaforado en base a lo que en otras épocas eran simplemente diferencias culturales.
Sugiere que en la visión xenófoba actual el extranjero no solo amenaza fronteras físicas, sino también imaginarias: lengua, religión, identidad, pureza racial… ¿Es la xenofobia, en el fondo, una crisis de identidad colectiva?
Totalmente. En este ensayo llego a la conclusión de que es un síntoma de una crisis de cohesión social e identidad comunitaria, pues una forma de estabilizar ese colectivo es recurrir a la noción agresiva de un enemigo común. Tener un enemigo común une a la gente, eso lo sabemos desde los romanos, que se dieron cuenta de que con un enemigo común el imperio se mantendría unido aunque hubiera un millón de facciones que se odiaran. Hoy ocurre igual. Hay una película estadounidense, La cortina de humo [coescrita por David Mamet y protagonizada por Dustin Hoffman y Robert De Niro], que trata sobre cómo crear un enemigo e ir a la guerra fuera para ganar unas elecciones en casa. Es una forma muy destructiva y oscura de gestionar la identidad colectiva. Y no solo ocurre intencionalmente desde arriba, por parte de los líderes políticos, sino también de forma natural desde abajo. A medida que la gente se siente cada vez más marginada busca una razón para todos sus males y una de las razones más fáciles de encontrar es culpar a los extranjeros.
Hay algo inquietante en su tesis: si la xenofobia es una invención moderna, también lo son los ideales cosmopolitas que la combaten. ¿Son ambas caras del mismo proceso histórico?
Es una idea muy interesante. Tienes razón, pero con matices. En realidad, la noción de tolerancia tiene uno o dos siglos de ventaja sobre la xenofobia, y durante buena parte del siglo XX pareció que triunfaría, pues con la colonización global vimos grandes fusiones de culturas e identidades. Por ejemplo, mi madre asistió en el Líbano a escuelas francesas y se habría sentido perfectamente cómoda viviendo en Francia porque la identidad colonial francesa le había sido inculcada en la escuela. Cantaba La marsellesa aunque era libanesa y fue a la escuela con las monjas, aunque era de religión ortodoxa griega. Mi padre, en cambio, vivía a 100 metros de distancia, en el mismo pueblo, y fue a todas las escuelas británicas y estadounidenses, así que hablaba un inglés perfecto. En casos como estos el cosmopolitismo se vuelve real, porque ya no existe una distinción, son parte de la cultura francesa o anglosajona. Pero hoy en día ha surgido el problema de quién forma parte de una cultura y quién no. ¿Acaso la cultura, por sí sola, define a alguien o es la etnicidad, la raza, la vara de medir? Eso lleva a grandes ironías, como a Sarkozy diciendo que Francia debe ser para los franceses o a Marco Rubio hablando de los valores estadounidenses.
“La xenofobia nació en el siglo XIX, cuando el Estado institucionalizó el odio al otro como razón de identidad colectiva”
Como explica, tras el Holocausto ‘xenofobia’ se convierte en un término moralmente condenatorio. Sin embargo, en el siglo XXI parece normalizarse de nuevo. ¿Estamos ante un retorno de lo mismo o una mutación conceptual más sofisticada?
Diría que es una mutación debida a las nuevas formas de expansión mediáticas. Si los periódicos fueron los medios que propagaron la xenofobia a principios del siglo XX, hoy en día el mundo digital tiene un alcance social infinitamente mayor y a una velocidad vertiginosa. Diría que la psicología, en cuanto a cómo se analiza lo que ocurre en la mente humana cuando se vuelve xenófoba, no ha cambiado. Pero, ese alcance y velocidad, la forma en que afecta e infecta las culturas, sí es una diferencia cualitativa. Por otro lado, el Holocausto marcó el límite absoluto para la cultura de posguerra, tanto ética como moralmente. Pero desde hace unos años hemos asistido a una disrupción de eso, una sensación de que ya no hay límites. La gente se siente cómoda haciendo y diciendo cosas que hace años parecían impensables. Es una paradoja, hay más libertad y más difusión para ciertas ideas, y eso es muy preocupante.
En este sentido, ¿qué aportan el psicoanálisis y la Psicología a la comprensión de la xenofobia como fenómeno colectivo?
En Psicología individual sabemos mucho sobre qué hace que las personas sean xenófobas y cómo afecta eso a su psicología. Sabemos que no es un sesgo cognitivo, porque si se enseña, se puede desenseñar. El problema más profundo son las personas que y esto viene del psicoanálisis usan la proyección para gestionar su propia vergüenza y culpa, buscando a otro sobre el que proyectar esos sentimientos negativos. Es una gran sensación para ellos. Hay que entender que odiar a alguien en ese contexto es un gran alivio: la ansiedad, la culpa y la vergüenza desaparecen. Ahora bien, ¿cómo se fomenta eso culturalmente? Una de las cosas que hemos ignorado en EEUU durante los últimos 25 años es el colapso de la clase media, que ahora está subempleada, llena de drogadicción y muerte prematura por suicidio, y ha abdicado por completo de la responsabilidad de ayudar a los demás, a esos inmigrantes. Por eso muchas de esas personas son fácilmente incitadas a la xenofobia. Culpar a los mexicanos, los iraníes o los libaneses de todo lo malo es un alivio muy poderoso. ¿Y qué pasa si tienes líderes patológicos que te dicen qué está bien y qué está mal de forma xenófoba? Pues que esa visión individual tuya se consolida. Es una unión perfecta entre el grupo y el individuo. Y ahí es donde nos metemos en serios problemas como los actuales.
Después de escribir este libro, ¿ha encontrado alguna razón para el optimismo?
No creo que estemos condenados a nada. La xenofobia es una construcción humana, una creación cultural, no una necesidad biológica, así que puede erradicarse. ¿Se erradica por completo en los buenos tiempos? No, pero el objetivo es que seamos lo mejor y más tolerantes posible. Como decía, el período posterior al Holocausto ha sido extraordinario para integrar a la gente. En mí país ese marco moral fue increíblemente útil en las luchas por los derechos civiles, de las mujeres y de los homosexuales. Ahora vivimos en parte la reacción, movimientos reaccionarios que dicen que se ha ido demasiado lejos. ¿Pero eso significa que todo va a desaparecer? No lo creo. Creo que mucho de eso ya se acepta en buena parte de muchas culturas. Lo importante es recordar el espíritu del igualitarismo radical, que aunque quizá no surge de forma natural todos podemos ponernos un poco nerviosos cerca de alguien que habla otro idioma, tiene otra apariencia u otra religión, nuestra parte racional debe vencer esa ansiedad por la alteridad. Es una lucha diaria que no debe abandonarse nunca.
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