Vinicius, el racismo y sus trampas

La Voz de Galicia, Jorge Sobral, 11-03-2026

Futboleros o no, el incidente con Vinicius en Lisboa ha situado de nuevo el racismo en el centro del debate público. Hay quien se ha hartado de esgrimir pertinazmente un argumento falaz, quizá tranquilizador de conciencias: «Si a otros jugadores negros no los insultan, la culpa debe de ser de Vinicius». Detrás de esa frase, con cierta lógica aparente, laten supuestos psicológicamente insostenibles y socialmente muy peligrosos. La psicología social dejó claro hace tiempo que el prejuicio no opera de forma homogénea ni automática. Si así fuera, todos los negros en todas las situaciones activarían la respuesta racista. Y no habría diferencias ni por clase social, ni por estatus, ni por sexo/genero. Henri Tajfel demostró sobradamente cómo las personas generan identidad social por contraste de su grupo con grupos ajenos. Soy lo que no son los demás. Y eso se sustenta incluso en diferencias triviales entre los unos y los otros. En las tribus futboleras, el sentido de pertenencia grupal es intenso, muy emocional y públicamente exhibido. Para los más cafeteros, el rival no es solo un competidor deportivo: es un enemigo simbólico que amenaza el estatus, el orgullo y la identidad colectiva.

Y ahí se hace revelador un elemento clave en el asunto que nos ocupa: Vinicius no es un jugador más. Es más decisivo, más temido, su juego amenaza más a la trinchera de enfrente. En términos psicológicos, se convierte en activador máximo de la eventual frustración de la parroquia ajena. La compleja relación frustración-agresión, investigada profundamente por Dollard en Yale y revisada posteriormente por Leonard Berkowitz, sugiere que la frustración genera una disposición emocional a la agresión que busca un blanco disponible. Y el blanco no es elegido al azar: se selecciona aquel que mejor simboliza la causa de la frustración. A Vinicius le llaman «mono». A Cristiano Ronaldo, dado que era blanco, ya saben, le insultaban homofóbicamente. El insulto racista funciona entonces como arma instrumental. No es aleatorio; es estratégico. Cuando alguien, solo o en grupo, quiere dañar al rival, busca el atributo que más pueda herirle. Si ese atributo es racial, se activa un racismo selectivo: no porque el prejuicio no exista desde antes, sino porque se instrumentaliza en el momento y hacia aquel o aquellos que el agresor estima más útil a sus fines.

La afirmación «a otros negros no los insultan» revela un profundo desconocimiento de cómo opera el prejuicio. El racismo se expresa de forma contextual, situacional y oportunista. El gran Pierre Bourdieu explicó cómo la violencia simbólica se ejerce de manera sutil, adaptándose al ecosistema social donde ocurre. En un estadio, donde la desinhibición colectiva es alta y la responsabilidad individual se diluye, los límites morales se erosionan.

Y suele aparecer, además, la desindividuación: la identidad personal se diluye en la grupal, y el comportamiento se radicaliza.

El argumento que culpa a la víctima incurre en una trampa lógica clásica: confunde causa con oportunidad. Que Vinicius sea provocador, gesticule o celebre goles sambeando no causa el brote racista; simplemente ofrece la ocasión para que aflore cuando resulta funcional. Nadie provoca el racismo ajeno; el racismo preexiste como repertorio cultural disponible. Cuando el rival además es negro, ese menú incluye la posibilidad de usar la raza como proyectil.

Vinicius es rival. Es enemigo deportivo. Y es negro. Esa combinación lo convierte en un pararrayos perfecto para la ira colectiva. No porque él la genere, sino porque encarna simbólicamente la amenaza de la derrota del otro.

La pregunta no es por qué a él. La pregunta es por qué seguimos buscando excusas para no llamar racismo al racismo, y proceder en consecuencia.

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