Los retos sociales pendientes en clave femenina
Elsa Leonor Díaz, Andrea Sánchez , Marissell Mendoza y Carmen Merz nos muestran la persistencia de las desigualdades socioeconómicas en los cuidados, la soledad no deseada, la maternidad y las barreras de acceso al empleo
La Vanguardia, , 08-03-2026“Si hay igualdad, yo no la veo”. Elsa Leonor Díaz migró en 2017 desde Honduras junto a su hija para dejar atrás imágenes de violencia “que una mujer no debería sufrir”. “Pedí mi finiquito del contrato y con el dinero compré un billete”, recuerda Díaz. Llegó a España acompañada de su hija menor, Ana, que se mudó con su actual pareja al poco de vivir en España. Rápidamente se topó con la realidad de migrar a los 57 años. Encontró un trabajo cuidando a una mujer mayor y la soledad se volvió parte de su rutina. “Salía de trabajar y me encerraba en mi habitación a llorar”, describe. “Mi vida era trabajar y trabajar y pagar un alquiler”, añade. “Al final caí en depresión”.
Cada 8 de marzo nos recuerda los retos pendientes que tenemos como sociedad. De la mano de cuatro testimonios, nos sumergimos en cuatro experiencias concretas para poder entender cómo persisten ciertas desigualdades en los sectores de los cuidados, la soledad no deseada, la maternidad y crianza con pocos recursos y las barreras de acceso al empleo.
Cuando llegó a Barcelona, Díaz ya llevaba “una mochila de abusos, violencia y culpa”. “He llegado a sentir odio por ser mujer y por no tener riqueza”, relata. Todo cambió repentinamente un día mientras veía la televisión. En cuestión de segundos decidió que quería seguir adelante y entendió que necesitaba ayuda. “Vi el anuncio de la Cruz Roja y decidí ir a su oficina”, apunta. “Allí me ayudaron, me escucharon y me prestaron atención”.
Allí se integró en el programa Siempre Acompañados, dirigido a personas que sufren soledad, de la Fundació La Caixa, con el que ha estado en contacto hasta el día de hoy. “A través del programa aprendí a soltar la mochila que traía”, sentencia. Díaz destaca la importancia de la ayuda psicológica recibida por parte de la entidad. Según cuenta, le ha permitido “tener una identidad”. “¡Tengo 65 años!”, exclama orgullosa. “Ahora miro para atrás para sacar fuerza, no soy culpable de toda la violencia que he recibido en mi vida”, señala.
Andrea Sánchez también ha sufrido episodios de discriminación a lo largo de su vida, por su discapacidad intelectual. Uno de sus mayores obstáculos ha sido superar las barreras que se ha encontrado al intentar acceder a un empleo. Especialmente recuerda un momento concreto en una cafetería, cuando le rompieron el currículum que acababa de entregar delante de sus narices. “Me sentí discriminada por tener una discapacidad”, describe.
Al terminar los estudios, Sánchez conoció la Fundació Aura, que trabaja conjuntamente con la Fundació La Caixa en el programa Incorpora. La entidad trabaja para mejorar la calidad de vida de personas con discapacidad intelectual y poderlas incluir en el mundo laboral, tal y como describe Sánchez, a través de “empresas que puedan ser cómodas y se adapten a tus necesidades”.
Gracias al trabajo de la fundación, ha podido incorporarse en distintos equipos laborales, y ha pasado por empresas como Ikea o Carrefour. Ahora, a sus 30 años, trabaja en el Primark de Diagonal Mar, en Barcelona. “Me encanta trabajar de cara al público”, señala, aunque le molesta que la gente le desordene las mesas de exposición con la ropa en la sección infantil.
Marissell Mendoza llegó a España el verano del 2023. En Paraguay dejó a sus dos hijas, Danna y Alanna, de 9 y 5 años, con la esperanza de encontrar un futuro mejor, también para ellas. Al llegar aquí tenía una idea muy diferente de la realidad que le esperaba. “Pensaba que era fácil encontrar trabajo y esperaba encontrar personas empáticas”, describe. “Pero aquí estamos solos contra el mundo”, añade Mendoza.
Ahora vive junto con su marido en un piso de Ciutat Vella. A los 17 días de mudarse, se enteró de que estaba embarazada de Saray. “Es un quinto sin ascensor”, describe, lo que convierte en una tarea difícil subir sola con el carrito de bebé cada día.
Ella, como Elsa, también trabaja ayudando a una mujer de edad avanzada. Antes de entrar en el piso, tuvieron que limpiar el apartamento, que estaba en ruinas y llevaba meses sin ser utilizado. “Lo hacíamos los domingos junto con mi marido porque entre semana trabajábamos los dos”, describe Mendoza. La realidad de emigrar solo la conocen personas como ella, que omite muchos episodios que vive como migrante. “He callado mucho porque la necesidad obliga”, asegura Mendoza. También para proteger a su familia en Paraguay.
Fue en Ciutat Vella, a raíz del nacimiento de Saray, que conoció a la Fundació Roure, una entidad vinculada a la Fundació de l’Esperança, que cuenta con un espacio familiar vinculado al programa ProInfància de la Fundació La Caixa. La fundación ofrece actividades educativas para los niños e incluso cuenta con espacios de apoyo para las madres. “Es un espacio que voy a llevar dentro de mí siempre”, afirma Mendoza. “He conocido a otras madres con la misma situación, lo que me ha ayudado a bajar la carga emocional”, añade.
Es el caso de Carmen Merz, vecina de Barcelona de 66 años, quien también se ha hecho cargo del cuidado de su madre, que sufre demencia a sus 98 años. A raíz de su cuidado, empezó a buscar ayuda en entidades dedicadas a la atención de familiares de personas con demencia o alzhéimer. “Necesitaba apoyo e información para saber como actuar”, describe Merz. Por este motivo atendió también a la Escuela de Cuidadores de la Fundació La Caixa. “Me aportó un soporte emocional y me ayudó a afrontar las futuras fases de la enfermedad de mi madre”, describe Merz.
Las experiencias de Elsa Leonor Díaz, Andrea Sánchez, Marissell Mendoza y Carmen Merz se entrelazan en aspectos concretos. Todas han sufrido para adaptarse a las normas de una sociedad que les ha impuesto barreras físicas y verbales y en la que, muchas veces, han sufrido una falta de apoyo generalizado y constante. Las tres coinciden en que nuestra sociedad aún tiene mucho que mejorar para poder asegurar un futuro para todos los que viven en ella. Sánchez se muestra pesimista en relación a la sociedad en la que vivimos: “Si estamos en el punto que estamos, no sé dónde vamos a llegar”.
“Hemos progresado, pero ha costado mucho”, define Díaz. “Y sin embargo muchas mujeres van quedando atrás”, añade. Para Marissell días como el 8M son importantes para reivindicar lo que es “vivir día a día como mujer migrante y como mamá”. Para ella, se trata de poner un espejo en la sociedad: “Que el mundo se entere de cómo es”.
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