El hombre que ha conseguido que llamar "mono" y "negro de mierda" sea delito de odio en el Supremo habla del racismo y del 'caso Vinicius Jr.'

"Nadie sabe el profundo dolor que se siente cuando te llaman 'mono'... como cuando te insultan así y eres negro. Te hacen sentir que no eres humano"... Un insulto repetido contra Manu, el dueño de un bar en Valencia, ha terminado convirtiéndose en una de las victorias judiciales más significativas contra la xenofobia en España

El Mundo, MARTÍN MUCHA, 23-02-2026

Hay seres excepcionales que están escondidos en un bar. Sirviéndote una copa, escuchándote. Son aquellos que aguardan pacientes su momento. Que consiguen hechos extraordinarios únicamente soportando a indeseables. A sus más de 70 años, Manu solo se reconoce como una persona «paciente», que cree «en la Justicia». Da la mano con firmeza, sabiendo a lo que venimos. A contar la historia del protagonista de una de las victorias judiciales más importantes contra el racismo.

Llamar «mono» y «negro de mierda» a cualquiera es delito de odio en España. No como metáfora. Como hecho. Gracias a su resiliencia, a denunciar a un troglodita que le llamó así —«tantas veces que ni siquiera pude contar»—, el Tribunal Supremo ha emitido una sentencia importante. La firman los magistrados Julián Sánchez Melgar (presidente), Andrés Palomo, Vicente Magro (ponente), Carmen Lamela y Leopoldo Puente. En su caso «se produce un ataque por odio al diferente por el color de su piel». Y condena en firme y en última instancia a su agresor.

El 16 de enero de 2021, en las afueras de Valencia, un cliente creyó que la máquina de tabaco del local de Manu le había dado mal el cambio. «Me reclamó con furia, con amenazas. Me comenzó a insultar. Le expliqué calmadamente que había que esperar» a que el responsable de la máquina contabilice «el dinero y le devuelva, si correspondía, lo que solicitaba». Pero no entendió a razones. «Me comenzó a insultar sin parar… ¡Por un euro!». Se acomoda la gorra, suspira, y sigue con su relato.

El caso de Manu llegó hasta el Tribunal Supremo, que ha dictado una sentencia histórica contra el odio. Esta condena abre un nuevo camino frente a una violencia que va de las calles a los campos de fútbol

«Como soy una persona paciente, aguanté. Me llamó ‘mono’ y ‘negro de mierda’ tantas veces… No paraba. Asustaba. Y llamé a la Policía». A pesar de su edad, es un hombre robusto, de espaldas anchas. «Me sé defender bien, pero creo en la ley». Llegaron los agentes y el energúmeno —«no recuerdo ni su nombre, no merece ni que se le mencione»— siguió con sus agresiones.

«Iros a la selva…», le espetó también el tipejo. Llegaron los agentes y, como recuerda la sentencia del Supremo, se atrevió a «recriminar a los policías que le trataran a él así, siendo español, y a ellos no». El plural era por Manu y por todos aquellos que compartían su color de piel. «Os vamos a tirar del barrio», soltaba, asimismo, el hoy condenado.
Manu vuelve a ese momento en su memoria. Sorprendido porque nada le detenía.

«Tenía un odio enorme. Me amenazaba de muerte». Lo dice calmado mientras va más atrás en su historia vital. A cuando llegó a España desde África — «en avión, a Madrid»— un país al que quiere. Donde han vivido sus siete hijos. «Aquí los saqué adelante. Me hice empresario. Les di educación». Tiene entre sus vástagos «una ingeniera, una sanitaria…», recalca orgulloso. A su edad debería estar ya jubilado, pero sigue en su negocio. «Aquí no hay ayudas. Soy autónomo», dice con una pizca de ironía.

Es de esos hombres que siempre miran a los ojos. Que no baja la cerviz. «Soy negro y orgulloso de lo que soy y lo que he conseguido». Con más de cuatro décadas en España, en Europa por ende, cree que ha habido una involución. Y hace hincapié en la palabra «mono». Ese término despectivo que tantas veces le ha partido el corazón por sentirse humillado. A pesar de ser el protagonista de una sentencia ejemplar, prefiere esconder su rostro por temor a las represalias. Manu se acomoda la gorra y una sombra cae sobre su rostro. Mas sigue observando con sus iris pardos.

Es consciente de que en la misma semana en que su victoria judicial se ha conocido, un tal Vinicius Jr. ha recibido —supuestamente— el mismo calificativo. Pero esta vez la agresión delictiva no vendría de la tribuna, sino de un compañero del equipo rival. «Imperdonable».

El septuagenario Manu retratado en el interior de su bar en Valencia el jueves 19 de febrero.
El septuagenario Manu retratado en el interior de su bar en Valencia el jueves 19 de febrero.FOTOGRAFÍAS: DAVID GONZÁLEZ / ARABA
La sentencia del Supremo justamente alude al caso del uso de estas expresiones en los campos de juego. Aparte de recalcar explícitamente el uso del término «mono» por el delincuente, explica además que este agresor «utilizó el término “negro de mierda” con clara intención de odiar a la víctima por razón de su raza y color de piel, atacándole en su dignidad ante semejante expresión que, desgraciadamente, se utiliza con suma frecuencia, incluso en espectáculos públicos y, sobre todo, deportivos, profiriendo esta expresión no solamente en tono despectivo, sino como expresa manifestación de odio al diferente por su raza». Y Manu no evita el tema Vinicius, a quien considera un «valiente por no quedarse callado».

—Pocos como usted saben lo que significa que le insulten de esta manera…
—Nadie sabe el profundo e inolvidable dolor que se sufre cuando te llaman ‘mono’… como cuando te insultan así siendo negro.
—Es así de duro y conmovedor. Creo que nadie lo hubiera explicado mejor…
—Te hacen sentir que no eres humano. Es supremacista.

Poco más se puede añadir. No es sólo un alegato contra el racismo. Va más allá. No suelta una lágrima porque un hombre con sus años ha vivido tanto. Ha sido amenazado de muerte no solo por el condenado del euro. «Un personaje que ha permitido ser sentenciado por el Supremo creyéndose impune. Ha apelado hasta llegar a su condena». También le han atacado otros racistas.

«Vigilantes me han roto los tendones solo por no esperar a que sacara mi ticket de entrada, con una niña a mi lado. Esas cosas he padecido», recuerda. Pero aun así, nada le hiere tanto como ese insulto. «Es delito de odio. Es delito de odio», repite. Emmanuel recalca que es «una forma de quitarte valor. De humillarte. Y de hacerte sentir que no tienes que estar aquí. Pero no solo en el mismo lugar, en el mundo mismo». Habla de que, aunque tantos imbéciles intenten justificarlo, ese «mono» nada tiene que ver con el fútbol. «Es supremacista», reitera. Y razón no le falta…

Durante el Apartheid, el uso del apie, o mono en afrikáans, era un insulto racial institucionalizado para justificar la segregación. Era, según distintos informes, una forma de justificar la desigualdad. James Bradley, investigador de la Universidad de Australia, sienta cátedra en El insulto del simio, una breve historia de una idea racista. Lo explica así de tajante: «Estas formas de pensar sobre la relación entre humanos y monos reforzaron la conexión que los europeos establecieron entre africanos y simios. Y, al presentar como si las personas de origen no europeo se parecieran más a los simios que a los humanos, estas teorías se utilizaron para justificar la esclavitud en las plantaciones de América y el colonialismo en el resto del mundo».

La condena se produjo por hechos sucedidos hace un lustro.
La condena se produjo por hechos sucedidos hace un lustro.
Manu no es un aplicado teórico de la Commonwealth, pero acierta plenamente en lo que describe. Y cree que ese racismo no se justifica bajo ninguna premisa. En la pantalla de su bar, donde siempre están puestas las noticias, aparecen tertulianos. Algunos tratando de justificar la sinrazón. Para él, esto va más allá del deporte. «Soy del Barcelona. Vivo en Valencia. Pero eso está muy por encima del deporte», asegura. «Por eso, es muy valiente lo que hace Vinicius. Él no lo necesita. Sería más fácil callar, disfrutar de su dinero y de su fama, pero es más complejo que eso… Lo puedes ver en el campo. Lo ve todo el mundo. Soporta todos los insultos. Excepto ese…».

Rememoramos lo que ha sucedido en el estadio del Benfica. Y no solo las veces que uno de sus jugadores —a decir del delantero brasileño del Real Madrid— le llamó «mono». Agravio que corrobora escuchó Mbappé, su compañero. Son las grabaciones en las que se ve a chiquillos imitando a un simio. «¡Niños!». Los racistas se parapetan en el fútbol. «No se puede permitir»

La victoria judicial de Manu es un pilar que abrirá un camino. Su agresor está condenado a seis meses de cárcel, que incluso puede llegara a ser efectiva, porque ya tiene antecedentes judiciales. Cabe recordar que, hasta hace tres años, los jueces solían ampararse en que llamar «puto mono» o «negro de mierda» a alguien, para que sea considerado delito, «requiere que el discurso denigrante no lo sea en cuanto a una persona particular, sino al colectivo». Por eso, además, este caso es trascendental.

La sentencia triunfal contra el racismo agrega: «Como dijimos también en la sentencia del Tribunal Supremo, Sala Segunda, de lo Penal, Sentencia 458/2019 de 9 Oct. 2019, Rec. 10194/2019: “Además, y como en los delitos de odio, la discriminación no solo afecta a la víctima concreta, sino a la colectividad que se conmociona cuando se transgrede una norma de tolerancia, a la convivencia respetuosa de las distintas opciones…”». Esta cita, vale destacar, es de la sentencia por la agresión a los guardias civiles en un bar de Alsasua (Navarra), en 2016.

La penalización monetaria al culpable es simbólica: «Seis meses de multa de una cuota diaria de seis euros». Eso más las costas del proceso, que pueden multiplicar la cifra exponencialmente por llegar a la más alta instancia. «Y a inhabilitación especial para profesión u oficio educativos en el ámbito docente, deportivo y de tiempo libre por tres años y seis meses»,

Los racistas recibirán en el futuro escarmientos aún más severos tras esta resolución. Este mismo mes el Tribunal Superior de Justicia de Castilla-La Mancha ha condenado a quien llamó «mono de mierda» a su vecino a un año de cárcel y 4.680 entre multa e indemnización…

El bar, a media tarde se comienza a llenar de brindis. «Soy paciente, la justicia, cuando se tiene la razón, llega». Abrazos de despedida. Pregunto por el euro que buscaba el delincuente racista. «Estaba en el suelo, al lado de la máquina».

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