Mina Belbelrhiti | Auxiliar enfermería
«Aquí hay oportunidades, pero los cuidados me han dejado muchas veces fuera»
Esta mujer marroquí, cargada de cicatrices laborales y vitales, retrata el esfuerzo que hacen aquellas personas con cargas familiares
Diario Vasco, , 08-02-2026Mina Belbelrhiti, marroquí de 46 años, resume su trayectoria laboral en Gipuzkoa con una frase que choca con la fotografía del casi pleno empleo en … el territorio: «Soy auxiliar de enfermería, pero el miedo y las cargas familiares me han dejado en casa más de una vez». Su historia encarna el perfil de parado más vulnerable: mujer, inmigrante, mayor de 40 años y con responsabilidades de cuidados que condicionan cada contrato y cada horario.
Llegó a Gipuzkoa en 2015, después de una vida marcada por la violencia machista desde la adolescencia: «Mi familia me casó con 11 años y he pasado muy mal, he recibido todo tipo de maltrato». En Marruecos y en su primera etapa en España, en Calahorra, encadenó «una vida de infierno» hasta que una trabajadora social la acogió en su propia casa y le ayudó a conseguir papeles, el primer paso para poder trabajar. «En mi país no me siento protegida, y aquí en España tampoco me he sentido protegida muchas veces; para mí no hay justicia, solo el apoyo de los servicios sociales», resume con el dolor en su mirada.
Instalada ya en Gipuzkoa, tras varios altibajos, épocas de trabajo y otras de desempleo, cuando el teléfono no suena y los días y los pensamientos se alargan, ha conseguido engancharse al mercado laboral y ahora trabaja como auxiliar de enfermería. Un sector donde «no falta trabajo» pero donde la estabilidad y los horarios compatibles con la vida familiar son en ocasiones un quebradero de cabeza. Con todo, entre 2016 y 2018 permaneció en paro, atrapada entre el pánico, las denuncias y una orden de alejamiento que su segundo marido vulneraba una y otra vez.
A las secuelas del maltrato se suman las cargas de cuidados. La opción de contratar a una profesional tampoco cierra la brecha: «Yo gano poco, no puedo coger una cuidadora para mi niño; hace dos años el ayuntamiento me pagó a una chica, 12 euros la hora, pero eso no lo puedo asumir yo».
Como muchas personas en su situación, Mina encadena periodos de trabajo con etapas de dependencia de las ayudas sociales: «He dejado mi trabajo y he quedado en casa y recibo la ayuda de la RGI, pero llega un momento en que no vas a cobrar la RGI siempre, te mandan a trabajar». Aun así, vive con la angustia de no saber si la prestación entrará o no cada mes, mientras afronta un alquiler «muy caro, casi 800 euros», más los 150 euros de gastos de su madre, medicación, luz y el mantenimiento de su hijo. «Yo vivo sola, los ingresos de casa son los que tengo yo, los únicos», subraya.
El giro en su historia llega con el programa Ereiten, un itinerario de inserción en el que vuelve a salir de casa, a relacionarse con hombres y mujeres y a recuperar la confianza para trabajar. «De verdad, el primer día me ha encantado, el programa está mezclado de hombres y mujeres y yo soy otra persona, ahora ya no tengo miedo como antes. A veces vemos que el dinero es más importante; para mí el dinero no es más importante, lo más importante son los programas, el juntar; hay trabajos sin dinero, pero te sirven para la vida», afirma.
Pese a una biografía llena de cicatrices, se siente «integrada 100%» en Gipuzkoa y agradece el papel de los servicios sociales y del programa que le ha «dado otra vida». Una historia que pone rostro a cómo, incluso en un territorio con pleno empleo, el género, la edad, el origen y los cuidados siguen marcando quién entran o no en el mercado laboral.
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