Historias
El drama cada vez más visible de las mujeres sin hogar: "No hay criatura más vulnerable en la calle que ellas"
El impacto de la crisis de la vivienda en las jóvenes y las mayores y la mejora de los sistemas de recuento explican el aumento de casos. "Se habría producido una feminización del problema", alerta un informe elaborado en Cataluña
El Mundo, , 06-02-2026La misma semana que se conoció que tres de cada 10 españoles tienen problemas para afrontar los gastos mensuales de su casa (alquiler/hipoteca, luz y calefacción), Rosana apenas salió de la tienda de campaña en la que sobrevive en Embajadores (Madrid).
“Nací en la provincia de Mendoza (Argentina) y tengo 65 años. Trabajaba en mi país como profesora de inglés y no me iba mal. En 2001 me vine a España, primero a Mallorca y luego a Colmenar Viejo. Al principio no encontré empleo como profesora y trabajé como limpiadora de hotel y dependienta en una tienda. Después sí conseguí algo de lo mío, pero con la pandemia me quedé sin ingresos. Desde 2021 estoy en la calle”, comparte.
La misma semana que se conoció que cuatro de las cinco ciudades de España donde el precio del metro cuadrado habitable supera los 7.000 euros están en la isla de Ibiza la otra es San Sebastián, Kilian Alonso estaba dirigiendo un albergue de Horta-Guinardó (Barcelona) que atiende a personas sin hogar en consumo activo y donde ellas “están creciendo en proporción”.
La misma semana que se conoció que la renta de los caseros es un 82% de media más alta que la de sus inquilinos, Ana ofreció acompañamiento psicológico en la pensión para mujeres en situación de calle que el Ayuntamiento de Madrid tutela en Usera dentro de su programa No Second Night. Entre otras, a Najat, que llegó a pasar casi un mes expuesta al frío, la lluvia y las malas intenciones.
“Ahora soy feliz porque estoy en un lugar seguro. Tengo mi habitación, libertad para salir cuando quiera y un trabajo con el que espero cambiar esta situación. ¿De qué? Trabajo en el office de un hotel, aunque tengo los títulos de peluquera y cocinera”, expone con pudor esta senegalesa de 50 años que se instaló aquí en 2016. “En la calle hay muchas cosas peligrosas”, afirma. Y no se refiere sólo al duro clima mesetario. “También hay gente que te mira mal o que te dice: ‘Vete a tu país’”.
Lo que no se conoció esa semana hace dos fueron precisamente más historias de mujeres como ellas. Las de mujeres que no disponen de un techo bajo el que dormir, asearse, comer o guarecerse. Que han terminado a la intemperie tras recibir mil golpes y allí se enfrentan incluso a peores vejaciones. Que se deslizan hacia el precipicio del deterioro físico y el extravío mental con cada noche que pasan al raso. Que han dejado de ser vistas como seres humanos para convertirse en bultos a la entrada del súper o el cajero. O que intentan, a pesar de todo, dejar atrás un Everest de traumas.
“El 62% de quienes se encuentran en sinhogarismo en España lo están por culpa del precio de la vivienda. Se trata de la cara más cruda de la crisis residencial… y con las mujeres se está cebando. Su situación es menos visible que la de los hombres porque, a diferencia de ellos, no están tanto en la vía pública pero sí malviviendo en habitaciones, muchas veces con sus hijos, y en condiciones muy precarias”, contextualiza Rosa Alarcón, presidenta del Comité de Expertos para la Transformación y la Innovación Social (CETIS).
Este grupo de trabajo adscrito a la Conselleria catalana de Drets Socials i Integració presentó a principios de diciembre el informe Estrategias contra el sinhogarismo, que efectivamente constata que entre los principales motivos por los que los encuestados acabaron en la calle hay tres relacionados con la vivienda: el desahucio (32%), el fin del contrato de alquiler (16%) y la imposibilidad de seguir pagando el alojamiento (14%).
Pero tan importante o más que el porqué es lo que el documento reveló sobre el quién. Y es que pese a su título genérico y de su escasa repercusión mediática, el informe ya puede considerarse un documento histórico: permitió visibilizar que en Cataluña hay un equilibrio relativo entre quienes se han visto empujados a la infrahabitabilidad: 58% de hombres y 42% de mujeres.
Nunca como hasta ahora, ni en esta comunidad ni en el resto de España, las cifras habían estado tan parejas. De hecho, en lo que respecta a las mujeres evidencian una inquietante escalada. “Se habría producido una feminización del problema”, alerta textualmente el informe, haciendo constar que en la encuesta publicada por el Instituto Nacional de Estadística en 2012 las afectadas en Cataluña representaban “solo el 19%”.
“Es posible que los datos estén apuntando a un cambio de tendencia, pero es importante disponer de más y mejor información para hacer un diagnóstico preciso y estudiar su evolución en el tiempo”, matiza Sara Ayllón, doctora en Economía Aplicada y coautora del informe. Y añade: “También es muy importante que entendamos que en el colectivo de personas afectadas debemos incluir a las que se encuentran en instituciones o alojamientos temporales, aquéllas que viven en una vivienda insegura (por ejemplo, por problemas de violencia doméstica o riesgo de desahucio) y las que lo hacen en una inadecuada (en chabolas, en situaciones de hacinamiento extremo o sin unas mínimas condiciones)”.
La última encuesta sobre personas sin hogar del INE, realizada en 2022, reveló que 28.552 españoles (77,2% hombres y 22,8% mujeres) habían acudido a centros sociales (albergues y comedores) y notificó que el número de usuarios en Cataluña se había reducido a la mitad en una década. “No es una imagen que se corresponda con lo que vemos cada día en nuestras calles”, rechazó Ayllón en la presentación de su informe. Frente a los 2.323 casos contabilizados hace cinco años por el Instituto en la comunidad, la Conselleria localizó 39.035. Un 1.580% más.
“Es un problema grave, porque muchas veces las mujeres tienen menores a su cargo y eso cronifica la situación y la vincula con la pobreza infantil; y luego están las mayores con pocos recursos que han vivido de alquiler, que cobran una pensión de viudedad no siempre buena y contra las que está impactando mucho más fuerte la exclusión residencial”, amplía Ayllón el espectro.
Felisa Pérez es la presidenta y directora técnica de la Asociación Bienestar y Desarrollo (ABD). Esta ONG nacida en los años 80 en Barcelona como dique de contención frente al consumo de drogas y la pandemia del sida dedica hoy buena parte de sus fondos a brindar un espacio seguro a todo aquel que intente dejar la calle. ABD dispone de una quincena de pisos de inclusión materno-infantil; un centro de atención sociosanitaria orientado a la reducción de daños (Sala Baluard); y otro residencial integral mixto (CRI Galena, el que dirige Kilian Alonso) cuyas características lo hacen prácticamente único en España. “Tenemos listas de espera en cualquier recurso residencial orientado a mujeres”, resume Pérez.
¿Se está expandiendo a otras comunidades “la feminización del problema” detectada en Cataluña? La Encuesta de centros y servicios de atención a las personas sin hogar 2024, realizada por el INE en colaboración con el Instituto Vasco de Estadística (EUSTAT), dio más pistas sobre el sinhogarismo femenino, aunque sus datos se referían, de nuevo, a la red asistencial. Navarra presentaba el mayor porcentaje de plazas ocupadas por mujeres sobre el total, con un 47,5%. Le seguían La Rioja (47,2%), Cantabria (45,3%), Aragón (39%), Asturias (33,4%) y Cataluña (32,35). En el extremo opuesto se situaban Canarias (7,1%), Extremadura (8,3%), Madrid (18,7%), Murcia (19,1%), Comunidad Valenciana (20,9%) y Castilla-La Mancha (25,8%).
Arrels Fundació se dedica específicamente desde hace casi cuatro décadas a la atención de personas sin hogar en la ciudad de Barcelona. “Con sensibilidad hacia el sinhogarismo femenino”, subraya Beatriz Fernández. La directora de la entidad, que cuenta con un espacio específicamente dirigido a mujeres y trans, también es escéptica respecto a la medición oficial. “Se trata de una encuesta dirigida a los centros que dan algún tipo de servicio a las personas sin hogar en ciudades de más de 20.000 habitantes. En consecuencia, quienes no se dirigen nunca a estos centros o se encuentran en ciudades o pueblos más pequeños quedan fuera”, indica a propósito del balance del INE de 2022. Arrels informó a mediados de diciembre de que 2.000 personas duermen en las calles de Barcelona, un 43% más que hace dos años.
Otra de las voces más autorizadas para hablar de sinhogarismo en la capital catalana es la de Daniel Roca. Este médico de familia del centro de atención primaria Raval Sur, donde atiende a pacientes llegados directamente de la vía pública, ha participado en diferentes censos y liderado aproximaciones al problema desde 2008. Algunas tan de referencia como el estudio Essella (2022). Hace justo una década ya corroboró que las encuestas arrojaban “un déficit de información”.
“Hacer una encuesta a las tres de la mañana en la calle, a una persona que acabas de despertar, conlleva limitaciones logísticas y técnicas”, argumenta el facultativo, colaborador habitual de Arrels con pasado en la Sala Baluard. En los primeros recuentos, añade, primaba la seguridad de los voluntarios y no se entraba ni jardines ni en parques como Montjuïc ni Collserola. “La estimación era que, probablemente, el número real de afectados era el doble del que estábamos registrando”, reconoce Roca, para quien el fenómeno “va a peor”. En su consulta ha constatado que vivir en la calle multiplica por siete la mortalidad de los hombres y por 11 la de las mujeres.
Carmen ha vivido en la calle más de 30 años; desde 2015 reside en un piso tutelado.
Carmen ha vivido en la calle más de 30 años; desde 2015 reside en un piso tutelado.
Con independencia de que las administraciones públicas afinen el recuento para incluir formas de exclusión social, violencia y precariedad material que hasta ahora permanecían ocultas tras las redes informales de protección, la percepción de quienes actúan contra el sinhogarismo en primera línea es coincidente. La foto del sintecho añoso refugiado en un arquitectura indigna de cartones y plásticos está dejando de ser la única posible. Ver a varias mujeres en el reparto solidario de alimentos o de productos de higiene en algunas plazas de Barcelona o Madrid ya no es infrecuente.
Lo saben bien los voluntarios de Granito a granito, una asociación que desde 2012 distribuye comida, conversación y calor humano a quienes no tienen casa en la capital y más allá de la tradicional campaña del frío. Lola, Ignacio y Raquel se disponen a iniciar su ruta en la tarde-noche de un jueves de perros (5º C y aguacero). Llevan apenas un mes recorriendo a pie los cuatro kilómetros que separan las estaciones de Palos de la Frontera y Atocha. El Parque de Palestina es su primera parada. En sus bolsas hay latas de conservas, frutas, bricks de zumos, dulces industriales, esponjas. También llevan un termo con caldo casero de pollo.
La argentina Rosana acepta un vaso. Y accede a contar su historia, pero no a ser retratada. “Es duro, sobre todo en invierno, aunque aquí hemos tenido la suerte de que una ONG nos ha comprado estas tiendas de campaña”, relata sin salir de un iglú gris de tela impermeable. “También tengo la esperanza de ingresar en una residencia para mayores. De todo se sale”, confía.
Viviana y Omar se unen a Lola, Ignacio y Raquel en la siguiente parada: un Tetris de cajas levantado a la entrada de un local en alquiler. Hasta mediados de noviembre, los cinco acudían cada lunes y cada jueves a la plaza de Ópera a llevar comida. Habían establecido la explanada frente al Teatro Real como centro neurálgico después de años de reparto itinerante por el Distrito Centro y con final en los soportales de la Plaza Mayor.
“La cosa en Ópera empezó con 50 personas sin hogar o en riesgo de exclusión; después de la pandemia, escaló hasta las 130”, confirma Lola, que lidera la expedición del jueves. “No conozco a quien hace las estadísticas, pero sí he notado un incremento de mujeres necesitadas. Conozco incluso el caso de una Azucena que vivió en la calle hasta el día que murió. También el de otras que, después de muchos años, han conseguido una plaza en un albergue a través del Samur Social, que realiza una labor muy importante. El primer día que hicimos esta ruta no encontramos ninguna mujer… y ya tenemos a tres”.
“En la calle hay muchos peligros… Ahora soy feliz porque estoy en un lugar seguro”
No es fácil esbozar un retrato preciso y representativo de los diferentes perfiles de mujer sin hogar en España, porque el origen de su situación es multicausal. Un despido, un divorcio, un abuso sexual, una enfermedad mental, una adicción, una grieta familiar, un cambio de país, un trauma infantil… Cualquier resbalón puede acabar siendo el detonante, además de los mencionados tres motivos relativos a la vivienda. A veces lo es la acumulación de dificultades, unida a la falta de apoyo del entorno más cercano o de las instituciones.
“En el caso de las mujeres, hay que añadir situaciones de violencia de género o mayores responsabilidades familiares”, acota Ayllón. E insiste de nuevo: “Necesitamos más y mejores datos. Es necesario recoger información más allá de entrevistas a usuarias de servicios de atención a las personas sin hogar. Como decía, el fenómeno incluye a muchos otros colectivos que deberíamos tener en cuenta”.
Carmen se protege del agua y las bajas temperaturas malamente en el Paseo de Santa María de la Cabeza. Su casa es el escalón que ocupa en un portal. No quiere hablar ni dejarse ver. Coge toda la comida empaquetada que le ofrece Granito a granito, que en noviembre recibió una notificación del Distrito Centro para que cesara su actividad en Ópera alegando el incumplimiento de diferentes normativas (entre otras, la relativa a la manipulación de alimentos) y por eso ahora su reparto semanal ya no es estático sino itinerante. El último sábado de mes sí que tiene autorización para operar por la mañana en la plaza de Embajadores. Su desayuno congrega a 70 hombres y mujeres sin hogar.
La ruta de la ONG finaliza frente a la parada de taxis de la estación de Atocha. Rodi arrebuja sus pertenencias para tumbarse en el suelo, casi sobre el cemento. “Tengo 63 años. Llegué a Madrid hace dos meses desde Rumanía. Mi marido murió y mis hijos se quedaron allí”, detalla en un castellano muy básico. No pone problemas a que el fotógrafo haga su trabajo. Es la última mujer que se ha encontrado el quinteto de voluntarios, que le entrega caldo, magro, fruta y ropa. “Prefiero estar sola”, contesta cuando le preguntan si tiene contacto con otros sintecho de la zona.
Lola, Viviana y Raquel la atienden con dulzura de madre. “El otro día me impresionó mucho ver a una chica joven metida en un saco de dormir que no quería siquiera que la viésemos”, comenta esta última. “Suele pensarse que quien termina en la calle presenta alguna adicción, pero no me da la sensación de que sea así siempre. Lo que propicia esta situación nos podría afectar a cualquiera”.
Homelessfonts es una iniciativa de Arrels Fundació que crea tipografías a partir de la escritura de personas que viven o han vivido en la calle. Una de las participantes es Gemma. Se vio empujada a subsistir al raso cuatro meses por “circunstancias de la vida” y con el agravante de tener movilidad reducida. Su testimonio invita a reflexionar a fondo sobre el cruce perverso entre aporofobia y la maldad como pura diversión. “Pasaron dos cosas que me plantearon (sic) el egoísmo humano”, recuerda en la web de Arrels. “Una madrugada que dormía con seis o siete compañeros me arrancaron la manta con la que dormía y tuve que terminar la noche con un pedazo de manta del compañero de al lado. Otro día que dormía con mi muleta bajo la cabeza como almohada tiraron y, aparte de la medicación y la documentación, me dejaron sin la muleta, sin gafas y sin nada. Piensas en cómo es la gente, que es capaz de robar a un pobre de la calle. Pero esto se da día a día”.
Najat es usuaria desde junio del programa ‘No Second Night’ (Ayuntamiento de Madrid).
Najat es usuaria desde junio del programa ‘No Second Night’ (Ayuntamiento de Madrid).
El periodista y escritor Jorge Bustos conoce bien el sinhogarismo capitalino. En 2024 publicó Casi (ed. Libros del Asteroide), un desgarrador análisis del fenómeno y, a la vez, un mapeo de la red asistencial del consistorio madrileño fruto de su inmersión durante un año en la misma. Hasta el punto de que el centro de acogida más antiguo y grande de España el Centro de Acogida San Isidro (CASI) presta sus iniciales al título. Pues bien, en tres de sus capítulos (Mujer, violencia, amor;Un puñado de mujeres a salvo y La maldición de la segunda noche) las protagonistas son ellas: Mar, Rosita, Susana…
“La mujer que se queda en la calle es la víctima total, quintaesenciada”, advierte Bustos en su crónica. “Toda mujer que haya dormido un tiempo a la intemperie ha sido agredida o violada o ambas cosas. Se te ganas la confianza de una de ellas es posible que acabe confesándote su mejor decisión: entregarse al chulo más peligroso. ‘Prefiero que me pegue uno a que me peguen todos’, es su conclusión. Una mujer sometida a la ley de la calle comienza a observar una lógica puramente selvática: cuanto más feroz sea su propietario, más disuasorio resultará a ojos de otros pretendientes”.
Bustos lamenta que no haya una percepción pública del sinhogarismo porque “no sirve a ninguna causa política” y valida lo vislumbrado por el CETIS. “Siempre había sido un problema básicamente masculino, muy vinculado al alcohol y las drogas, pero en los últimos tiempos los porcentajes han ido equilibrándose. Estuve hace unos meses en el CASI y me confirmaron que cada vez hay más mujeres en la calle. Hasta el punto de que, si hace unos años había más nacionales que extranjeros y muchos más hombres que mujeres, ahora hay prácticamente el mismo número de extranjeros que de españoles y de hombres que de mujeres… Más un aumento muy preocupante de jóvenes en situación de calle”.
Al otro lado del móvil, el columnista de esta casa habla de casos “especialmente dramáticos” recogidos en su libro. “En concreto, el de una mujer que se prostituía para comprar la cocaína que necesitaba para sentirse despierta y defenderse de quienes querían violarla cuando se quedara dormida en la calle. Eso es habitual entre las mujeres que duermen en nuestras ciudades, así que te puedes imaginar la clase de infierno en el que viven. No hay criatura más vulnerable que una mujer en la calle, por eso el tiempo aquí es fundamental: después de una noche en la calle la recuperación es posible; después de una semana, también; después de un mes ya es más difícil; después de un año es casi imposible”.
La actuación preventiva, la intervención rápida y la derivación personalizada mueven a Yolanda García, trabajadora social y jefa del departamento de Prevención del sinhogarismo y atención a personas sin hogar del Ayuntamiento de Madrid. Hace casi tres décadas que empezó a trabajar con los recursos municipales, de los que es máxima responsable desde 2021. Su biografía puede leerse en paralelo a la expansión de la red de asistencia capitalina, que cuenta con equipos profesionales que informan de derechos y alojamiento sobre el terreno y se apoya, además, en psicólogos, educadores y especialistas en violencia, problemas de salud mental y adicciones en seis centros de acogida. Entre ellos, uno exclusivamente femenino: el Beatriz Galindo. En total, la red presenta un total de 1.210 plazas. Que serán 42 más a partir del 1 de marzo, con la puesta en marcha de otro proyecto destinado a mujeres en situación de calle y víctimas de violencia doméstica.
“Hemos adaptado la respuesta y especializado los recursos de manera que hemos pasado de un 80% para hombres y un 20% mujeres a un 68% y 34%, respectivamente. Eso está haciendo que las mujeres sientan estos espacios como seguros para mejorar sus procesos de vida”, valora García cara a cara.
Programas de respuesta temprana como A tiempo orientado a jóvenes de entre 18 y 25 años y No Second Night apuntan a las más mujeres vulnerables. La senegalesa Najat, que prefiere facilitar un nombre diferente al real, es usuaria del segundo desde julio. Comparte una de las 16 habitaciones dobles de la pensión tutelada por el Ayuntamiento en Usera. No Second Nightnació hace casi cinco años y ya ha atendido a 350 mujeres, 110 de ellas en 2025.
“¿Cómo me imagino el futuro?”, repite la senegalesa, cuyo retrato de espaldas recuerda al de la portada de Ébano, de Ryszard Kapucinski. “Hay una frase que me digo mucho: nunca te rindas sin luchar. Yo quiero hacer mi vida, ver a mi familia… Echo de menos a mi hija… Quiero ahorrar un poco y salir adelante”. Carmen habita ya en ese mañana esperanzador. “El primer día que entré por la puerta no podía ni creérmelo. Le dije a mi marido que tenía que haber cámaras ocultas”, comenta con gracia a sus 56 años. De los 12 a los 46 malvivió en Madrid donde pudo o le dejaron. Escapó de la casa de su abuela porque ésta llegó a golpearla, encadenarla y exponerla a abusos inenarrables.
Carmen, familia de las míticas Las Grecas, reside desde 2015 en Fuencarral-El Pardo en uno de los pisos-trampolín del programa Hogares para la autonomía del consistorio madrileño. Funciona siguiendo el modelo anglosajón Housing First: proporciona alojamiento estable y acompañamiento socioeducativo a personas con larga trayectoria de sinhogarismo y altas necesidades de apoyo debido a la concurrencia de factores de exclusión social adicionales como las adicciones, la discapacidad o la salud mental.
“He pasado mucho, la verdad”, repasa entre lágrimas, que vuelven a brillar en diferentes momentos. “Cuando veo por la tele que alguien ha muerto de frío me echo a llorar como una niña. Con Filomena lo pasé fatal”, se descompone en un piso que ha adornado con un retrato de su Carlos, ya fallecido, y la bandera del pueblo gitano. Hoy Carmen con ayuda de Alejandra es capaz de ir al médico, hacer la compra, visitar el cementerio o cualquier otra tarea que alguien sin su pasado consideraría rutinaria.
Rodi tiene 63 años y pernocta en la calle desde que llegó hace dos meses a Madrid.
Rodi tiene 63 años y pernocta en la calle desde que llegó hace dos meses a Madrid.
A la leonesa Ana Cristina Herreros la sorprendió su hijo Yago cuando éste sólo tenía seis años. “Mamá, ¿por qué ese señor duerme en la calle?”, le soltó un día a bocajarro. La escritora, editora y narradora conocida como Ana Griott se percató entonces de que no existía ningún libro dirigido al público infantil que pudiera ayudarle a responder esa pregunta. Así nació Sin dirección, un álbum ilustrado por personas sin hogar que reflexionan sobre lo que es un hogar… cuando se carece de él.
“El sinhogarismo femenino ha aumentado bastante en la última década también por culpa de la soledad no deseada”, agrega al cúmulo de infortunios. “Las mujeres construimos redes para los demás, pero no para nosotras. Tradicionalmente, cuando desaparecían esas redes, estaban los hijos para hacerse cargo; hoy cada vez tenemos menos hijos y la ética de los cuidados familiares también se está perdiendo”.
Herreros sabe de lo que habla porque decidió vivir en la calle una temporada. Por fortuna, breve. “En mi caso, fue una pérdida de hogar voluntaria y provocada por la falta de madurez. Tenía 15 años y revestí aquella decisión de motivaciones políticas: yo era anarquista y mi padre, burgués. Con el paso del tiempo y años de terapia me he dado cuenta de que en el fondo estaba intentando llamar la atención. Había perdido el rango de princesa de la casa tras el nacimiento de mi hermana y de alguna manera lo intenté recuperar así, haciendo todo lo posible para que se fijaran en mí. Soy consciente de que fue desacertado y causé mucho dolor”.
Entidades como Hogar Sí, Arrels Fundació y ABD coinciden en que habría que abordar la problemática de manera coordinada entre organismos públicos, realizar recuentos anuales y reforzar la atención temprana para evitar que vaya incluso a peor. “No sé si soy utópica, pero creo que se puede acabar con el sinhogarismo”, desea Yolanda García. “Prevenirlo depende de todos en el día a día, y me refiero tanto a personas como a instituciones”. Jorge Bustos, en cambio, se muestra menos optimista. “Ojalá pudiera erradicarse… Es uno de los mejores usos que se le puede dar al dinero de nuestros impuestos. Dicho esto, es una tarea tan ingente que probablemente desborda las capacidades del Estado. Me parece muy difícil porque, además, las dos principales causas que lo favorecen la crisis de la vivienda y la inmigración están creciendo”.
“Me temo que la sociedad ni es consciente ni quiere saber lo que pasa en realidad, porque hacerlo nos conectaría y nos movería a hacer algo”, interviene Felisa Pérez por última vez. “Te pongo un ejemplo: cerca de donde vivo, al lado de un gimnasio, hay un grupo de personas en situación de pobreza absoluta que ha montado unas tiendas de campaña. Mis vecinos las miran como si les fueran a robar o a quitar sus casas. No las quieren cerca. Las ven como una amenaza en vez de como gente que necesita ayuda”.
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