La comunidad que añoras no la destruyeron los inmigrantes, la destruyó el capitalismo
Público, , 23-01-2026Es lógica la añoranza, porque los seres humanos somos seres sociales. Necesitamos tener vínculos y disfrutar de afectos, incluso de aquellos de baja intensidad -con conocidos y vecinos. Pero esa comunidad cada vez existe menos o ya no existe.
Al mismo tiempo que ha ido desapareciendo, los barrios (y muchos pueblos) se han ido llenando de gente que procede de otros países. El silogismo es tan fácil como falso: si desaparece la comunidad y aparecen nuevos vecinos, es que los nuevos vecinos hacen desaparecer la comunidad. Ese es el mensaje de la extrema derecha, que va calando cada vez más, incluso fuera del ámbito de sus fieles.
Sin embargo, si el fin de las relaciones vecinales y la identidad de barrio se pudiera achacar a la inmigración, entonces cualquier urbanización de clase media en las afueras de una gran ciudad debería ser el paraíso de la sociabilidad. Al fin y al cabo, allí los residentes son mayoritariamente nativos desde hace generaciones y del mismo color de piel. Pero no es así; más bien al contrario. En países donde las zonas residenciales en el extrarradio existen desde hace un siglo, los estudios sociológicos y psicosociales identifican problemas graves de salud mental. La sensación de soledad es mucho mayor, como lo es el aislamiento de las personas.
Y es que la culpa de nuestros problemas no es de los inmigrantes. La culpa es, por un lado, de la subjetividad a que da forma la modernidad capitalista. Una subjetividad que se caracteriza por el individualismo, la competición y una dedicación laboral que consume la mayor parte de nuestras vidas. Y que tiene su reflejo espacial en esas urbanizaciones hostiles a la vida en común. Por otro lado, la responsabilidad también es de la precarización del trabajo y la mercantilización de la ciudad, ambos fenómenos típicos del capitalismo avanzado, que expulsan a la gente de sus barrios, que a su vez se gentrifican y turistifican.
Podemos deportar a todos los inmigrantes, pero la comunidad que añoramos no retornará. Al menos mientras no vayamos al núcleo del problema. Y eso, ir al núcleo del problema, es lo que jamás hace ni hará la ultraderecha. Su solución para todo es acabar con el chivo expiatorio, que siempre coincide con un colectivo vulnerable o carente de poder: inmigrantes, okupas, LGTBIQ+, feministas, ecologistas…
La preocupación por la comunidad tradicional es una preocupación legítima que alguna izquierda hace mal en ridiculizar o dejar de lado. Las identidades nómadas, fluidas y cosmopolitas están muy bien para un determinado sector de la sociedad, pero la inmensa mayoría necesitamos un lugar en el que arraigarnos, junto a gente que conocemos y a la que nos unen lazos afectivos -gente que puede llevar en España desde los visigodos o haber llegado en una patera. Regalar la comunidad y las raíces a la extrema derecha es un gravísimo error, que parte de una premisa falsa: que todo valor tradicional es un valor reaccionario.
Frente a la fantasía racista de la ultraderecha, la izquierda tiene que repensar la comunidad en clave al mismo tiempo poscapitalista y neotradicionalista -es decir, rescatando lo que había de bueno en esos colectivos tradicionales: la pulsión igualitaria, la solidaridad, la reciprocidad, la sociabilidad, los afectos, la alegría. Y sobre ello, quizá los inmigrantes tengan algo que contarnos.
Está claro: si no nos tomamos en serio estas cuestiones, el mensaje que acabará triunfando es el xenófobo. Y no solo seguiremos sin comunidad, si no que además nos quedaremos sin democracia.
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