El del azafrán

Es tan zafio y burdo que a veces da la sensación de ser un Jesús Gil reencarnado a lo grande

Diario Vasco, Antonio Soler, 15-01-2026

Los camisas pardas andaban por las calles de Berlín o Munich apabullando a los judíos. Y a los gitanos, y a los comunistas. Los apaleaban. … En Indianápolis o Chicago cazan ahora hispanos. O le disparan tres tiros en la cabeza a una americana desobediente. La mímica de Hitler ha sido sustituida por la de un bufón azafranado. Uno de sus principales proyectos políticos es que le besen el trasero. Lo ha repetido en varias ocasiones. Sus amigos son un tipo con una motosierra a modo de programa social y aquí en España un caballista aprendiz de caudillo. En el pasado, el del azafrán fue amigo de un afamado pederasta. También, en los jardines de la Casa Blanca, hizo de vendedor de coches de su socio Musk. Un portento que ha conseguido que la gente pueda aparecer desnuda con solo apretar un botón.

Ha metido en la cárcel a un dictador. Bolívar en caricatura. Maduro, tan fantoche como quien lo ha apresado. Bombardea lanchas rápidas y hace que rematen escrupulosamente a los supervivientes que flotan en el mar. Ahora su antojo es Groenlandia. Lo necesita. La necesidad del matón que en la cantina exige que suene su música. Eso o matar al pianista. Groenlandia es necesaria para garantizar la seguridad de Estados Unidos. Dicen que es el nuevo orden, pero suena a muy viejo. Hitler no invadió los sudetes por hacer gala de su maldad, sino para proteger a la etnia alemana que según él estaba allí amenazada. Acogotada por gente extraña. La cuestión consiste en buscar una excusa para la expansión imperialista y económica.

El fantoche del azafrán no ha construido campos de exterminio ni ha puesto en marcha un genocidio. Pero sus maneras y sus amenazas recuerdan al cabo austriaco que soñó con reordenar el planeta. Se viste de papa y de rey. Se aliña con maneras de burdel. Es tabernario por naturaleza. Tan zafio y burdo que a veces da la sensación de ser un Jesús Gil reencarnado a lo grande al otro lado del océano. Y es la voz de la verdad, igual que lo son todos los déspotas. El megalómano Hitler se desgañitaba en medio de faraónicos desfiles. El americano diserta apoyado en la mampara del avión desde el que pretende gobernar el mundo como en un juego de mesa. Un resort en Gaza. Un premio nobel de la paz por acabar con unas cuantas guerras inexistentes. Y al cabo un consuelo. Si el pueblo alemán quedó hipnotizado en gran medida por las fastuosidades y promesas desaforadas del nazismo, una parte considerable de los estadounidenses se encuentra tan alarmada, abochornada y reacia a adorar al líder como los europeos. Al menos, como los europeos que no han olvidado los devastadores efectos que produce el veneno del populismo.

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